Ayer viajé de Nueva York a la Ciudad de México en el vuelo AM409 de Aeroméxico. Hubo un retraso de dos horas y media —tiempo que pasamos a bordo de la aeronave—.
Los y las sobrecargos comentaban, con alegre alboroto, que en el avión venían, en el área de carga —es decir, encajuelados—, ocho tiburones vivos en estanques con enormes cantidades de agua.
El retraso, según explicó el piloto, no se debió a los tiburones, sino a un cambio de aeronave. Esa fue la versión oficial. El comandante jamás hizo referencia a los escualos. Fueron los y las sobrecargos quienes los mencionaron. Así que cabe la posibilidad de que no se nos haya dicho toda la verdad, esto es, que las dos horas y media de espera no se debieran únicamente al cambio de avión, sino también a la necesidad de realizar maniobras para subir al área de carga a los legendarios depredadores marinos.
Suponiendo que el piloto no mintió, entonces los tiburones pudieron haber estado en el avión, prisioneros en sus peceras, durante las dos horas y media de retraso. Nosotros, pasajeros y pasajeras, no disfrutamos ese tiempo a bordo del avión en tierra, pero creo que la pasamos mejor que los escualos. Al menos no estábamos encerrados en cárceles acuáticas.
Cabe sospechar que los tiburones estuvieron confinados durante más tiempo, ya que los debieron subir al avión antes que el equipaje y, por supuesto, antes de que nosotros abordáramos.
Al aterrizar en México, los ocho tiburones tampoco debieron bajar inmediatamente: permanecieron un buen rato más antes de que los descargaran.
¿Cuánto tiempo estuvieron encerrados los ocho animales? Hagamos cuentas. El vuelo de Nueva York a México duró aproximadamente cuatro horas y media. A eso hay que añadir las dos horas y media de espera antes del despegue, el tiempo de preparación y carga en Nueva York y el de descarga en la Ciudad de México.
Es posible que los ocho tiburones hayan pasado alrededor de diez horas confinados en sus recipientes. Aeroméxico, desde luego, para no quedar como una empresa capaz de torturar criaturas marinas, debería informar exactamente cuánto duró el traslado, desde que los animales fueron introducidos en los estanques hasta que llegaron a su destino.
¿Cuánta agua transportaba el avión? Si cada tiburón viajaba en un recipiente con 500 litros, estaríamos hablando de cuatro toneladas de agua. Pero quizá eran mil litros por animal: ocho toneladas en total. A eso habría que sumar el peso de los estanques, de los propios tiburones y de los equipos necesarios para mantenerlos vivos.
Comenté en redes sociales este asunto, y alguien de la Secretaría de Medio Ambiente, encabezada por Alicia Bárcena, me mandó decir —que conste, no fue la secretaria la que envió el mensaje, sino uno de sus subordinados— que el traslado era legal, que se contaba con todos los permisos, que las normas lo permiten y que la especie de esos tiburones no está en peligro de extinción.
¿Y eso es algo que se deba aplaudir? ¡Por favor! Qué bueno que esa especie de tiburones —cualquiera que sea— no esté en peligro de extinción. Me alegra que haya miles o millones en los mares del mundo. Pero…
No estoy hablando de una especie, sino nada más de ocho tiburones que sufrieron algo bastante parecido a la tortura en el viaje en avión desde Nueva York hasta la Ciudad de México.
Nada justifica el sufrimiento innecesario de una minoría de tiburones: apenas ocho, pero sometidos durante horas a un confinamiento espantoso.
Esos ocho tiburones, si pudieran hablar, dirían como el clásico aquel: “No mamen con el cuento de que la ley es la ley”. Porque, por legal que haya sido su traslado, no merecían viajar como los enemigos de los narcos que caen en desgracia y son secuestrados: encajuelados.
Una cosa es la legalidad y otra muy distinta la ética. Ya no estamos para torturar animales. Tampoco para someterlos a sufrimientos innecesarios simplemente porque alguna disposición administrativa lo permite.
Jamás he tenido una mascota ni la tendré. Pero sé lo que es estar rodeado de perros y gatos, ya que la gente con la que convivo, toda, tiene uno… o muchos. Me doy cuenta de que los animales sienten placer y dolor. Los tiburones, como las mascotas, experimentan estrés y sufrimiento. Y eso debería importar.
No sé de dónde procedían los ocho tiburones. Tampoco sé cuál era su destino en México. Pero hay una pregunta elemental: ¿para qué traer ocho tiburones desde Nueva York? ¿No hay tiburones de sobra en nuestros mares? Según he leído, son más de cien especies en aguas nacionales: Pacífico, golfo de México, golfo de California y Caribe.
Por supuesto, no estoy proponiendo capturar tiburones nacionales para traerlos a la Ciudad de México. La pregunta no es dónde conseguirlos, sino por qué chingaos hay que traerlos.
Si los ocho animales venían para un acuario, como sospecho, qué crueldad usarlos para que la gente pase y los vea, y alguien haga negocio. ¿Eran tiburones para investigación científica? Lo dudo. ¿Para conservación? Difícil de creer. ¿Para reproducción? Absurdo.
Nueva York está prácticamente al nivel del mar. La Ciudad de México se encuentra a más de dos mil metros de altitud. Los aviones comerciales vuelan a diez mil metros o más. Y los tiburones viven bajo el agua. ¿No les afecta el cambio de altura? Los compartimentos presurizados de las aeronaves mantienen condiciones equivalentes a una altitud mucho menor, pero no necesariamente a la que están acostumbrados los animales marinos.
El cambio de altitud podría representar un riesgo para los tiburones. Pero no sería el problema principal. Me informan personas que saben que los tiburones necesitan condiciones muy específicas de oxigenación, temperatura y calidad del agua. Algunas especies requieren nadar continuamente para mantener la ventilación de sus branquias. ¿Eso es sustituible mediante sistemas especiales en peceras metidas en la cajuela de un avión?
Lógicamente, el confinamiento, la manipulación, el ruido y la turbulencia de un avión pueden provocarles estrés intenso. Y esto tiene consecuencias graves para los tiburones.
Aeroméxico debería demostrar que los ocho animales viajaron en condiciones que evitaron sufrimientos innecesarios. Porque no basta con responder que se cumplieron las normas. Reitero, en estos casos aplica lo de “ya no mamen con el cuento de que la ley es la ley”.
No son pocas las preguntas que debería responder Aeroméxico: ¿quién revisó a los tiburones antes de subirlos al avión? ¿Veterinarios especializados? ¿Qué sistema de oxigenación se utilizó? ¿Cuántas horas podían permanecer en los estanques sin riesgo? ¿Se consideró la posibilidad de un retraso tan grande como el que se dio previo al despegue en Nueva York? ¿En qué condiciones llegaron a la Ciudad de México? ¿A dónde finalmente los enviaron —información más que necesaria para que las autoridades y las personas que defienden a los animales puedan solicitar una revisión del estado de salud de los escualos—?
En los aviones veo frecuentemente perros que viajan con la gente. Me parece muy bien. Y sé que en aeronaves se transportan caballos de competencia. En el caso de los equinos se utilizan instalaciones especiales y normalmente viajan acompañados por personal capacitado y veterinarios.
El transporte de animales no es necesariamente maltrato. De hecho, puede realizarse sin maltrato en el caso de animales domésticos, como perros, gatos y caballos.
Distinta es la situación con los animales silvestres, como los tiburones, cuya fisiología exige condiciones particulares para viajar.
Hacer sufrir deliberadamente a un animal revela falta de empatía y aun rasgos sociopáticos. En cualquier caso, provocar sufrimiento innecesario es una conducta éticamente inaceptable, más allá de lo que diga la ley.
Aeroméxico debería revisar su política de transporte de fauna silvestre y negarse a participar en operaciones que no tengan garantías verificables de bienestar animal.
El gobierno mexicano debería revisar las leyes correspondientes. No todo lo permitido debería seguir estándolo.
Si Aeroméxico insiste en transportar animales silvestres en condiciones cuestionables, dejaré de usarla y llamaré a boicotearla, y me valdrá gorro que el público me haga caso o no.
La ley es la ley, sí. Quizá Aeroméxico cumplió con las normas. Pero los ocho tiburones no tenían por qué sufrir viajando encajuelados solo porque la legalidad lo permitía.



