“El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.”
San Bernardo de Claraval
“El Estado no es una entidad moral: es una relación de poder.”
Max Weber
Hay preguntas que uno nunca pensó tendría que hacerse. Por ejemplo: ¿le hago caso a una instrucción pendeja del gobierno o no? Y, peor aún: ¿qué hago para no salir perjudicada haga lo que haga?
Bienvenidos al dilema nacional del Padrón de Usuarios de Telefonía Móvil. Ese experimento burocrático que, en nombre de la seguridad, decidió que la mejor forma de combatir el delito… era hacernos sospechosos a todos a partir de enero de este año.
Porque el razonamiento de este gobierno es brillante en su torpeza: como los delincuentes usan celulares para extorsionar, la solución no es impedir que los puedan ingresar y tener en la cárcel, ni vigilar redes criminales, ni investigar. No. La solución es registrar el celular de la tía de usted, de su hijo, de usted mismo y el mío, poner nuestros datos en una base monumental de información y cruzar los dedos.
¿Resultado? En menos de una semana, el padrón ya creó nuevos delitos, nuevos mercados negros y nuevas víctimas potenciales. Hoy ya se venden en redes sociales chips (sim cards) registrados y “validados”. No importa a nombre de quién estén. Importa justo lo contrario: que no estén a nombre del delincuente.
El PTM no elimina la anonimidad criminal. La traslada. Y de paso, la convierte en un arma contra ciudadanos inocentes.
Antes, si alguien extorsionaba desde un número desconocido, había una investigación cuesta arriba. Ahora, podrá extorsionar desde un número con nombre y apellido… ¡el de usted!
Buena suerte probando que ese teléfono registrado a su nombre no es suyo, mientras intenta explicar en el Ministerio Público que jamás llamó a nadie para amenazarlo.
Pero no se preocupe: todo esto ocurre en un país famoso por su excelente protección de datos personales, ¿verdad? Un país donde nunca se filtran bases de datos, donde Telcel jamás ha tenido leaks, donde las instituciones no pierden expedientes, donde los servidores públicos no venden información.
Y además, usted tranquilo, al fin que el IFT ya no existe como órgano autónomo. Sus funciones quedaron concentradas en una Comisión Reguladora de Telecomunicaciones que no tiene ni la fuerza, ni el equipo, ni la credibilidad para custodiar una base con los datos de millones de mexicanos. Pero confíe. Siempre confíe.
La ironía es deliciosa: Este padrón no garantiza que las líneas estén a nombre de quien las usa —ya hay líneas a nombre de personajes ficticios —y ni tanto—: Mickey Mouse, Madonna, Maluma, Mufasa, señor Moon. Así que la “solución” a la que arribó este gobierno no evita extorsiones vía WhatsApp o redes sociales. ¡NO sirve para teléfonos que operan solo con WiFi!… Pero sí sirve para crear un archivo masivo listo para ser hackeado. Y como toda idea mal pensada de la 4T, incentiva nuevos delitos: más robos de celulares, más secuestros exprés, más uso de líneas ajenas para despistar investigaciones.
En vez de facilitar el seguimiento criminal, meterá a personas inocentes en problemas legales.
¿Le suena conocido? ¡Claro! Es el mismo espíritu de la Constancia de Situación Fiscal: el Estado exigiendo un documento que él mismo emite, para resolver un problema que él mismo creó… Así va a terminar el PTM. Pero no antes de sembrar miedo, confusión y riesgos reales.
Entonces volvemos a la pregunta incómoda: ¿Registro mi celular o no?
Si lo registra, su información entra a una base vulnerable, comerciable y potencialmente hackeable. Si no lo registra, lo amenazan con bloquearle la línea.
Y mientras tanto, los delincuentes ya van varios pasos adelante, usando chips ajenos, identidades falsas y redes sociales que el padrón ni toca.
El Estado le pide colaboración, pero no ofrece protección. Le exige datos, pero no garantiza seguridad. Le promete menos delito, pero produce más caos.
Así que ya sabe: si quiere facilitar que su número sea usado para extorsiones, secuestros exprés o amenazas “personalizadas” —de esas que ya incluyen su nombre, su domicilio y el modelo de su teléfono—, el registro es una excelente forma de ayudar.
Y si no quiere… prepárese para descubrir que, en este país, obedecer tampoco lo salva. Porque cuando el gobierno no puede contra el crimen, siempre encuentra algo más fácil: controlar al ciudadano que sí cumple.
Entonces volvamos a la pregunta incómoda: ¿Registro mi celular o no? Y aquí va la respuesta que al gobierno no le gusta escuchar: NO lo registre.
No por rebeldía adolescente. No por conspiranoia. Por cálculo político y sentido común. Porque este padrón solo funciona si millones obedecen. Y fracasa —estrepitosamente— si millones no lo hacen.
¿De verdad alguien cree que el gobierno puede bloquear decenas de millones de líneas de golpe sin provocar un colapso económico inmediato? ¿Sin paralizar operaciones bancarias, logística, comercio, transporte, hospitales, plataformas, call centers, servicios de emergencia, escuelas, empresas y oficinas públicas?
Imagínelo un segundo: México despertando con media población sin celular. Sin pagos, sin verificaciones, sin entregas, sin coordinación, sin trabajo remoto, sin ventas. Un país desconectado por decreto.
¿Se acuerdan cuando no hubo gasolina? El caos. El desmadre. La presión brutal.
Ahora multiplíquelo. Porque sin teléfono no hay vida cotidiana. No hay economía. No hay operaciones diarias. No hay un país funcionando.
Y entonces vendrán las protestas. Primero los operadores. Luego las empresas —de telefonía y todas las otras—. Después los bancos. Las plataformas. Los inversionistas. Y sí, los gringos, que no suelen tomarse bien que un gobierno externo juegue a la ruleta rusa con las telecomunicaciones.
Ahí es donde el padrón se vuelve políticamente insostenible. No por conciencia democrática. No por respeto a la privacidad. Sino porque bloquear a millones sería un suicidio operativo.
Por eso, la recomendación para usted es simple, brutal y efectiva: no registre.
Porque cuando nadie obedece una mala instrucción, el gobierno tiene que echarse para atrás. Rápido. En silencio. Humillado. Como ya ha pasado antes.
Registrar su celular no mejora la seguridad. Pero no registrarlo, de manera masiva, sí puede frenar esta estupidez.
A veces la única defensa que le queda al ciudadano no es cumplir… sino no prestarse al desastre.






