La reciente traducción del Himno a Chiapas a seis lenguas originarias —tseltal, tsotsil, tojol-ab’al, zoque, ch’ol y mam— representa uno de esos acontecimientos que, por su profundo significado, merecen trascender la anécdota institucional para convertirse en un referente de nuestra política cultural y educativa. El trabajo realizado por la Dirección de Educación Indígena de la Secretaría de Educación de Chiapas, con la participación comprometida de maestras y maestros de este nivel educativo, constituye mucho más que un ejercicio de traducción: es un acto de reconocimiento, dignificación y preservación del patrimonio lingüístico y cultural de Chiapas.
Traducir un himno no consiste únicamente en encontrar equivalencias entre palabras. Implica trasladar significados, emociones, símbolos e historias hacia otra forma de comprender el mundo. Cada lengua originaria expresa una manera distinta de nombrar la vida, la naturaleza, la comunidad y la memoria colectiva. Por ello, cuando el Himno a Chiapas puede ser cantado en tseltal, tsotsil, tojol-ab’al, zoque, ch’ol o mam, también comienza a dialogar con las cosmovisiones de los pueblos que durante siglos han dado identidad a nuestro estado.
En este esfuerzo resuenan las palabras pronunciadas hace más de dos décadas por don Samuel Ruiz durante la presentación de la traducción de los Acuerdos de San Andrés a diversas lenguas indígenas: liberar las lenguas del yugo lingüístico significa también liberar el pensamiento. Esa reflexión mantiene plena vigencia. La traducción no es un acto puramente lingüístico; es un acto de libertad intelectual, de reconocimiento mutuo y de justicia cultural. No se traduce únicamente un texto: se abren posibilidades para que nuevas generaciones comprendan, desde su propia visión del mundo, los valores y principios que dan sentido a nuestra identidad.
Por ello, el siguiente paso es quizá el más importante. Que esta iniciativa no permanezca como un acto ceremonial o folclórico reservado a un coro escolar. El verdadero desafío consiste en que las comunidades educativas hagan suyo este esfuerzo y que maestras, maestros, niñas, niños y jóvenes puedan aprender y entonar el Himno a Chiapas en su propia lengua originaria, comprendiendo el profundo mensaje que encierra. Versos que invitan a desterrar la odiosa venganza y el rencor para construir una esperanza común adquieren una fuerza renovada cuando son interpretados desde la filosofía comunitaria de nuestros pueblos.
Esta acción, además, no debe entenderse como un hecho aislado. Forma parte de una ruta mucho más amplia que la autoridad educativa de Chiapas ha comenzado a construir bajo el principio de la justicia epistemológica: reconocer que los pueblos originarios no sólo poseen una riqueza lingüística invaluable, sino también sistemas propios de conocimiento, categorías filosóficas y formas legítimas de comprender la realidad. En esa dirección se inscriben acciones como la renovación del Escudo de Chiapas, que hoy incorpora elementos profundamente representativos de las culturas originarias, como el tocado del Rey Pakal, la Pirámide de Palenque, el bastón de mando, el maíz y diversos símbolos de la cosmovisión maya. Del mismo modo, avanza la construcción de una pedagogia mayense, sustentada en categorías filosóficas como el Lekil Kuxlejal (la vida buena), el Lekil Chanel (el buen aprendizaje), el Kuxubinel (la convivencia para la vida), el Jamal Ch’ulel (la apertura de la conciencia) y el Ichel Tamuk (el florecimiento pleno de la persona y la comunidad). No se trata únicamente de incorporar referentes culturales al currículo, sino de reconocer que estas categorías constituyen auténticos marcos de pensamiento desde los cuales también es posible educar, investigar y construir ciudadanía.
La escuela tiene aquí una oportunidad extraordinaria. Más que enseñar una traducción, puede propiciar el diálogo entre saberes, fortalecer la identidad cultural y hacer que los símbolos cívicos dejen de ser únicamente una obligación escolar para convertirse en una experiencia significativa de pertenencia. Cuando un estudiante comprende el himno desde su lengua materna, también comprende que su idioma no es un vestigio del pasado, sino una herramienta viva para construir el presente y el futuro.
Celebrar esta traducción es, en consecuencia, celebrar la diversidad que distingue a Chiapas. Es reconocer que nuestras lenguas originarias no solo conservan palabras, sino formas de entender la vida, la convivencia y la dignidad humana. Cuando un himno puede cantarse desde la lengua y la cosmovisión de los pueblos originarios, deja de ser solamente un símbolo cívico para convertirse en un espacio de encuentro entre memorias, identidades y esperanzas compartidas. Quizá esa sea la mayor enseñanza de este esfuerzo: comprender que la verdadera transformación educativa comienza cuando todas las voces encuentran un lugar legítimo desde el cual nombrar, interpretar y construir el mundo.



