Hace unos días, un cantante de género urbano lanzó una canción llamada “Rosita” que básicamente, relata aquello de lo que un hombre es capaz en nombre del amor. En esa lista de hazañas, algunas burdas y otras vulgares, por decir lo menos, una estrofa dice: “La vo’a romper y la vo’a arreglar Esto es política pa’ yo robarte Yo me voy y me caso contigo a lo Christian Nodal”.

Julieta Emilia Cazzuchelli escribió en Substack uno de los textos que mejor retrata el pacto patriarcal pero que ha sido detonante de una de las batallas narrativas sociales que se viven con mayor efusividad en lo cotidiano. No creo que se trate sobre artistas peleando sino sobre arquetipos que enfrentan las posturas sociales confrontadas entre ignorar el abandono paterno o asumirlo como un criterio legítimo para la exclusión social. Así como Bad Bunny plasmó una resistencia narrativa poderosa sobre ser latino, así Cazzu ha hecho de su dignidad toda una obra arquetípica sobre romper el silencio de la complicidad entre hombres

En la antigua Roma, la muerte civil, esa forma de borradura legal asociada a la capitis deminutio máxima, no arrebataba el aliento, pero sí el nombre. La sufrían quienes eran reducidos a la esclavitud, los prisioneros de guerra, los condenados por ciertos crímenes graves que implicaban la pérdida de ciudadanía, y también aquellos desterrados que, al cruzar la frontera, dejaban atrás no solo la tierra sino el estatuto jurídico que los hacía alguien ante los otros. No se les vaciaba la sangre como la típica muerte, sino la condición. Perdían reconocimiento y se convertían en fantasmas que nadie quería ver, oír y menos interactuar… socialmente, no tenían posibilidad o derecho de nada. Ni del nombre.

A partir de esa caída, quedaban suspendidos en una intemperie legal: ya no podían contraer matrimonio válido, heredar, ejercer la patria potestad ni comparecer como sujetos plenos ante la ley. Seguían respirando, pero fuera del tejido que concede pertenencia. Era una muerte sin cadáver, una expulsión del relato común.

Aquella exclusión convertía al sancionado en advertencia viviente, en figura negativa que señalaba el límite. No existir del todo era el castigo: ser arrancado de la existencia jurídica, quedar al margen de la conversación cívica. Roma entendía que la ciudadanía era una forma de respiración compartida y retirarla equivalía a asfixiar sin tocar el cuerpo. Y así, entre la multitud y el silencio, el condenado aprendía que la peor pena no siempre es la muerte, sino la desaparición simbólica, la exclusión.

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Aunque la condena de esta a quienes cometían ciertos crímenes no fuera arrancarle la vida, de facto se establecían prohibiciones que llevaban a esa persona a ser un paria, sin posibilidad de vincularse o tener una vida ordinaria. La exclusión social que aparejaba implicaba como un no existir, como el modelo a no seguir.

Pero lo que vivimos hoy se acerca a una vuelta histórica sobre cómo percibimos y qué es lo que condenamos. Por décadas, los matrimonios fueron una regla aún si dentro había violencia. Las mujeres que tenían hijos eran socialmente señaladas y excluidas.

Sobre ellas han pendido todo tipo de estereotipos: se les puso nombre y apellido, “madres solteras”; sus hijas e hijos en la escuela eran señalados por los padres de los otros, algunas escuelas ni siquiera admitían o tal vez siguen sin admitir, a hijos provenientes de familias separadas con madres a la cabeza.

El hecho es que Cazzu expresó una oda a la dignidad, a la crítica de lo que ella denomina “peneamor” que es el pacto patriarcal y la respuesta colectiva la abraza. Su coraje y ferocidad se aleja del típico victimismo, que ha sido otro de los rasgos que el patriarcado coloca a las mujeres como requisito para la validación sistémica. Las mujeres son víctimas por definición, según el sistema patriarcal, porque necesitan ser salvadas y entonces, las víctimas de un hombre son el objeto que otro debe salvar.

Pero Cazzu rompe toda lógica de lo que es ser una “víctima” y se aparta, inclusive, del ojo juzgador sobre el modelo perfecto de víctima que puede colocarse en ella para dirigir todo el enfoque sobre Cristian Nodal, pero no como un enamorado que deja a una mujer despechada sino como un irresponsable que daña a su propia hija mediante la ausencia y la presión legal y que encima, intenta convertirse en un ícono sobre lo que el amor representa, según Rauw Alejandro y otro puñado de autores que ni siquiera vale la pena mencionar.

Hicieron una canción vanagloriando el abandono como una forma de expresar interés y amor, dando esa corona de cabrón-chingón al que, teniendo una relación con embarazo de por medio, otras relaciones paralelas y todo tipo de hazañas mentirosas, inicia inmediatamente con otra, que casarse así y dejarlo todo es “amor” y no la bajeza que en realidad es y que a todas “las puede romper y las puede arreglar”. Hicieron un mensaje inconsciente, a su vez, para que otras mujeres puedan sentirse objeto de deseo y crean que si un hombre es capaz de dejar a su pareja que recién ha parido, significa que las ama.

Pero lo que mejor hicieron, además de exhibirse, fue sembrar una fenómeno cultural que va ilustrando cómo es que socialmente algo está cambiando. Otros artistas los han dejado de seguir, varias mujeres, principalmente, los han bloqueado en sus cuentas de Spotify y todo el desprecio que recibe el sonorense va dejando las pistas de una señal: la condena social ha cambiado, ahora es contra ellos y realmente, la peor consecuencia no está en los tribunales, sino en lo cotidiano. En carreras que no despegan, en muertes civiles no impuestas, autoconstruidas. En varias conciencias despertando y dándose cuenta que las madres criando de forma autónoma no eran las que debían cargar con la vergüenza, sino los tremendos cínicos que hicieron eso junto con los otros que les aplaudieron, justificaron, promovieron y hasta glorificaron.

Porque si algo revela este episodio es que el peneamor no opera en solitario. No es solo el hombre que abandona, miente o romantiza su propia deslealtad, es la red de hombres que ríen, producen, corean, distribuyen y monetizan ese relato sin fisuras éticas. Es la complicidad masculina como sistema de protección mutua, el silencio del amigo, la validación del colega, la industria que premia el escándalo siempre y cuando no cuestione la estructura que lo sostiene.

La complicidad masculina no siempre grita, a veces susurra y a veces se instala en el colectivo mediante canciones. Se manifiesta cuando otro artista decide no pronunciarse, cuando un productor prefiere el hit al límite, cuando la narrativa pública se centra en la “polémica” y no en el mensaje. Esa complicidad es la que convierte el abandono en estética, la irresponsabilidad en carácter y la violencia simbólica en estrategia de marketing. Es también la que permite que el arquetipo del hombre que “rompe y arregla” siga circulando como fantasía aspiracional. Pero hoy lo señalamos. Cazzu titubeó en pronunciarse y mostrar que su pedagogía antropológica alcanza el nivel de académicas enormes como Rita Segato. Cazzu hace música pero vive ejemplificando y señalando como ideóloga del feminismo vigente, que ni siquiera necesita academia para trasladar el mensaje. Ese es el poderoso acto que, como Bad Bunny, salta del espectáculo a la dinámica política-social.

Algo se fractura cuando esa narrativa machista ya no encuentra la misma indulgencia. Cuando la audiencia femenina que históricamente ha sido tratada como consumidor pasivo del deseo masculino o adorno de cantantes de urbano, responde con criterio, con memoria y con dignidad, algo cambia. Cuando la conversación pública deja de preguntarse si la mujer está dolida y empieza a cuestionar por qué el abandono sigue siendo coreable. Ese desplazamiento es político. Es cultural y es profundamente incómodo para quienes estaban habituados a la impunidad emocional.

El efecto Cazzu no es la defensa de una artista frente a un cantante. Es el cambio de eje: la vergüenza ya no se deposita automáticamente sobre la mujer que cría, sino sobre el hombre que evade. Sobre todo, sobre el coro masculino que lo respalda pues el pacto patriarcal no se rompe solo con la denuncia de quién lo padece, sino con la erosión de la complicidad que lo sostiene.

Tal vez por eso la reacción ha sido tan visceral. No porque una mujer haya hablado, sino porque habló sin pedir rescate, sin suplicar reconocimiento y sin aceptar el guion de la víctima redimida por otro varón. Los exhibió y luego ellos se exhibieron solos sugiriendo que todo esto se trata de indignación por una interpretación personal, como si la culpa fuera de lo que hay en la cabeza de quienes se molestan por la mención. Cazzu habló señalando el mecanismo completo. Y cuando se nombra el mecanismo, el mito pierde encanto. Quisiera decir que por algo es “La Jefa” pero este texto no es sobre fandom, es sobre mirar que después de años de humillación a las madres, por fin el acento se va colocando en la calidad de persona que son los padres, especialmente en aquellos que abandonan y contribuyen a una problemática social que impacta en carga presupuestal, sistema de cuidados, violencia y toda una cadena de consecuencias.

Si el peneamor era la ficción que justificaba cualquier traición bajo el pretexto de la pasión, hoy comienza a exhibirse como lo que siempre fue: una coartada cobarde que se va haciendo minoría y pierde adeptos, so pena de muerte civil extendida a los que se mantengan en aquel pacto… como la vergonzosa Pati Chapoy.