Hace algunos años, durante una Navidad familiar, contratamos a un actor para interpretar a Santa Claus. Mi hija Paola, tenía entonces apenas dos años. Los adultos procurábamos construir el ambiente adecuado para la llegada del personaje, pero quien más contribuía a aquella atmósfera era su hermano Juan Iván de entonces catorce años. Con la seriedad y entusiasmo que solo poseen los adolescentes cuando deciden participar plenamente en la ilusión de los más pequeños, se convirtió en el principal narrador de los acontecimientos. Aseguraba haber escuchado campanas a la distancia, describía ruidos sospechosos en el exterior, anunciaba señales inequívocas de la proximidad del trineo y mantenía a todos los niños atentos a cada novedad.
El segundo de mis hijos, Emilio, seguía cada comentario con absoluta concentración. Paola observaba todo con una mezcla de ilusión, esperanza y cautela propia de los niños pequeños.
Pasaron cinco minutos. Luego diez.
Para un adulto, diez minutos son apenas un intervalo. Para una niña de dos años pueden ser una eternidad. En ese espacio de tiempo, y después de escuchar tantas señales sin ver aparecer a Santa, ella se volvió hacia su hermano Emilio y, en una mezcla de decepción y prudencia infantil, pronunció una frase que provocó la risa de todos los presentes:
—No va a pasal nala.
La conclusión era perfectamente lógica. Le habíamos anunciado un acontecimiento extraordinario, pasaba el tiempo y el acontecimiento no ocurría; por tanto, probablemente no ocurriría.
Y fue precisamente en ese momento, cuando apareció el esperado personaje. La incredulidad se convirtió en lágrimas de emoción. No lloró porque Santa hubiera llegado. Lloró porque había dejado de creer que llegaría.
He recordado muchas veces aquella escena al observar la vida pública mexicana.
Desde hace años escuchamos anuncios sobre cambios inminentes. Se habla de transformaciones económicas, de crisis institucionales, de reacomodos geopolíticos, de presiones provenientes de Estados Unidos, de la lucha contra el crimen organizado, de cambios tecnológicos que modificarán el empleo y de tensiones que alterarán profundamente el equilibrio político del país.
Las señales parecen multiplicarse. Los indicios parecen acumularse. Los análisis parecen apuntar en una misma dirección y, sin embargo, el cambio definitivo nunca parece llegar.
Entonces surge una reacción profundamente humana. Después de esperar demasiado tiempo, muchos concluyen:
—No va a pasar nada.
No es cobardía. No es falta de inteligencia. Es el cansancio natural que produce la espera prolongada.
La historia está llena de sociedades que se acostumbraron a convivir con problemas que parecían insostenibles. También está llena de personas que, después de anunciar durante años la llegada de una transformación, terminaron convencidas de que jamás ocurriría.
Pero la historia posee una ironía recurrente. Los grandes cambios rara vez llegan cuando la mayoría los espera. A menudo ocurren cuando quienes los anunciaban ya han comenzado a dudar de ellos.
Por eso aquella escena navideña me parece una metáfora tan precisa de nuestro tiempo.
En ella, aparecen tres personajes: está quien espera con ilusión. Está quien pierde la esperanza.
Y está quien mantiene viva la expectativa.
Mi pequeña representa la lógica del observador que juzga los hechos por su inmediatez: si nada ha ocurrido todavía, quizá nada ocurra.
Mi hijo adolescente representa al que insiste en observar señales, tendencias y posibilidades, aún cuando los demás comienzan a impacientarse.
Y mi hijo, el de en medio, representa a quienes observan atentamente, intentando comprender cuál de las dos posturas terminará teniendo razón.
La política y la historia suelen moverse precisamente entre esos tres estados de ánimo.
Hoy México enfrenta desafíos que van mucho más allá de una elección o de una administración. El deterioro demográfico, la transformación tecnológica, la presión sobre las cadenas productivas de Norteamérica, la redefinición de la seguridad hemisférica y la creciente exigencia de certidumbre jurídica forman parte de procesos que seguirán avanzando independientemente de nuestras preferencias políticas. Tarde o temprano producirán consecuencias.
La cuestión fundamental no es si habrá cambios. La cuestión es quién habrá dedicado los años previos a prepararse para ellos.
Porque las crisis no favorecen necesariamente a quienes las predicen. Favorecen a quienes construyen capacidades antes de que lleguen.
La duración de una espera no demuestra que un acontecimiento sea imposible. Solo demuestra que todavía no ha ocurrido.
Y por eso sigo recordando aquella frase de una niña de dos años, pronunciada con toda la lógica que permite la experiencia limitada de la infancia:
—No va a pasal nala.
Minutos después, la realidad decidió sorprenderla. La historia suele hacer exactamente lo mismo.




