Los continuos reveses de los últimos años para lograr que el Estado fuera garante del ordenamiento de una convivencia social con paz interior, ejercicio de las libertades, vigencia de los derechos humanos, despliegue del desarrollo nacional, la equidad y la justica en el marco del derecho, terminaron por erosionar el basamento de una política exterior robusta y capaz de promover los intereses de México en el mundo.
Una soberanía incompetente debilitó al país; su rostro ha sido la inseguridad, los homicidios dolosos, los desaparecidos, la extorsión, la corrupción, el deterioro de buena parte de la clase política en el gobierno, la existencia de partes amplias del territorio bajo el control por parte de la delincuencia organizada; la penosa imbricación entre autoridades civiles y grupos delincuenciales, lo que da cuenta de una actividad criminal tolerada y asimilada por las instituciones del gobierno.
Frases como las de narco Estado o narco gobierno se usan de manera profusa, tanto al interior como por parte de otros países al referirse al nuestro. Vivimos en continuo deterioro de las instituciones y en una exhibición reiterada de su incompetencia, como se demuestra en la dotación de medicinas por parte del gobierno, en las deficiencias de la vacunación, en la incapacidad para brindar la atención médica que plantea la Constitución y, por consecuencia, en el incremento del gasto de bolsillo de las familias mexicanas para acceder a los servicios de salud y medicamentos.
Una soberanía incompetente inhibe el ejercicio de las libertades, pone en condiciones de riesgo la práctica del periodismo de investigación y crítico, hostiliza a los opositores desde la propia tribuna presidencial, centraliza el poder político en la construcción de un blindaje protector para cómplices y de quienes se encuentran alineados al proyecto oficial, al tiempo que tiende a colocar a los adversarios políticos en condición de enemigos a intimidar o perseguir.
En este marco, el autoritarismo como concentración del poder y como erosión de los equilibrios para contrapesarlo, hacia un despliegue del hiperpresidencialismo, no responde a una visión ideológica -aunque pudiera tenerla-, pues obedece a la necesidad de prodigar garantías e impunidad a quienes pusieron en marcha el proyecto que asoció el uso de recursos ilegales al ejercicio del poder y para el financiamiento político.
La soberanía se convierte en pantomima o discurso retórico para pretender plantear políticas de Estado que, el propio Estado ha extraviado por las complicidades o las incapacidades de quienes lo representan a través de la ficción de una mayoría que se convierte en la totalidad del pueblo.
En ese plano se desbordan actividades como las del huachicol y del huachicol fiscal que se deslizan a través de amplias avenidas de complicidad que apenas son tímidamente tocadas, a pesar de que las evidencias hacen imposible cubrirlas mediante la opacidad que las abrazó. Dentro de este plano, la fractura de la soberanía interna responde a los compromisos de impunidad que se sostuvieron con quienes operaron los recursos empleados para producir dominio y supremacía política.
A ello obedece que los implicados en la persecución de los delitos producto de la delincuencia organizada, sean siempre integrantes de los llamados cárteles, y no así las autoridades que se coludieron con ellos para perpetuar los actos ilegales en cuestión. Nos encontramos frente a un aparato judicial empeñado en identificar, perseguir y procesar a delincuentes pertenecientes a las organizaciones delictivas, sin que se vincule a funcionarios públicos y titulares de las instancias de los distintos órdenes de gobierno.
La soberanía se ha debilitado desde dentro, y es el costo que se paga por el deterioro de la institucionalidad pública al introducir en ella actividades y formas de corrupción que desnaturalizan su cometido. Uno de los efectos que produce es el resquebrajamiento de la cohesión interna dentro del partido en el gobierno y de sus aliados. El México soberano aparece, como una ficción o un espectro.
Por consecuencia, la expresión del México soberano en el orden internacional ocurre con una voz diminuta y con influencia mínima, ni siquiera con la capacidad de intermediar, proponer y producir salidas transicionales a las crisis que viven cubanos y venezolanos; ni siquiera con una posición que buscara pistas de solución viables a las partes en pugna. La soberanía tiene artrosis y con esa atrofia solo participa para mal convivir como testigo de piedra y elusivo en el cambio del orden mundial.





