Todas las infamias están en equilibrio, la una no tiene derecho a despreciar a otra. Están conectadas, ramificadas, se nutren entre sí. La ignominia se ha vuelto líquida, fluye siniestra; es negra, se mezcla con la sangre de los traidores para recorrer e instalarse en las arterias y en la intrincación compleja de las venas. La roja sucumbe; la negra la reemplaza, la cólera los hace sudar y por donde vayan dejan la simiente.

El hambriento de poder la absorbe, la nutre…

A través del tiempo, la raíz se ha extendido y ya cubre todo el territorio; la ignominia, el descaro, la impunidad la han irrigado con fuerza; si encuentra un tope, este se abre y nace otra; todas tienen su tiempo, la oscuridad y siniestralidad para crecer y extenderse; su savia es el odio de los desposeídos de poder.

Recuperar, volver a poseer, a costa de lo que sea. Aliarse, entregar, permitir, doblegarse con tal de remover lo incómodo, lo que les estorba.

Torrentes de infamia circulan en los hombres y mujeres inconformes por verse despojados; el odio crece, los eleva y ellos, “los de arriba” ven a los “de abajo” con desprecio.

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Los traidores son indulgentes consigo mismos. Se conceden, se perdonan todo por más innoble, despreciable y perverso que sea; lo esconden bajo la anchura de sus mangas las exponen mientras dialogan, conspiran y pactan en sus mansiones; no importa el idioma, lo interno y la excreción se extiende.

En los últimos años su cólera, que ha ido en aumento, hace que estos traidores suden ese líquido salado que brota desobediente de sus poros.

Están enloqueciendo, son capaces de cualquier monstruosidad…

El poder les ha dado todo, ha engrandecido su indolencia y desvergüenza. Se enorgullecen de sus vicios, de los negros placeres que les brinda. Las culpas las ocultan -si es que las tienen-, suavizándolas o cambiándoles de nombre. Lo que es negro, lo ven dorado, se congratulan de su perversidad y de la capacidad de emitir falsas palabras: “estoy aquí para servir a mi gente”.

Un servidor público ladrón cojea, es deforme, y además ciego, no nota su inmensa joroba llena de maldad porque jamás le pesa; es ajeno a su mirada perversa, hueca, no percibe que ya es un organismo infectado; las escasas fibras sensibles están todas muertas.

Para entender su miseria, sería como estudiar un cadáver, diseccionarlo para poder ver trozo a trozo la descomposición interna. No son necesarios cortes muy finos o precisos. No sorprendería ver que las arterias y la intrincación de venas estén todas negras; irrigaban la infamia, la ruindad, la ambición, el odio, el desprecio. Imposible hacerle cortes al corazón cuarteado, deforme, con abscesos llenos de pus, lo único dorado… los huesos con puntos grises o negros; las vísceras con tonos verduzcos.

No es necesario el escalpelo para ver el interior, basta con percibir su miseria humana.

María Eugenia Campos va de un lado para otro en su “Mansión Dorada”, levanta la vista de vez en cuando para cerciorarse de que las lámparas con oro no han ennegrecido; acaricia con el dedo índice el fresco mármol italiano, la uña esmaltada de rojo sangre conserva aun su brillo; no ve nada porque lo negro está dentro; la riqueza material elimina la moral.

A través de la ventana observa el pasto, verde como nunca, a pesar del calor de la región, los aspersores funcionan toda la noche… las ramas de los encinos están quietas, las hojas parecen ojos y la observan. La tapicería llena de flores le da colorido al salón, sus ramas ascienden a los altos techos, la naturaleza parece estar también ahí dentro. Todo es lujo merecido.

Maru Campos, la gobernadora, levanta la vista y trata de contar las esferas ligeras que parecen flotar en el techo; el plafón, cubierto con láminas de oro, es como un sol que se ha colado a la mansión. Está segura que sus aliados del exterior y del interior, no la dejarán sola. Ella, y todos los que formen parte de esta intrincada raíz, habrán de sacudir la tierra, reacomodar las cosas para recuperarlo todo.

Tiene todo lo que ha soñado, ha bebido poder que la ha embriagado y la ha poseído. Copas de altivez, de soberbia… el choque del fino cristal con socios que tienen otro acento la engrandecen; hacen planes que tienen raíces de otro color, que se deslizan por la puerta y serpentean para emerger en otros aposentos también lujosos y se intrincan.

Unos, quieren volver a tener lo que han poseído a costa de lo que sea abriendo la puerta, dando información para tener el control. Durante esas reuniones entre otras paredes, sus rostros son iluminados por arañas de las que penden gotas de finísimo cristal y que han sido testigos de fastuosas cenas, han escuchado risas estruendosas y cínicas, secretos y planes de entreguismo. La fiebre del poder vence a toda ética.

Bajo esa luz, la miseria moral no es indigna… el salpullido del vicio comienza a brotar, nadie lo ve, se rascan con las uñas que ya tienen residuos negros. Ríen, nada pasará, todo se olvidará, se doblegarán…

La Procuraduría General de la Justicia no puede caer en la trampa de la distracción por las acusaciones en contra del ahora ex gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha que debe ser investigado a fondo por sus presuntos vínculos con el narcotráfico. Tiene un largo historial.

Nada puede sepultar el caso de María Eugenia Campos ni su alianza con la CIA. Ella debe ser investigada y enviada a prisión como lo estipula el Código Penal Federal.

La traición a la patria es lo peor que puede pasarnos a los mexicanos y sería gravísimo que la investigación se prolongara como muchas otras, para que todo quede en el olvido, como si no hubiera pasado nada.