Existe una diferencia fundamental entre las sociedades que conservan sus libertades y aquellas que terminan perdiéndolas. No suele estar en la riqueza, ni en el tamaño de sus ejércitos, ni en la abundancia de sus recursos naturales. Con frecuencia la diferencia radica en algo mucho más escaso y mucho más valioso: el valor de quienes deciden hablar cuando resulta más cómodo callar.

Las épocas difíciles no se distinguen únicamente por la presencia de hombres peligrosos. También se distinguen por la aparición de mujeres y hombres capaces de asumir el costo de decir lo que otros prefieren callar. La historia está llena de conquistadores, emperadores, autócratas, dictadores, caudillos y demagogos. Sus nombres ocupan libros enteros. Sus decisiones alteran el destino de naciones completas. Sin embargo, las libertades que sobreviven rara vez son obra de ellos. Las libertades suelen ser obra de quienes encontraron el valor para levantar la voz cuando hacerlo implicaba riesgos, incomodidades, persecuciones o sacrificios personales.

Las sociedades rara vez pierden primero sus libertades. Antes pierden algo más importante: el valor de defenderlas. El deterioro suele comenzar de manera casi imperceptible. Primero aparece el miedo. Miedo a disentir. Miedo a preguntar. Miedo a incomodar. Miedo a señalar errores evidentes. Miedo a quedarse solos. Miedo a perder prestigio, influencia, amistades, oportunidades o seguridad. Poco a poco el miedo ocupa espacios que antes pertenecían a la libertad. Y cuando eso ocurre, la autocensura comienza a realizar el trabajo que antes solamente podían realizar la represión o la fuerza.

Por eso los autoritarios de todas las épocas han comprendido algo esencial: no necesitan convencer a todos. Les basta con intimidar a suficientes personas. No necesitan ganar todas las discusiones. Les basta con lograr que los demás dejen de discutir. No necesitan silenciar cada voz. Les basta con sembrar la idea de que hablar tiene un costo demasiado alto. El miedo es extraordinariamente eficiente porque suele multiplicarse solo. Una persona calla por temor. Otra observa ese silencio y también calla. Una tercera interpreta la ausencia de voces como señal de conformidad. Y así, poco a poco, la sociedad comienza a confundirse a sí misma creyendo que el silencio es consenso.

La historia ofrece innumerables ejemplos de hombres y mujeres que decidieron romper ese círculo. Winston Churchill alzó la voz cuando buena parte de Europa todavía creía posible apaciguar a Hitler. Václav Havel desafió desde la palabra a un régimen que parecía inamovible. Lech Wałęsa encabezó una resistencia obrera que terminó erosionando el dominio soviético en Europa Oriental. Martin Luther King enfrentó la segregación racial cuando hacerlo implicaba amenazas permanentes. Nelson Mandela soportó décadas de prisión antes de convertirse en símbolo de reconciliación nacional. Mahatma Gandhi desafió a un imperio sin recurrir a la violencia. Aleksandr Solzhenitsyn reveló al mundo la realidad del sistema de campos soviéticos. Andrei Sájarov decidió expresar públicamente lo que muchos sabían y pocos se atrevían a decir.

Las columnas más leídas de hoy

Ninguno de ellos tenía garantías de éxito. Ninguno sabía si vencería. Ninguno contaba con encuestas favorables ni con certezas absolutas. Lo único que tenían era la convicción de que callar resultaba más peligroso que hablar. Y esa convicción terminó modificando el curso de acontecimientos que parecían inevitables.

Pero existe otra categoría igualmente importante. La de quienes hablan no solamente desde la política o desde el poder, sino desde la conciencia. Francisco pertenece a esa categoría poco frecuente de seres humanos que entendieron que el silencio también tiene consecuencias. Durante años insistió en advertir sobre la dignidad de los migrantes, la cultura del descarte, la indiferencia frente al sufrimiento humano, la desigualdad creciente, los riesgos del nacionalismo excluyente, la demonización del diferente y la necesidad de construir puentes en tiempos donde demasiados se empeñan en levantar muros. Se podrá discrepar de algunas de sus posiciones. Se podrán discutir decisiones o estrategias. Lo que difícilmente puede negarse es que habló. Habló cuando otros preferían la comodidad de la neutralidad. Habló cuando sabía que sus palabras generarían incomodidad. Habló hasta donde se lo permitieron sus fuerzas. A veces la historia no recuerda solamente a quienes triunfaron. También recuerda a quienes advirtieron.

Benedicto XVI representa otro caso singular. No habló principalmente mediante confrontaciones públicas. Habló mediante una decisión extraordinaria. En una época donde demasiados dirigentes se aferran al poder incluso cuando sus capacidades disminuyen, eligió reconocer sus límites y retirarse. Aquella renuncia fue interpretada de muchas maneras, pero también puede leerse como una declaración silenciosa de enorme profundidad moral. Recordó al mundo algo que con frecuencia se olvida: ningún cargo convierte a un ser humano en indispensable. Ninguna posición de poder está por encima de la propia conciencia. Ninguna responsabilidad exime del deber de reconocer los propios límites.

Y existen también quienes parecen comprender que determinados momentos históricos exigen abandonar la prudencia excesiva. Hay silencios que nacen de la reflexión. Hay silencios que nacen de la responsabilidad. Pero también existe un instante en el que seguir callando deja de ser prudencia y comienza a convertirse en omisión. Tal vez por eso algunas voces que durante años parecieron cautelosas empiezan ahora a expresarse con mayor claridad. Porque la historia enseña que nunca es tarde para hablar, aunque siempre es mejor hacerlo antes de que el silencio termine favoreciendo precisamente a quienes más se benefician de él.

Lo verdaderamente interesante es que los grandes cambios históricos rara vez comienzan con multitudes. Suelen comenzar con minorías. A veces con una sola persona. Un periodista que publica lo que otros ocultan. Un juez que se niega a ceder. Un académico que cuestiona la versión oficial. Un líder social que denuncia abusos. Un ciudadano común que decide no aceptar como normal aquello que sabe que está mal. La historia está llena de momentos donde el valor individual terminó convirtiéndose en valor colectivo.

Por eso resulta tan preocupante observar épocas en las que la intimidación, la descalificación y la polarización se convierten en herramientas políticas cotidianas. Cuando se ataca a periodistas por preguntar. Cuando se desacredita a jueces por resolver conforme a la ley. Cuando se acusa de traición a quien discrepa. Cuando toda crítica es presentada como conspiración y toda diferencia como enemistad. El objetivo no siempre es convencer. Con frecuencia el objetivo es desalentar. Hacer que el costo de hablar parezca mayor que el beneficio de hacerlo.

Y sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que el miedo nunca ha sido invencible. Ninguna dictadura fue eterna. Ningún sistema basado exclusivamente en la intimidación logró perdurar indefinidamente. Ningún poder consiguió eliminar por completo la necesidad humana de expresarse, disentir y reclamar libertad. A veces el proceso toma años. A veces décadas. A veces generaciones enteras. Pero siempre aparece alguien dispuesto a romper el silencio.

La columna anterior hablaba de los que callan. De quienes observan, justifican o permiten. Pero la historia también se escribe gracias a los que hablan. A quienes se atreven a formular preguntas incómodas. A quienes se niegan a aceptar que la verdad dependa de la voluntad del poderoso. A quienes entienden que las libertades no son un regalo permanente, sino una conquista que debe defenderse todos los días.

Quizá por eso los autoritarios temen tantas cosas. Temen elecciones auténticamente libres. Temen jueces independientes. Temen medios de comunicación que investigan. Temen universidades que cuestionan. Temen ciudadanos informados. Pero por encima de todo temen a quienes pierden el miedo. Porque cuando una sociedad pierde el miedo, el poder deja de parecer invencible. Y cuando suficientes personas descubren que no están solas, comienza a romperse el hechizo que durante tanto tiempo mantuvo inmóviles a los demás.

Al final, cada generación enfrenta la misma decisión. Callar. Hablar. O hablar demasiado tarde. La historia suele ser comprensiva con quienes se equivocan. Suele incluso perdonar a quienes fracasan. Lo que rara vez absuelve es la indiferencia de quienes comprendieron lo que estaba ocurriendo y aun así decidieron guardar silencio. Porque las grandes transformaciones no comienzan cuando habla la mayoría. Comienzan cuando alguien encuentra el valor de hablar primero.

Los poderosos pasan. Los gobiernos pasan. Los imperios pasan. Las ideologías pasan. Pero las palabras pronunciadas a tiempo suelen sobrevivirles a todos.

Porque las libertades no sobreviven gracias a quienes simplemente las disfrutan.

Sobreviven gracias a quienes se atreven a defenderlas.

X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinionsalcosga23@gmail.com