La historia de Christa Pike parece escrita para estremecer hasta al más endurecido. Stephen King mismo hallaría aquí material de sobra: una joven de 18 años de edad, celos envenenados, una víctima atraída a un bosque, media hora de tortura, un pentagrama tallado en la piel, el cráneo aplastado con un trozo de asfalto y un fragmento de hueso guardado como trofeo. Colleen Slemmer, de 19 años, fue asesinada de la forma más cruel en 1995. Pike fue condenada a muerte en 1996, a los 20 años de edad. Han pasado 31 años. Y hoy, el desenlace se ha convertido en otra pesadilla: tras dos inyecciones letales fallidas, está intubada, inconsciente, conectada a un respirador en un hospital de Nashville.

No hay forma de leer esto sin sentir el escalofrío que merece la memoria de Colleen. Lo que le hicieron fue monstruoso. Nadie puede hablar de su muerte sin sentir rabia e indignación lo que padeció. Pero justo por ese respeto a la víctima, no podemos callar lo que ocurre ahora: el sistema que dice hacer justicia ha convertido la ejecución en un espectáculo fallido, cruel y prolongado.

Ahora tenemos a una mujer viva, pero sin conocimiento, sostenida por máquinas, en suspenso entre la vida y la muerte.

La pena de muerte se nos vende como cierre, como reparación, como fin. Incluso como justicia.

Pero casos como este demuestran que solo añade dolor sobre dolor. A la tragedia de la chica asesinada se suma ahora la de una ejecución que se traba, que se alarga, que se convierte en un sufrimiento sin dignidad para nadie: ni para la familia de Colleen, obligada a presenciar lo que se suponía era el fin.

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Hasta mediados de 2026, hay 45 mujeres con sentencia de muerte vigente en Estados Unidos. Desde que la Corte Suprema restableció la pena capital en 1976, solo 18 mujeres han sido ejecutadas, apenas el 1% del total de ejecuciones en el país. Una cifra pequeña, pero que pesa como una losa: cada nombre representa una vida que el Estado decidió terminar, y que, insisto, nada repara.

Uno de esos nombres es Amber McLaughlin, ejecutada el 3 de enero de 2023 en Misuri. Fue la primera persona abiertamente transgénero en ser ejecutada en la historia de Estados Unidos. Su caso, como el de Christa Pike, nos obliga a mirar a los ojos la complejidad del dolor y la justicia.

En noviembre de 2003, tras la ruptura con Beverly Guenther —quien había obtenido una orden de restricción por acoso—, la esperó a la salida de su trabajo, la secuestró, la violó y la apuñaló, abandonando su cuerpo cerca del río Mississippi. En su declaración final, Amber escribió: “Lamento lo que hice. Soy una persona cariñosa y atenta”.

La pena de muerte es un ciclo que no termina. El horror no se cura con más horror.

Lo que ocurre en Tennessee con Christa nos debe alertar a todos y preguntar si matar a quien mató nos hace mejores, incluso si resuelve algo. Y la respuesta, dolorosa pero clara, es que no. No hay cierre en esto. Solo hay más tragedia y más dolor.

En X: @mar_morales_