El fenómeno y otros puntos
Varias fotografías exhiben a una sonriente secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, y al gobernador de Tabasco, Javier May, durante la inauguración y los eventos “19° Festival Cultural Ceiba 2026”. Acontecimiento llevado a cabo entre el 31 de julio y el 2 de agosto pasados, que ha generado polémica entre los artistas y comentaristas locales pues muchos consideran que el gobierno ha desvirtuado la naturaleza original de dicho festival fundado en 2003 y dirigido, entonces, por Pilar Pellicer. Acusan de convertirlo en una pachanga más, semejante a la feria anual del estado, o cualquier otra feria: del pozol, el dulce, el cacao, el chocolate, la panetela, el queso, la piña, la barbacoa, el comal, el ceviche, el pejelagarto,… Y con ello, se ha eliminado la posibilidad de tener acceso a expresiones artísticas nacionales e internacionales de alto nivel, por un lado, y a la participación de artistas locales reconocidos, por otro, pues se está cayendo en el abuso de la auto-programación por parte de los burócratas culturales hoy vigentes.
Desde mi perspectiva, el problema serio y aun grave es que los encargados de los gobiernos de Morena por todo el país (en sus variantes de Primor, Panmor o aun Prianmor), y ya lo he dicho desde el sexenio pasado, mezclan o confunden arte con cultura: “Beatriz, Elena, Andrés Manuel, el arte también es cultura” (SDPnoticias, 16-10-22). Tendría que hacerse un ejercicio de conocimiento, comprensión y distinción para así ejecutar de manera correcta y sin tanta polémica y queja de los artistas, los programas y, sobre todo, los presupuestos. Pero esta columna no trata de esa polémica.
El tema de esta columna es, como anuncia el título, la crítica al fenómeno creciente en México del uso de orquestas filarmónicas y sinfónicas como acompañamiento de grupos e intérpretes famosos, “populares” y/o comerciales. Porque hay en ello algo inútil y un desperdicio del todo para la mayoría de público que atiende a esos eventos; y claro, una pérdida también para el erario.
Tras las imágenes sonrientes de la secretaria de Cultura federal y el gobernador, algo llamó mi atención que, como en otras ocasiones, estimuló a apresurarme con este tema. Algo que había ya visto en otros casos pero que no me lo esperaba en Tabasco: “Chico Che Sinfónico”. Guao. Y es que lo clásico tiene tanto prestigio, que todos quieren ser sinfónicos o filarmónicos.
Un espectáculo protagonizado por los éxitos del famoso cantante e interpretados por un familiar, un “Chico Che Chico” anunciado como su hijo. Aunque hubo hace tiempo otro hijo (o supuesto hijo del ídolo de López Obrador, la mayoría de los tabasqueños y de mucha gente del sureste mexicano) llamado Chicho Che Jr., que también le entró a la cantada de la llamada “música tropical” (aunque el Chico original fue roquero chilango en el ex DF en sus inicios, antes de ser tabasqueño famoso). Pero también ese es otro tema que no corresponde a la presente columna sino a una que todavía no he escrito sobre los hijos y nietos de cantantes famosos que han querido seguir sus pasos utilizando la herencia, el apellido y la imitación vocal y gestual: los Infante, Negrete, Aguilar, Fernández y demás; ¿qué tal lo han hecho? Y en ese punto, me quedé pensando: y si de pronto sale un nieto tropicalero, ¿cómo le llamarían al más chiquillo de los Chico?
Pero entrando al asunto, decía que emplear los recursos de una orquesta sinfónica o filarmónica pública como acompañamiento de la música comercial es una inutilidad y un desperdicio porque no le aporta nada a esa música más allá del arreglo de una introducción a la melodía de alguna canción famosa, alguna transición o puente instrumental en un medley, o una versión instrumental de cualquier pieza. Porque, ¿cómo superar con la sección de cuerdas de una orquesta clásica (su característica mayor, más evidente y más rica) las estridencias de una banda de rock, los metales de un mariachi que trae sus propias cuerdas, las tubas de una banda de corridos? Aunque se ponga micro o sonorice la orquesta: imposible.
Por otro lado, si a una pieza determinada se le hace el arreglo introductorio “clásico”, “raro”, rebuscado, la gente de todas maneras no grita ni aplaude sino hasta que entra el grupo con la melodía reconocible. Y a partir de ahí, el sonido de la orquesta se desvanece, se pierde, no ofrece nada por más sonorizada que esté. Trátese de Celso Piña (quien tiene buenas cumbias), la Sonora Santanera, Los Ángeles Azules, Los Tigres del Norte o El Tri (o sea, Three Souls in my Mind, o como decir, La Cotorra Ronca Prianista y Guadalupana). Esta incompatibilidad de naturalezas sonoras convierte, más allá del ego, en inútil la experiencia; y también la convierte en un desperdicio.
Desperdicio porque si se trata de orquestas sostenidas con recursos públicos, estas tienen que atender al repertorio de su naturaleza histórica, estética y aun acústica. No deben malgastarse como relleno de grupos y bandas que no las necesitan. Si los gobiernos contratan y pagan grupos para un evento o festival, es mejor hacer dos espectáculos, el de las bandas y el de la orquesta, cada una en su repertorio. Así el público tiene acceso a dos posibilidades distintas. Esto es mejor que solazarse en la demagogia de querer acercar al pueblo a la experiencia de una orquesta sinfónica: ¡programen conciertos masivos con orquestas!, claro, dándole el valor que tiene, no usándola como relleno.
Que, por ejemplo, Celso Piña toque con su grupo (bueno, ya falleció) y la Orquesta de Baja California ofrezca un concierto de música clásica en su propio espacio, es lo más natural. Lo mismo que la Orquesta Sinfónica de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, que le ha dado por acompañar a Los Ángeles Azules, a la Santanera, Los Tigres del Norte… (¿se renta esta orquesta?, si es así, tal vez sea parte de los ingresos de la BUAP). O la Sinfónica de Minería, derrochando sus virtudes y cualidades al servicio inútil y desperdiciado de la Sonora Santanera; y así la Orquesta Sinfónica de la Universidad de las Artes de Yucatán. Asimismo, el Chico de Chico Che Sinfónico puede interpretar a su padre con un grupo tropical sonorizado y la orquesta que lo acompañó bien pudo haber ofrecido un repertorio clásico ya sea en Plaza de Armas o el Teatro del Estado Esperanza Iris. De esta manera, entre lo clásico y lo popular, quien gana es el público.
|El primer movimiento del concierto para banda y orquesta, Deep Purple y RPhO|:
Antecedentes y experiencia en México
Aunque hay antecedentes durante el siglo XX del fenómeno de orquestas clásicas acompañando grupos, la primera experiencia importante fue la de Deep Purple, la banda inglesa con la Filarmónica Real (Royal Philharmonic) en el Royal Albert Hall. Pero se trató de una propuesta realmente sinfónica, se creó un concepto alrededor de una sinfonía clásica en tres movimientos (1. Moderato – Allegro; 2. Andante; 3. Vivace – Presto). Partitura compuesta por Jon Lord, el tecladista del grupo, estrenada y grabada en septiembre de 1969. No obstante la seriedad del experimento, lo que prevalece en realidad es la banda, su música, sus canciones, su onda, como se puede comprobar en la versión completa en youtube.
Con el tiempo, ese experimento ha derivado y se ha centrado mayormente en el uso de la orquesta como mero acompañamiento, incluso como relleno en términos acústicos y escenográficos; como para alimentar el ego de los acompañados: ya no hay construcción musical seria, sólo acompañamiento (excepto, ya lo dijimos, en pequeñas intros y puentes). Así sucedió con las propias versiones posteriores de Deep Purple. Luego vinieron The Beatles, cuyas canciones en estilo sinfónico han generado mucho dinero.
|A México llegó con éxito The Beatles sinfónico a mediados de los 90 del s. XX; en este caso, no es el grupo tocando sino sus piezas orquestadas, es decir, no se intercala el grupo de rock y la sinfónica, no chocan; aquí un ejemplo con “Yellow Submarine”|:
Y en México, también con antecedentes, la primera mala copia vino de El Tri, 30 años después de Deep, en 1999. Experiencia que sólo alimenta a los fanáticos radicales del guadalupano ronco que hace comerciales de promoción para el PAN (o Prian): todo un rebelde del rock. Una vez que entra la banda y los ronquidos del “líder”, la orquesta desaparece; su video del Auditorio Nacional es la muestra.
También se puede ejemplificar claramente este fenómeno con dos interpretaciones de “Cumbia poder”, una muy buena pieza de Celso Piña. Si se ve/escucha primero su versión con la Orquesta de Baja California y después la del Auditorio Nacional, en ambas es notorio cómo su grupo La Ronda Bogotá y su propio acordeón se imponen: no necesitan de orquesta; de hecho, suenan mejor sin ella (abajo los dos videos).
Mejor expresión musical ha sido la de Freddie Mercury, que sin utilizar una sinfónica o filarmónica, sólo su piano y su banda Queen, creó su propia micro-ópera, Bohemian Rhapsody. Y en México, el mariachi no suena tan mal, debido a que trae sus propias cuerdas y al estilo “clasicón” que le incorporaron Rubén Fuentes y el Mariachi Vargas de Tecalitlán. Lo que choca ahí es la pretensión y el presupuesto, si es público; y si se quiere la experiencia de un mariachi sinfónico, escúchese Sones de Mariachi, de Blas Galindo.
Al final, una importante nota final aclaratoria: la crítica hecha aquí no es purismo musical ni estético, no: si la orquesta de relleno que acompaña es privada en vez de pública, entonces la banda o el grupo que la contrate puede hacer lo que le dé la gana. Igualmente ese experimento es inútil y un desperdicio, pero no se paga con el erario. Esto lo debieran de tener claro quienes programan los festivales públicos de México, y en particular, quienes establecen las directrices, la presidenta Sheinbaum y la secretaria Curiel, que impulsan por estos días los Festivales por la Paz.
El experimento auditivo:
|Celso Piña y su “Cumbia poder”, con la Orquesta Filarmónica de Baja California|:
|Celso Piña y “Cumbia poder”, en el Auditorio Nacional, sin orquesta|:

Héctor Palacio en X: @NietzscheAristo




