Hay noticias que duelen, historias que estremecen y realidades que nos obligan a mirar de frente aquello que durante mucho tiempo creímos lejano. El cáncer de mama es una de ellas. Durante años, esta enfermedad se ha asociado principalmente con mujeres mayores de 40 años; sin embargo, los casos que se presentan en mujeres jóvenes nos recuerdan que la edad no debe convertirse en una falsa garantía de seguridad.

En México, los datos nos invitan a reflexionar:

- Aunque el cáncer de mama se diagnostica con mayor frecuencia en mujeres de 50 a 69 años, aproximadamente 1 de cada 4 diagnósticos se presentan en mujeres menores de 45 años.​

- Más de 4,500 mujeres menores de 40 años reciben este diagnóstico cada año en nuestro país.​

- Lo más preocupante: en mujeres jóvenes, el diagnóstico suele darse en etapas más avanzadas, precisamente porque tanto ellas como sus médicos asumen que “es demasiado pronto”, retrasando hasta seis meses la atención.

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- El Instituto Mexicano del Seguro Social señala que, en el grupo de 20 a 39 años, la tasa de mortalidad por esta enfermedad ha registrado un aumento sostenido en la última década.

Cada vez que una mujer de 25, 30 o 35 años recibe un diagnóstico de cáncer de mama, no solo comienza una batalla por su salud: también enfrenta el miedo y la incertidumbre, pues nadie sabe con certeza qué sigue después: ¿sanaré? ¿Me atenderán pronto? ¿Tendré los recursos económicos para enfrentar la enfermedad?

Detectar el cáncer a tiempo no solo salva vidas: también ahorra millones de pesos al sistema de salud y a las familias. Un diagnóstico temprano permite tratamientos menos agresivos, más cortos y con mejores perspectivas de recuperación.

Y es que enfermarse siempre nos orilla a sacar la pluma y hacer cuentas. Y si se trata de cáncer, los costos pueden ser exorbitantes. Por ejemplo, en una institución médica privada, en etapas avanzadas, los costos pueden superar los $500,000 pesos al año, y en casos con medicamentos especiales, llegar a millones de pesos.

Veamos en el sector público.

El IMSS estima que en etapa I el costo es de unos $116,123, mientras que en etapa IV asciende a $358,792 pesos.

Ya lo sabemos, pero hay que decirlo. El diagnóstico temprano de la enfermedad, además de salvar vidas, reduce costos

El problema es que muchas mujeres jóvenes no se consideran población de riesgo. Pueden atribuir un bulto a cambios hormonales, pensar que una alteración en el seno desaparecerá por sí sola o posponer una consulta médica porque creen que son demasiado jóvenes para padecer esta enfermedad. Esa falsa sensación de seguridad puede retrasar la detección.

Un cambio en el tamaño o la forma de una mama, una bolita nueva, alteraciones en la piel, hundimiento del pezón o secreción anormal son señales que merecen valoración médica. No todos estos cambios significan cáncer, pero ignorarlos tampoco es una opción.

La juventud no elimina el riesgo y la prevención comienza cuando aprendemos a escuchar nuestro cuerpo. El cáncer de mama es una enfermedad compleja. No existe una sola causa y, en muchos casos, no es posible identificar un factor específico que explique por qué aparece en una mujer determinada.

La edad, los antecedentes familiares, algunas alteraciones genéticas heredadas y diversos factores hormonales y reproductivos pueden influir en el riesgo. También intervienen factores relacionados con el estilo de vida, aunque tener hábitos saludables no garantiza estar libre de la enfermedad.

No quiero parecer alarmista, solo crear conciencia.

En México, la conversación debe ir más allá de las campañas que cada octubre tiñen de rosa las calles, las instituciones y las redes sociales.

La lucha contra el cáncer de mama no puede limitarse a un mes del calendario. Debe convertirse en un compromiso permanente con la salud, la dignidad y el futuro de todas las mujeres.