El futbol nunca fue solo futbol. Fue siempre una excusa. La coartada perfecta para que ocurra lo que de otro modo no tendría por qué ocurrir y para que surja todo lo que no tiene lenguaje para ser nombrado. Que dos presidentes en tensiones geopolíticas compartan un palco. Que una presidenta que renunció a los trece partidos de su país cruce la frontera por la clausura que se juega en el vecino. Que en un estadio de Nueva Jersey, en el país que quiere que hablemos inglés, la final se dispute en español.

Claudia Sheinbaum ha sorprendido a todos. Rechazó la fiesta en casa —los precios de la FIFA, dijo, no eran para la gente— y sin embargo aceptó la invitación de Donald Trump a vivir la final en Estados Unidos. Quienes vean contradicción no entienden que es fina diplomacia de alto nivel en el momento urgente para eso. La cancha como mesa de negociación, los noventa minutos como pretexto para lo que de verdad importa, que es todo lo demás. El tratado comercial pende de un hilo, la migración quema, los asuntos de seguridad amenazan. Y sin embargo la foto será de tres jefes de Estado celebrando un torneo. Ahí está el poder del futbol: convierte una tregua en una postal.

Ha sido uno de los Mundiales más emocionantes e intensos que hemos vivido. De esos que se recuerdan por las jugadas de todos los que patean alrededor.

Claudia Sheinbaum llega a Nueva York. La abrazan, le llevan flores, las niñas se fotografían con ella y al canto de “presidenta” las mujeres mayores se emocionan. Quieren tocarla, lloran. Le gritan que es una chingona, le dicen we love you.

Al final, el futbol se trata de eso. Trata de emociones que se desbordan, acuerdos que trascienden el campo. Trata de historias profundas de chicos que nacieron en familias migrantes, de los esfuerzos desvelados de aquellas madres que les pidieron estudiar en vez de jugar y de rebeldía en los que desobedecieron y se convirtieron en goleadores mundialistas. Trata de las pieles de colores como última resistencia a los antimigrantes, trata de la enorme paradoja de que los dos equipos que se disputan la copa hablen español jugando en el país que solo quiere que hablemos inglés. Trata del poder de lo no dicho, de la dicha de lo dicho y de lo que jamás vamos a poder decir. Trata de lo indescifrable.

A veces el marcador se olvida pero no olvidamos que no era penal. Lo que queda es la forma en que sentimos e hicimos sentir a los que vinieron a México, quién se sentó junto a quién, qué idioma se cantó en las gradas, qué manos se estrecharon cuando nadie esperaba que se estrecharan. Queda también la foto que más tarde tendremos. La primera mujer presidenta, la cabeza del mejor anfitrión mundialista, digna y entera rodeada de lobos. El futbol dura noventa minutos. Lo que se juega en las tribunas dura mucho más.