La influencer, Natalia Torres sostiene que el derecho a votar debe estar limitado a quienes pasen un examen de aptitudes y conocimientos. El sufragio universal, dice, es un error. En la izquierda han repetido hasta el cansancio la misma conclusión: Natalia es estúpida.

Odio tener que hacer una defensa de Natalia, pero Natalia no es estúpida. Natalia tiene olfato para la provocación, habilidad para el debate y argumentos bien armados que sabe defender en cualquier foro. Quienes la reducen a una deficiencia neuronal se equivocan de diagnóstico. No es tonta. Es otra cosa.

Empecemos por el perfil. Natalia vive en una contradicción gigantesca. Por un lado, tiene un nombramiento oficial, acreditado y permanente como vocera del PAN, entregado personalmente el 16 de octubre de 2025 por Jorge Romero. Por el otro, es empleada de Ricardo Salinas Pliego en su plataforma “En Voz”. Está, entonces, justo en el centro de las dos peores versiones del espectro mexicano: el vendepatrismo del PAN y el odio visceral del empresario que ha llamado “perras”, “putas”, “gordas” y “prostitutas” a cuanta mujer se le atraviese.

Ha perdido cualquier rasgo propio. Se mimetizó por completo con sus jefes. Por eso, más que rabia, a Natalia le tengo compasión. No es del todo su culpa. Esto huele a mala crianza y a un camino que la llevó a confundir éxito con resentimiento.

Yendo al fondo de su argumento, hay que ser claros. Está bien estructurado. Lo explica con claridad. Sabe responder y contraatacar. Cometen un error garrafal quienes la pintan como una deficiente mental. Natalia no es subnormal. Natalia es racista. Natalia es clasista. Natalia odia a las minorías y está consumida por un odio que le rinde dividendos. Son cosas distintas.

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Poner barreras de conocimiento al voto no es una invitación a una ciudadanía más informada. Es una medida que, en los hechos, siempre termina limitando el sufragio de quienes están abajo en la pirámide social: los pobres, los desplazados, los racializados, los que trabajan todo el día y no tienen tiempo ni recursos para estar permanentemente actualizados en asuntos cívicos.

Si de verdad se quisiera una ciudadanía más informada, habría que invertir en educación, en acceso a información de calidad y en debate público. Limitar el voto no es la herramienta de quien busca ilustrar; es la herramienta de quien quiere excluir. El fondo del argumento no es pedagógico. Es punitivo. Es construir un país donde las élites decidan por las “maravillas” que, según ellos, no entienden.

Hace algunos años Tatiana Clouthier dijo algo que sigue siendo cierto: “Una elección se gana con el voto de una mayoría. Yo trato igual al dueño de un estanquillo que al dueño de una gran empresa. Y cuento igual el voto del señor que siembra elotes que al que vende los elotes”. La diferencia entre Tatiana y Natalia no es de coeficiente intelectual. Es de visión: una hace política desde la igualdad; la otra, desde el desprecio.

Hace tiempo habría llamado a cancelar a la racista Natalia Torres. Habría pedido consecuencias sociales y hasta legales. Hoy no pido eso. Pido compasión. Es incorrecto golpear a los esclavos. Los esclavos merecen una mano extendida para romper sus cadenas. Natalia es esclava: de su odio, de su ideología, de sus intereses económicos. Natalia, rompe tus cadenas. Cuenta conmigo para intentarlo.