Creo que fue Jatziri Magallanes, de MVS Noticias, quien hizo una pregunta particularmente relevante a la presidenta Claudia Sheinbaum en la conferencia de prensa mañanera del pasado miércoles: “Hace unos días se publicó una columna donde se da a conocer que en una reunión que tuvo usted con empresarios, ellos le manifestaban su preocupación por la posible llegada de Lenia Batres como presidenta de la Corte. ¿Esto fue real?“.
La presidenta respondió con toda sinceridad: “Hay empresarios que plantean una u otra persona, no necesariamente Lenia Batres, pero, bueno, ese es un asunto de la Corte; y ahí tiene que definirse, porque hay una contradicción en la propia Constitución, por como quedó redactada, de quién representa, quién va a representar la presidencia de la Corte. Entonces, tiene que resolverse ese tema. Pero mi respeto y reconocimiento a todos los ministros y ministras de la Corte”.
México ha cambiado en las últimas décadas, pero sigue teniendo a los mismos empresarios poderosos que todo lo quieren pactar allá arriba, antes en Los Pinos, ahora en Palacio Nacional. Qué bueno que ya no se les haga caso y se les exhiba.
Es bastante subdesarrollado pedir a la presidenta de México que una persona en particular no encabece la SCJN. Esto de ninguna manera es correcto. No es la ventanilla adecuada ni debería serlo. Existe una antinomia en la Constitución, sí. Según la interpretación que se le dé a dos artículos que se refutan entre ellos, Lenia Batres podría ser o no presidenta del Poder Judicial en 2027. Ya lo decidirá el Poder Legislativo con una reforma, o inclusive la misma Suprema Corte de Justicia de la Nación con un acuerdo entre ministros y ministras.
Ha hecho un gran trabajo Hugo Aguilar Ortiz, el primer presidente indígena de la Suprema Corte. Tan buena ha sido su actuación que, si dejara la SCJN para ir a un cargo político —o bastante más político que jurídico, para decirlo con precisión—, sería un formidable aspirante a la presidencia de México en 2030. Presenciaríamos un nuevo episodio histórico atribuido a la 4T.
El primer episodio histórico fue la llegada al poder de un presidente de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, de forma pacífica, por medio de las urnas, con una votación enorme después de haber soportado muchos años de dura persecución por parte de grupos de poder conservadores: dirigentes del PRI y del PAN, empresarios y grandes medios. Además de persecuciones, AMLO sufrió fraudes electorales desde muy joven. El más descarado y terrible, que tanto dañó a México, fue el de 2006, al que debemos la estúpida guerra contra el narco de Felipe Calderón que sigue ensangrentando al país.
El segundo episodio histórico atribuible a la 4T fue la llegada de la primera mujer a la presidencia de México, Claudia Sheinbaum, quien por cierto ha hechizado a buena parte de la opinión pública global. Esto no deja de ser curioso: mientras a la presidenta más se le respeta y admira fuera de México entre la gente dedicada al periodismo, más se le ataca internamente en nuestros medios de comunicación. Sobre todo la agreden bastante, con dosis elevadas de mentiras, periodistas de radio y televisión que llevan años —¡desde el pasado milenio!, ¡más de tres décadas!— siendo los mismos rostros en las pantallas, con las mismas ideas periodísticas, los mismos estilos arrogantes de opinar frente al micrófono y los mismos vicios para convertir hechos falsos en supuestas verdades que defienden como si les fuera el honor en ello.
Es increíble que en un país que ha cambiado tanto sigamos teniendo los mismos medios y los mismos periodistas —¡y los mismos empresarios!— del siglo pasado.
Un tercer acontecimiento histórico sería la llegada a la presidencia de un indígena en la época actual. En el momento más estelar de la historia de México, nuestro país fue gobernado por Benito Juárez, por lo que pienso que para llevar a la 4T a sus últimas consecuencias positivas hace falta otro mandatario con su mismo origen. En un país tan dado a la discriminación eso sería bellísimo, como ya fue muy hermoso el espectáculo político de una mujer recibiendo la banda presidencial, y también resultó maravilloso ver a un luchador social de izquierda tan golpeado durante décadas ganar las elecciones presidenciales.
Personalmente, me encantaría que Hugo Aguilar siguiera al frente de la SCJN. No sé si las leyes aplicables le permitan extender su periodo más allá de los dos años iniciales. Desde luego, no sería reelección si votaran ministros y ministras, ya que estas personas no le dieron el cargo: se lo ganó al ser quien más votos obtuvo en la elección popular para renovar al Poder Judicial. Si no se puede, dejará la presidencia de la Corte el próximo año.
¿Sería tan malo que Lenia Batres presidiera la Corte, en la que las decisiones se toman por mayoría de ministros y ministras? ¿A qué le temen los empresarios? ¿Asusta que Lenia sea tan decididamente ideóloga, por así calificarla, de los movimientos de izquierda? ¿Se le considera demasiado bronca, excesivamente rebelde? ¿Les espanta la posibilidad de que, si piden cita para arreglar asuntos, Batres no reciba a ningún hombre de negocios por poderoso que sea? ¿Molestan las formas de la ministra, a veces ásperas?
No voy a hablar de las capacidades jurídicas de Lenia Batres. Si está en la Corte es por algo. Solo diré que si se respeta el espíritu de la reforma al Poder Judicial, la ministra Batres tendría que presidir el alto tribunal. Si no fuera posible porque no se corrigió a tiempo una falla constitucional —la que ha generado una contradicción en la llamada Carta Magna—, entonces que los ministros y las ministras decidan.
Hay alegría en algunas personas porque se piensa que Lenia no es popular en la Corte y perdería una votación interna. Pocas cosas más insanas que ponerse feliz por la desgracia ajena. Otras voces dicen, sobre todo en privado, que la presidenta Sheinbaum batallaría para controlar los exabruptos de Lenia Batres al frente de la SCJN. Esta es una tontería. Para empezar, Sheinbaum no tiene que controlar a nadie de un poder distinto al Ejecutivo. Y, por lo demás, le sobran argumentos y habilidad políticas para negociar con cualquier persona, más aún con alguien que, como Lenia, ha estado en las luchas de izquierda y con quien, a pesar de las enormes diferencias de personalidad, comparte principios.
Si la SCJN decidiera, quizá Lenia no ganaría una votación, pero creo que no sería lo más conveniente: habría una fuerte división en la 4T. Si me pidieran elegir, reitero, sería partidario de la continuidad de Hugo Aguilar, quien me parece que generaría un consenso en torno a su perfil ciento por ciento de serio jurista de izquierda; es decir, alguien que minimizaría la división. Si se me insistiera en una recomendación para el pleno a la hora de elegir, mi sugerencia sería que votaran pensando en el espíritu de la reforma judicial y no en las pataletas empresariales, lo que creo que tendría que dar a Batres la presidencia del máximo tribunal. Nos guste o no.



