Durante décadas, abatir el analfabetismo en Chiapas parecía una empresa casi imposible. La profundidad histórica del rezago, la dispersión territorial y las desigualdades sociales habían convertido esta tarea en uno de los mayores desafíos educativos de la entidad.

El analfabetismo no era solamente una cifra: era la expresión de una deuda acumulada durante generaciones.

Por eso, uno de los primeros aciertos de Chiapas Puede, el programa estatal de alfabetización, fue asumir que era necesario intentar una ruta diferente frente a un problema que durante años había resistido distintos esfuerzos institucionales.

La decisión implicó algo más que recursos. Requirió capacidad institucional, presencia territorial, seguimiento y participación social. Como toda política pública de gran escala, el programa ha enfrentado dificultades operativas y territoriales, pero también ha tenido que ajustar procedimientos y fortalecer mecanismos de seguimiento.

A casi dos años de su implementación, la experiencia comienza a llamar la atención más allá de Chiapas.

Las columnas más leídas de hoy

La razón es sencilla: alfabetizar no significa únicamente enseñar a leer y escribir. El programa ha incorporado estrategias lectoras, acciones de salud visual y mecanismos de inclusión para otros sectores, entre ellos las personas sordas. Así, la alfabetización empieza a significar también inclusión, autonomía y bienestar.

Porque detrás de cada cifra existe una historia. Una persona que escribe por primera vez su nombre no solamente aprende letras: deja constancia de sí misma. Dice, con su propia escritura: aquí estoy.

Los datos permiten dimensionar el desafío, pero también obligan a ser precisos. De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, el universo de personas en condición de analfabetismo en Chiapas rondaba las 512 mil.

A partir de ese referente, las estimaciones internas de Chiapas Puede plantean atender aproximadamente a 250 mil personas hacia el cierre de esta etapa (según estimaciones del programa y no de datos oficiales).

El programa estima también que entre 100 mil y 150 mil personas difícilmente podrán incorporarse al proceso por diversas circunstancias, como fallecimiento, imposibilidad de localización o desinterés.

Otro indicador reportado por el programa resulta relevante: 9 de cada 10 personas que ingresaron al proceso han logrado concluirlo.

De acuerdo con las propias estimaciones del programa, estos avances permitirían que Chiapas pase del lugar 31 al 12 en materia de alfabetización en un periodo menor a un año y medio.

Y aquí está uno de los puntos centrales: una política pública no solamente debe mostrar avances; también debe ser capaz de demostrar que esos avances son sostenibles y verificables.

El impacto potencial trasciende a la entidad. Una reducción significativa del analfabetismo en Chiapas contribuiría a mejorar los indicadores nacionales de México. La experiencia también ha despertado interés de organismos internacionales como la UNESCO, que ha observado el proceso para conocer una estrategia desarrollada en un contexto particularmente complejo por su dispersión territorial, diversidad cultural y desigualdad social.

Hay un cambio interesante en esta historia. Durante mucho tiempo, Chiapas fue observado principalmente por sus rezagos. Hoy comienza también a llamar la atención por las soluciones que está intentando construir.

Eso no significa que el problema esté resuelto. Significa que existe una ruta que vale la pena observar, evaluar y, si los resultados se confirman, considerar como una experiencia susceptible de aportar aprendizajes.

El modelo incorpora herramientas tecnológicas, mecanismos de seguimiento, transparencia, rendición de cuentas y evaluación continua. Esto permite conocer quién participa, dar seguimiento a pagos e incidencias y actuar ante posibles irregularidades. En una política pública de esta dimensión, cuidar los recursos destinados a quienes más los necesitan también forma parte del compromiso educativo.

El programa plantea una intervención particularmente importante en 40 de los 124 municipios con mayores condiciones de marginación. Llegar a esos territorios significa enfrentar una de las mayores dificultades de cualquier política educativa en Chiapas: la dispersión de las comunidades y las profundas diferencias sociales, culturales y geográficas.

Pero el desafío no termina con la alfabetización de quienes hoy se encuentran fuera del sistema educativo.

El propio programa estima que durante los próximos años podrían generarse alrededor de 60 mil nuevos casos de analfabetismo entre población cercana a los 15 años, si no se fortalecen las estrategias de ingreso, permanencia y continuidad escolar.

Es, nuevamente, una estimación y no un dato oficial ya observado. Pero plantea una discusión indispensable: atender el rezago existente y, al mismo tiempo, evitar que vuelva a producirse.

Chiapas Puede no significa que el problema esté resuelto. Significa que existe una ruta para enfrentarlo y que, de acuerdo con los indicadores y estimaciones disponibles, esa ruta comienza a mostrar resultados.

Ahora viene la parte más difícil: demostrar que esos resultados pueden mantenerse en el tiempo.

Porque las transformaciones educativas no ocurren de un día para otro. Se construyen persona por persona, comunidad por comunidad, palabra por palabra.

Y quizá ahí esté la verdadera dimensión de Chiapas Puede: demostrar que un problema que durante décadas pareció imposible de resolver puede comenzar a ceder cuando una política pública combina decisión, capacidad institucional y la voluntad de llegar hasta donde antes no se había llegado.

El verdadero éxito no será solamente que una persona aprenda a leer y escribir.

Será conseguir que, después de hacerlo, nunca vuelva a quedar fuera de la educación.