En el contexto político nacional, de cara a las elecciones de 2027, cuando se renovarán la Cámara de Diputados y 17 gubernaturas que podrían definir el proyecto de la 4T, el obradorismo trabaja como el viejo PRI, con Morena como un partido hegemónico y ejerciendo el poder por la vía de un presidencialismo autoritario. La lucha que se observa es por mantener el viejo sistema traído de vuelta y que representa la incansable lucha de AMLO por reestablecerlo.
López Obrador llegó a Palacio Nacional con promesas de acabar con la corrupción, desterrar los privilegios y terminar con un sistema que convirtió el poder político en patrimonio de grupos, familias y camarillas. Ofreció una transformación histórica, ruptura con el pasado y una nueva moral pública. Sin embargo, su gobierno, detrás de la retórica de la austeridad y la justicia social, fue reconfigurando el retorno de viejas prácticas del presidencialismo priista, la recomposición de sus redes de influencia y la supervivencia de élites que supuestamente serían desplazadas.
El priismo nunca se fue
AMLO inició su trayectoria política en el PRI. Fue un fuerte defensor de la ideología del “Nacional Revolucionario” acuñada por Plutarco Elías Calles. Siempre se opuso a los cambios democráticos y a la apertura política y económica. Defendió a grupos políticos que surgieron del callismo y que se consolidaron con Adolfo López Mateos, y vieron de nueva cuenta la luz con Salinas de Gortari, pero que, conforme el país empezó a tener avances democráticos, perdían paulatinamente poder, entonces, finalmente llegó AMLO para recuperar lo que, según ellos, les pertenece.
Andrés Manuel arribó con la tarea de destruir todo el andamiaje institucional democrático que el país había logrado, para cerrar el paso a nuevas visiones políticas y reposicionar a los viejos cuadros del priismo, a partir de la reconstrucción de sus formas de dominación y recuperando cuadros, alianzas y mecanismos de control que permitieron a estos grupos tradicionales sobrevivir a la alternancia democrática, todo bajo una vieja concepción del poder: el presidente como caudillo, la lealtad como moneda de ascenso y las instituciones como instrumentos subordinados al proyecto político.
Como he venido abordando en este espacio, en Morena confluyeron antiguos priistas, expriistas, políticos de otras fuerzas y cuadros formados en distintas etapas del tricolor, como Manuel Bartlett, Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal, Adán Augusto López, Ignacio Ovalle, Josefa González Blanco, Manuel Velasco y Alfonso Durazo, y descendientes de estas familias que ilustran la amplitud de la continuidad entre el pasado y el presente.
Oligarquías y redes del poder
Esta continuidad también se observa en la oligarquía que acompañó al viejo PRI y que regresó con más fuerza: empresarios como Carlos Slim, Germán Larrea, Ricardo Salinas Pliego, Alejandro Baillères, Carlos Hank González, Carlos Peralta, Olegario Vázquez, Miguel Alemán, Alejandro Soberón, Emilio Azcárraga y Daniel Chávez.
El Grupo Atlacomulco ofrece otro ejemplo de la capacidad de las redes regionales y familiares para adaptarse a los cambios de partido y de gobierno.
Además, el propio proyecto obradorista añadió a esa continuidad la centralidad del propio López Obrador y de su círculo familiar y político.
Al igual que Calles ejercía el poder y el control del gobierno, el liderazgo de su fundador ha tenido un peso decisivo en la identidad de Morena y en la definición interna de candidaturas, alianzas y distribución de posiciones.
La transformación que restauró el pasado
Cumplir con la promesa de ruptura con el viejo régimen habría exigido instituciones independientes, transparencia sin excepciones, justicia imparcial, competencia económica y límites efectivos al poder presidencial.
En cambio, el resultado de la transformación prometida fue una recomposición de las viejas estructuras bajo un nuevo liderazgo personal que convirtió el respaldo popular en una supuesta “voluntad del pueblo”.
López Obrador recuperó parte de la maquinaria política del PRI, recicló cuadros y adaptó sus métodos. Bajo los colores de Morena, el presidencialismo, el caciquismo, las redes familiares y empresariales encontraron los espacios perdidos como resultado de la lucha democrática.
En la Cuarta Transformación la pregunta no está en quién sustituyó a quién en Palacio Nacional, sino en quiénes siguen teniendo acceso al poder, al dinero público y a los privilegios. Una transformación que corre el riesgo de convertirse en una restauración.
X: @diaz_manuel





