Terminó mal 2025 y ha empezado mal 2026. Tres días antes de que finalizara el año pasado se descarriló el Tren Interoceánico en Nizanda, Oaxaca: 14 personas murieron. En las horas iniciales de 2026 se incendió una discoteca en Crans-Montana, Suiza: se han contabilizado más de 40 fallecimientos y la cifra podría crecer muchísimo. El 2 de enero sufrimos en México un fuerte sismo.

Además de lo anterior, la madrugada del 3 de enero se registraron fuertes explosiones en Caracas y se vieron aviones volando a baja altura: el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, denunció una “gravísima agresión militar” de Estados Unidos. O se supone que lo dijo, ya que Donald Trump ha anunciado la captura de este personaje.

Habrá quienes consideren buena noticia el ataque contra Venezuela porque “liberará” a ese país de la dictadura. Seguramente Felipe Calderón habrá sacado ya el champán que no alcanzó a beber el 31 de diciembre para celebrar la llegada del año nuevo —su hígado envejecido y podrido por el abuso del alcohol ya no da, de plano, para aquellas borracheras legendarias de cuando disfrutaba la dicha inicua de estar en el poder protegido por el presidente más lunático que ha habido en México, Vicente Fox—.

Nadie niega que el régimen iniciado por Hugo Chávez es una tiranía, pero no tiene nada de civilizado intentar eliminarla por la vía de agredir militarmente a su ciudad capital —debe haber numerosas víctimas después de los estallidos—.

Aunque frágil, existe una legalidad internacional. El tratado que dio origen a la ONU dice, textualmente, que sus miembros, “en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas”. El principal de sus propósitos es el de “mantener la paz y la seguridad internacionales”.

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Solo el Consejo de Seguridad de la ONU puede autorizar una intervención armada. Pero este jamás ha dado el sí a un ataque contra Venezuela. Ha habido denuncias en tal consejo acerca de crímenes de lesa humanidad en ese país, lo que justificaría una agresión militar para evitarlos, pero no se ha llegado a acuerdos entre las naciones que lo integran.

La peor noticia del final de 2025 y el inicio de 2026 no es el descarrilamiento en Oaxaca, tampoco el incendio en los Alpes suizos y ni siquiera la más que probable invasión de Estados Unidos a Venezuela. Lo más preocupante ha sido el fuerte sismo del viernes 2 de enero en el centro y el sur de México. No hubo, como en otras ocasiones, daños terribles ni decenas o centenares de fallecimientos. Pero ahí tenemos una señal de que la naturaleza no juega y de que puede ser terriblemente agresiva, inclusive si no se le agrede —desde luego, si se le agrede, como lo hacemos a diario en todo el mundo, puede ser muchísimo más terrible—.

El más espantoso momento para la humanidad se dio al finalizar el año 535 y al iniciar el 536 d.C. Así lo calificó Michael McCormick, de Harvard, en una entrevista que le hicieron en Science en 2018:

“Una misteriosa niebla polvorienta sumió a Europa, Oriente Medio y partes de Asia en la oscuridad, las 24 horas del día, durante 18 meses. ‘El sol emitió su luz sin brillo, como la luna, durante todo el año’, escribió el historiador bizantino Procopio. Las temperaturas en el verano del 536 cayeron entre 1.5 °C y 2.5 °C, iniciando la década más fría de los últimos 2 mil 300 años. Nevó ese verano en China; las cosechas fallaron; la gente pasó hambre. Las crónicas irlandesas registran ‘un fracaso del pan desde los años 536-539’. Luego, en el 541, la peste bubónica golpeó el puerto romano de Pelusium, en Egipto. Lo que se conoció como la Peste de Justiniano se extendió rápidamente, acabando con entre un tercio y la mitad de la población del Imperio Romano de Oriente y acelerando su colapso, dice McCormick”.

“Un análisis ultrapreciso del hielo de un glaciar suizo realizado por un equipo dirigido por McCormick y el glaciólogo Paul Mayewski en el Instituto de Cambio Climático de la Universidad de Maine (UM) en Orono, ha identificado a un culpable. En un taller en Harvard esta semana, el equipo informó que una erupción volcánica cataclísmica en Islandia arrojó cenizas a través del hemisferio norte a principios del 536. Siguieron otras dos erupciones masivas, en el 540 y el 547. Los golpes repetidos, seguidos por la peste, sumieron a Europa en un estancamiento económico que duró hasta el 640”.

En el siglo VI no lastimaban tanto a la naturaleza factores como la industria, el consumismo, los millones de vuelos de aviones, la explotación brutal del agua, la utilización sin limites del petróleo, etcétera. Por todo eso, no hay duda de que con una catástrofe como la del año 536 nos iría peor que en esa fecha. Colapsarían las bases del sistema económico global, como las redes eléctricas, el internet, el transporte.

Los expertos en riesgos catastróficos globales no dicen que sea muy alta la probabilidad de otro evento tan brutal, pero tampoco afirman que sea ciento por ciento seguro que no ocurrirá.

El problema es otra probabilidad, muchísimo más alta: la de un colapso civilizatorio por causas antropogénicas, esto es, por actividades humanas. Así que, antes de que suceda de nuevo una catástrofe geológica como la de 536, casi seguramente la crisis climática, que no estamos enfrentando sensatamente, nos llevará a la medianoche del Reloj del Juicio Final. Hay modelos, científicamente bien construidos, que sitúan en un elevadísimo 16% la probabilidad de que la civilización humana colapse antes del año 2100 debido a causas no naturales.

Lo que el gobierno de México pueda hacer para contribuir a retrasar el cataclismo, tendrá que hacerlo. Si algo pudiera pedir a la presidenta Claudia Sheinbaum sería aplicar sus conocimientos en el tema, que los tiene de sobra, para impedir o volver a evaluar proyectos públicos y privados —los hay de sobra— que agreden al medio ambiente, los mares, las selvas, los animales que no necesitan se les obligue a dejar su entorno natural porque lo invadan emprendimientos de inversionistas que apuestan por el retorno de su dinero, y no por la defensa de algo tan romántico y tan lejano como la naturaleza, a la que ven inofensiva, pero que no lo es tanto. ¿Ya se nos olvidó el pánico del 2 de enero cuando se sacudió todo, tan violentamente, en la Ciudad de México?