Hace un par de años me invitaron a sumarme a un grupo de “Amigos con Enrique de la Madrid”. Aseguraban que sería un candidato presidencial de altura para las próximas elecciones y que en 2030 se disputaría convertir a la oposición en gobierno. Querían conformar un grupo de pensadores para integrar, supuestamente, su agenda programática.
Aunque respeto a quien me invitó, francamente la visión que tienen de las personas más pobres, como mascotas que podían ser adoptadas con su propuesta de “adopta a un mexicano”, me pareció suficiente para mantener una distancia muy puntual.
Hoy anuncia una renuncia implícita a ese camino. Enrique de la Madrid conducirá “¿Quién quiere ser millonario?” para TV Azteca y Sony. Puede ser que la apuesta política de Ricardo Salinas Pliego sea aumentar la exposición mediática de un perfil como el de la Madrid, pero lo que sigue a la vista es la falta de brújula.
Hemos tenido más de doce años para observar que la fórmula de Andrés Manuel López Obrador funcionó. Recorrer el país, entrar hasta donde nunca había existido una visita oficial. Hablar, pensar, proponer. Cuidar una imagen con un objetivo claro.
Tal vez ahora apuesten a construir outsiders, porque funcionó en Colombia y en Ecuador.
El detalle es que el outsider llega desde afuera. De la Madrid llega desde el apellido. Hijo de presidente, funcionario por designación durante tres décadas, jamás ha ganado una urna. Convertirlo en insurgente contra el sistema exige una imaginación que ni el mejor guionista de concursos alcanzaría.
Hay una ironía más fina en el formato elegido. El programa se sostiene sobre comodines. La llamada a un amigo, el cincuenta y cincuenta, el voto del público. La oposición lleva años jugando con esos mismos auxilios. Pregunta al público que ya dejó de escucharla, llama a un amigo que resultó ser el dueño de la televisora, y confía en que la mitad descartada sea la equivocada. En el estudio las respuestas están escritas de antemano. En la política no.
De la Madrid dijo que tendrá “el privilegio” de conducir. La palabra retrata bien el proyecto. López Obrador caminó durante años los municipios a los que nadie llegaba. La oposición pretende llegar a esos mismos municipios un domingo por la tarde, desde una silla, en horario estelar. El territorio se sustituye por el rating.
“Adopta a un mexicano” y “¿Quién quiere ser millonario?” comparten un mismo imaginario. El pobre no aparece como sujeto de derechos, aparece como beneficiario de una bondad ajena, la del padrino que adopta o la del premio que cae del cielo. Cambia el escenario, permanece la idea.
Vale entonces una duda. ¿Perdió la oposición el rumbo, o encontró por fin el escenario que siempre le correspondió?






