23 de abril de 2024 | 20:57

No hemos salido del Covid y ya se asoma una guerra mundial

Si Rusia decide atacar Ucrania y tomar su capital, Kiev, constituiría la mayor ofensiva militar realizada en dicho continente desde la Segunda Guerra Mundial.
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“Well, life has a funny way of sneaking up on you

When you think everything's okay and everything's going right

And life has a funny way of helping you out

When you think everything's gone wrong

And everything blows up in your face

It's a traffic jam when you're already late

A "No smoking" sign on your cigarette break

It's like ten thousand spoons when all you need is a knife

It's meeting the man of my dreams

And then meeting his beautiful wife

And isn't it ironic?

Don't you think?

A little too ironic

And yeah, I really do think”.

Alanis Morissette

Todo parece indicar que se avecina una guerra en Europa; una que podría terminar involucrando a todo el orbe, así sea desde el punto de vista económico. Por lo pronto, si Rusia decide atacar Ucrania y tomar su capital, Kiev, ello constituiría la mayor ofensiva militar llevada a cabo en dicho continente desde la Segunda Guerra Mundial.

Pero, ¿por qué Rusia está tan ansiosa por demostrar su poder? Aquí va una explicación (si bien no la única).

Podemos decir que la Ucrania moderna es la sucesora de la Rus de Kiev (o el Principado de Kiev), esto es, la cuna de los estados de origen eslavo de Europa. Sí, la Rus de Kiev se formó a finales del siglo IX como una federación de tribus eslavas de Europa del Este y fue el lugar de nacimiento de lo que se conoce como Rusia y Bielorrusia.

Hoy, bajo Vladimir Putin, Rusia no se está desarrollando y creciendo económicamente como se esperaba -ciertamente no como Putin había prometido-. Y a eso se agrega el que, con la pandemia del Covid, todo indica —aunque se ocultan las verdaderas cifras; algo parecido a lo que ocurre en México— esta nación ha perdido más de un millón de habitantes, siendo que su población ronda los 140 millones. Escandaloso, por decir lo menos.

Durante la época del predecesor de Putin, Boris Yeltsin, existían grandes esperanzas de que Rusia elegiría el camino de la socialdemocracia con una economía de libre mercado. Mas esto no sucedió; hubo un retroceso institucional y también económico, y la vida de los ciudadanos promedio no mejoró. ¿Suena conocido?

Con el paso de los años, cada vez más personas extrañan la grandeza percibida de la antigua Unión Soviética, donde Moscú tenía un gran peso en la arena internacional. Esto es, se perdió mucho comparativamente hacia afuera, sin encontrar a cambio “los placeres” del capitalismo hacia adentro…

Rusia se convirtió en una zona gris, donde los oligarcas —de las fuerzas armadas principalmente— dirigían (dirigen a la fecha) la economía con una fuerte carga de participación estatal (no, no hablo de México, aunque hacía allá vamos precisamente), mismo a pesar de que el gasto militar en la economía en Rusia es ahora cada vez menor en comparación con las potencias occidentales, con China o con la India.

Así, devino en un Estado relativamente débil (por ejemplo, el PIB anual de Italia es aproximadamente 20 por ciento más alto que el de Rusia), con la excepción de dos elementos: su arsenal de armas nucleares —aunque se supone en gran parte obsoletas— y su capacidad de suministro de gas a toda Europa, aspectos que operan para Moscú como monedas de cambio para cualquier negociación en la región.

En el pasado, el gobierno ruso cerró el abastecimiento de gas para enfrentarse a Ucrania y/o para presionar al resto de Europa a su favor. Sin embargo, resulta que Europa necesita cada vez menos el gas ruso y se estima que dentro de una década la UE podrá librarse por completo de la producción de gas de Moscú gracias a fuentes de energías alternativas renovables y suministros que provienen de otras partes del orbe.

La incertidumbre para Rusia con respecto a la venta del gas que extrae es, entonces, lo que lo lleva a coquetear ahora con un enfrentamiento bélico de importantes proporciones.

A eso se agrega el que esta nación todavía piensa de Ucrania como su patio trasero (ello a pesar de que después del colapso de la URSS, como todos los demás estados de la Unión Soviética, Ucrania también obtuvo su independencia). Lo que ha llevado a Rusia a una situación bastante irónica pues, para que Rusia sea “grande” otra vez, como diría el ex presidente estadounidense Donald Trump (‘Make America Great Again’), necesita a Ucrania de su lado o anexada.

A este escenario se debe agregar otro elemento igualmente significativo: tras la disolución de la URSS, la OTAN prometió a Rusia que no se expandirá hacia el este. Sin embargo, desde 1997 varios países del antiguo Pacto de Varsovia (satélites de la Unión Soviética) se fueron uniendo a dicha Organización, lo que hizo que Moscú sintiera —no sin algo de razón, hay que decirlo— que había sido engañado y que Rusia estaba siendo cercada territorialmente hablando.

Hoy es evidente que Moscú quiere detener la futura entrada de Ucrania en la alianza del Atlántico Norte, después de que el gobierno pro-occidental mostrara interés en sumarse.

Para hacer el cóctel antes descrito incluso más explosivo, el anterior presidente ucraniano —pro moscovita— fue derrocado en un movimiento muy probablemente organizado por la CIA estadounidense, lo que le significó a Vladimir Putin perder un aliado muy importante en su tablero de ajedrez. Así, en estos momentos, el que el líder ruso tenga que mantener o aumentar su popularidad de alguna manera y recrear la antigua grandeza y poder de Rusia (URSS) choca diametralmente contra la realidad de “perder” a Ucrania a los enemigos.

En otra contribución examinaré cuáles son los intereses de Estados Unidos y de Europa en Ucrania (muchos de ellos igual de cuestionables que los antes descritos), pues todo cuenta para desenmarañar este gran juego de ajedrez que podría tener consecuencias gravísimas para el mundo, incluido México, si se juega de manera imprudente.

Verónica Malo en Twitter: @maloguzmanvero