Hace algún tiempo me convencí de algo: frente al cambio climático no basta con producir energía limpia. También tenemos que aprender a desperdiciar menos la energía que ya tenemos.

El 6 de agosto, en la mañanera, un comité de 54 científicos presentó a la presidenta Sheinbaum sus primeros hallazgos sobre el gas natural no convencional. Entre las preguntas, mi colega Liz Vilchis, de SDPnoticias, quiso saber cómo piensa el gobierno proteger los acuíferos de agua dulce si esta opción avanza. Creo que fue de las pocas preguntas genuinamente técnicas de esa mañanera, y no me sorprende: la energía es un tema en el que convergen tantas cosas que es difícil hacer la pregunta correcta.

A mí, en lo personal, me ayuda ponerlo en números simples. Hoy, de cada cuatro partes de gas que México usa, tres vienen de Estados Unidos. Esa dependencia no es fortuita: durante las últimas décadas, el Estado fue dejando de invertir en su propia infraestructura energética. Pemex redujo la exploración y la CFE fue perdiendo terreno frente a los privados. La salida fue comprar afuera lo que dejamos de producir adentro. Recuperar esa capacidad es, literalmente, parte de lo que hoy entendemos por soberanía energética: no depender de que otro país tenga un buen día.

Y cuando no lo tiene, se paga caro.

En febrero de 2021, una helada en Texas congeló los ductos que surten gas a México, y la CFE tuvo que salir a comprar combustible de emergencia a precios disparados y disparatados. El costo extraordinario para el país fue de decenas de miles de millones de pesos. En el norte del país, miles de fábricas se quedaron sin gas y sin luz durante días, con pérdidas millonarias para la industria. Depender de un solo proveedor no es un riesgo abstracto: es una factura que en algún momento paga alguien —la CFE, la industria o, al final, todos—.

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El propio comité científico dejó clara esta urgencia con sus diez recomendaciones. Pero de esa lista, una de las que menos ruido hizo fue precisamente la que no requiere abrir un pozo ni esperar a que otro país tenga un mal invierno: mejorar la eficiencia energética.

De ahí en adelante, la conversación se concentró en una sola pregunta: fracking sí o fracking no. Es una pregunta legítima. Pero el comité había colocado antes que el gas no convencional otra recomendación: encontrar formas de hacer lo mismo usando menos energía. Según sus cálculos, esto podría representar un ahorro de hasta 500 millones de pies cúbicos diarios de gas, sin abrir un solo pozo.

Vale la pena pensar un poco en por qué hablamos tan poco de esto.

Una central eléctrica nueva se puede inaugurar. Un pozo se puede convertir en símbolo de soberanía. La eficiencia energética, en cambio, no tiene ceremonia: consiste en que algo deje de desperdiciarse. Una fábrica que produce lo mismo con menos electricidad. Un edificio público que necesita menos energía para funcionar. Un refrigerador que consume menos luz durante años. Son cambios que difícilmente ocuparán la primera plana, pero que pueden tener un impacto enorme.

Además, durante mucho tiempo hemos hablado de eficiencia como si significara simplemente consumir menos. Apagar la luz, gastar menos, apretarse el cinturón. Y así, una idea que podría ser una política de desarrollo terminó asociándose con el sacrificio.

Pero no se trata de pedirle a la gente que viva con menos. Se trata de conseguir que lo que ya tenemos rinda más.

Ahí es donde aparece el papel del Estado. Actualizar las normas para que los aparatos consuman menos. Construir edificios públicos que gasten menos energía. Mejorar los sistemas de transporte. Ayudar a que las empresas produzcan más con el mismo consumo. Mantener esas políticas aunque cambie la administración.

El Programa Sectorial de Energía plantea una meta importante: reducir cada año la cantidad de energía que México necesita para producir lo mismo. En términos sencillos, que podamos crecer sin tener que aumentar en la misma proporción nuestro consumo de energía.

Y aquí hay una pregunta que me parece más interesante que la de si México debe perforar o no: ¿cuánta energía podemos dejar de necesitar?

No es una pregunta menor. Cada unidad de energía que no desperdiciamos es una unidad que no tenemos que producir, transportar o importar. Y eso también tiene que ver con el cambio climático.

Quizá por eso la eficiencia energética merece ocupar un lugar mucho más importante en nuestra conversación pública. No es austeridad. No es pedirle a la gente que se sacrifique. Es utilizar mejor lo que ya tenemos.

La soberanía energética no consiste únicamente en producir más energía. También consiste en necesitar menos para hacer lo mismo.