“México debe recuperar el control de su territorio”.

Donald Trump, ante la Asamblea General de la ONU

Ayer escribí que el verdadero pegamento de Morena no es ideológico: es una red de protección entre partido, cacicazgos y poderes criminales. Donde el crimen organizado, el particular el narcotráfico, no Morena, es el que está a la cima de la cadena alimenticia. Pues bien, apenas unas horas después, Donald Trump le puso a ese arreglo una definición para consumo mundial: México es “el epicentro de la violencia de los cárteles” y debe recuperar el control de su territorio.

Importa la precisión. Trump agregó que mantiene una muy buena relación con el gobierno mexicano y que este tampoco quiere a los cárteles. No llamó narcotraficante a la presidenta; hizo algo más difícil de refutar: separó las intenciones del gobierno de sus resultados. Puede querer combatir al crimen y, al mismo tiempo, haber perdido territorio frente a él.

Antes que me reclamen, no digo que Trump se haya convertido de pronto en notario de la verdad. Miente demasiado para merecer semejante ascenso. Pero hasta un mentiroso acierta cuando describe lo que millones padecen: cobro de piso, carreteras vedadas, elecciones intimidadas, autoridades sometidas y comunidades en las que el permiso decisivo hace tiempo que ya no lo concede el Estado.

Claudia Sheinbaum acababa de atribuir la violencia en Sinaloa a la injerencia extranjera. Trump respondió desde la mayor tribuna multilateral recordándole el significado elemental de la soberanía: controlar el territorio. Auch.

En paralelo, para sorpresa de nadie, Estados Unidos y otros 14 países preparan sanciones y acciones contra 24 organizaciones criminales al amparo del Tratado de Río, del que México NO forma parte.

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Ausentes de la mesa; presentes en el diagnóstico.

Ahí continúa El pegamento de Morena. Dentro del país, la palabra soberanía sirve para no investigar las complicidades de casa. Fuera, ese silencio permite que otros definan el problema, organicen la respuesta y decidan el marco. Morena usa la bandera para cubrir sus expedientes y termina dejando a México sin voz —¡ni siquiera en la Asamblea de las Naciones Unidas!— para defender la bandera...

Voy a llamar a partir de ahora a ese mecanismo “el vórtice de Badiraguato”; no por sus habitantes, naturalmente, sino por lo que ese nombre simboliza en la historia política del narcotráfico mexicano y en el orbe. El crimen convierte control territorial en dinero, intimidación, candidaturas y votos; Morena es solo su brazo electoral. Transforma esos votos en cargos, rentas e impunidad. Cada vuelta ensancha la siguiente. Y la siguiente y la siguiente. El partido no somete al crimen ni el crimen simplemente infiltra al partido: ambos se alimentan de un circuito que debilita al Estado y convierte el dominio territorial en poder político. Los narcotraficantes se encuentran en el ápice del poderío.

Un territorio no se pierde únicamente cuando cambia la línea de una frontera. También se pierde cuando otro poder cobra impuestos, fija horarios, recluta jóvenes, veta candidatos y administra justicia. Por lo mismo, esta discusión jamás se trató de una ofensa extranjera, sino de una renuncia doméstica. Y, en ese sentido, es claro que ninguna mañanera nunca podrá recuperar con palabras el territorio que el Estado dejó de gobernar.

La presidenta no estuvo en la ONU. Sus diplomáticos sí. Escucharon a Trump y callaron. La diplomacia no obliga a gritar ni a protagonizar berrinches, faltaba más. Pero un gobierno que responde cada mañana a críticos, intelectuales, empresarios, jueces y tuiteros no puede descubrir las virtudes de la mesura únicamente cuando habla el poderoso estadounidense. Lo que es más —y peor—: por lo que hace a la SRE, el que calla otorga.

Las redes sociales condensaron el absurdo con crueldad. Garcimonero caricaturizó la escena así: Trump nos acusa de ser un narcoestado y nuestro representante responde que México es ejemplar porque los hombres ya pueden entrar al baño de mujeres... Roberto Velasco no dijo eso; el mensaje previo de la Cancillería defendía, legítimamente, los derechos de las personas LGBTIQ+. Pero la sátira funcionó porque exhibió una desconexión que sin duda hay; que se ve a leguas en México: Trump habló de control criminal del territorio y la SRE apareció contestando otra pregunta.

O sea que en este caso, el problema no es lo que la Cancillería defendió, sino lo que NO defendió. La inclusión merece una política exterior firme; también la merecen la integridad territorial, la seguridad nacional y la reputación de México. Al parecer, para algunas causas hay micrófono y para la acusación más grave pronunciada contra el país en la ONU, prudente contemplación…

La mañanera todavía domina buena parte de la conversación nacional; ya no controla la internacional. Tampoco puede silenciar un video que circula sin permiso presidencial ni borrar una frase pronunciada ante el mundo. La era de las redes resultó menos hermosa cuando la propaganda dejó de viajar sola.

No habrá mañanera que baste para acallar las palabras de Trump porque esas palabras encontraron demasiada realidad a su paso. Para desmentirlas no hace falta otra conferencia: hace falta recuperar el territorio, romper la cadena de protección y tocar la estructura criminal que sostiene electoralmente a Morena. Hasta entonces, la respuesta más elocuente de México seguirá siendo el silencio.