En Sonora no hay dudas: va a ganar Morena.

Las últimas dos elecciones locales fueron una paliza en las que el pueblo votó mayoritariamente por la coalición de la presidenta y el gobernador. Morena controla 20 de 21 distritos locales. En las últimas elecciones, la coalición registró una victoria de 26 puntos en los conteos de diputaciones locales. Una masacre.

No obstante, al virtual candidato opositor y alcalde de Hermosillo, Antonio Astiazarán, le han vendido —y él ha comprado— una idea que genuinamente cree: que tiene posibilidades de victoria. No es así.

El fraude llamado Antonio Astiazarán es un fraude curioso, un fraude que no permite darse cuenta ni a sí mismo de sus propias limitaciones. Un fraude que engaña a sus jefes, y a sí mismo.

La ciudad de Hermosillo no está bien gobernada desde hace varios años. El alcalde no heredó un desastre. Su antecesora hizo un trabajo medianamente decente y el alcalde logró acumular una serie de victorias consecutivas que le permitieron tener una bastante buena primera administración.

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La segunda administración (2024-2027) ha sido un desastre de derrotas consecutivas para un hombre que tiene una espectacular habilidad para hacerle pensar a su grupo, incluyéndose a sí mismo, que es un gran gobernante, un fenomenal administrador público y un hombre de Estado. La realidad es otra: el agua escasea. La luz tuvo interrupciones significativas durante todo el verano. Los baches son el pan de cada día. La deuda de la ciudad ha llegado a altos históricos, aún cuando su administración mantiene el primer lugar de deuda municipal en todo el país.

Pero si hay algo que entusiasma fálicamente a este fraude llamado Antonio Astiazarán, es que lo piensen un grandioso operador político. No lo es.

Antonio Astiazarán inició una operación para intentar descarrilar a quien era el candidato natural del Partido Acción Nacional a sucederlo en la capital. Siempre ha sido esa su principal obsesión: la sucesión, no el cargo de gobernador. Y el hombre que tenía la mayor cantidad de posibilidades de victoria —y las tenía ampliamente— siempre ha sido Alejandro López Caballero, un corrupto reconocido de gran respaldo popular.

Antonio, en su desesperación por eliminar políticamente a López Caballero y colocar a su delfín, Gildardo Real, inició una agresiva campaña en su contra. López Caballero, un profesional, intentó negociar con el grupo de Astiazarán hasta excesos criticables. Siempre le cerraron la puerta. El alcalde Astiazarán incluso llegó a decirle que se buscara una segunda opción, porque él haría todo lo posible para que López Caballero jamás fuera el candidato sucesor a la alcaldía. Y así López Caballero terminó en Movimiento Ciudadano, con garantías plenas de que será el candidato al ayuntamiento más importante de Sonora.

Caballero podrá ser corrupto, podrá ser deshonesto, podrá tener una muy mala reputación, pero ciertamente es popular. Quizá uno de los hombres más populares de este estado. El Toño logró lo que quería: deshacerse de López Caballero y poner de candidato a Gildardo Real. Lo que no comprende es que eso que quería es una estupidez.

Antonio Astiazarán terminó por regalarle un candidato potable a Movimiento Ciudadano; un candidato que ciertamente no tiene posibilidades de victoria, porque los naranjas representan una fuerza simbólica en el estado, pero un candidato que termina por restarle fuerza al propio Partido Acción Nacional. Es un candidato que difícilmente competirá por los votos que ya ocupa Morena y que probablemente terminará restándole al proyecto de Astiazarán. Y el fraude llamado Antonio Astiazarán acaba de exponenciar las de Morena en una capital que hoy gobierna la oposición.

Cuando pierda, se la van a cobrar.