“Cuando el crimen se vuelve sistema, la ley deja de ser límite y se convierte en instrumento”.
Luigi Ferrajoli
“El crimen organizado no es un fenómeno marginal, sino un modo de organización del poder”.
Diego Gambetta
Hay sonrisas que no duran lo que dura todo un ciclo político. Hay sonrisas que apenas alcanzan para la fotografía del fin de semana en el terruño, antes de que la geografía cambie de golpe: de la Comisión Permanente a una celda con número.
Hay sonrisas que no son expresión de tranquilidad, sino de cálculo. La de Enrique Inzunza entra en esa categoría: sonrisa de dos días en Badiraguato; sonrisa de video bien editado, sonrisa de “aquí sigo”, como si la presencia física sustituyera la fragilidad política. Una sonrisa que no es certeza, es apuesta. Y cinismo. Si bien, hay que reconocerles, la han sostenido más de lo que uno pensaría. A ver al senador cuánto le dura…
Anuncia que no pedirá licencia. Traducción: no suelta el fuero. Y hace bien, si lo que busca es tiempo. Ignacio Burgoa lo dejó claro hace décadas —y Morena lo ha convertido en manual de supervivencia—: la licencia para los legisladores no extingue la protección, el juicio de procedencia sigue siendo el cuello de botella. Así que no hay heroicidad en quedarse; hay instinto. El escaño como escudo, la Comisión Permanente como trinchera, la Constitución como paraguas… selectivo.
En ese interregno, los actores se mueven con la lógica del miedo. Miedo a la extradición. Miedo a la captura. Miedo, incluso, a sus propios aliados. Porque en estructuras donde el crimen y la política se entrelazan, el silencio no solo se compra; también se impone. Y cuando ese silencio corre riesgo, las salidas se reducen: negociar o desaparecer, colaborar o callar para siempre. Por eso la sonrisa dura poco.
Porque detrás de la pose de firmeza hay una realidad mucho más cruda: estos personajes no controlan el desenlace. Son piezas en un juego mayor donde convergen intereses criminales, presiones internacionales y la necesidad urgente de un gobierno de contener una crisis que ya no es narrativa, sino estructural.
Badiraguato deja de ser un símbolo folclórico para convertirse en metáfora política: el punto de origen de una red que alcanzó el centro del poder y que ahora empieza a deshilacharse bajo la mirada de otros. No por virtud propia, sino por incapacidad sistémica.
Y en ese deshilacharse, lo que está en juego no es solo el destino de un senador que presume arraigo local mientras negocia su futuro global. Lo que está en juego es la viabilidad de un régimen que prometió ser distinto y terminó reproduciendo, con nuevas siglas, las viejas lógicas de captura, impunidad y simulación.
La celda, en ese contexto, deja de ser una amenaza lejana y se vuelve una posibilidad concreta. No para todos. Pero sí para algunos. Y a veces, en política, con que caigan algunos, alcanza para que todo lo demás empiece a moverse.
Pero volvamos a la escena; esta es casi literaria en su torpeza: el senador que se dice dispuesto a comparecer “ante las autoridades mexicanas”, mientras sus abogados tantean discretamente al Departamento de Justicia de Estados Unidos para negociar otra cosa, otro idioma, otra lealtad. Es decir, el detalle incómodo no está en lo que dice, sino en lo que ocurre en paralelo. Tocando la puerta del Departamento de Justicia de Estados Unidos. No es un gesto menor. En la teoría de juegos aplicada a procesos penales —sí, esto ya es eso— el primer movimiento define el margen de negociación. Quien se acerca primero, ofrece más. Quien llega tarde, paga más. Testigo cooperante no es un título honorífico; es una confesión anticipada de vulnerabilidad. Lo saben bien Los Chapitos y otros (ex) morenistas insospechados…
Aquí aparece la primera grieta estructural. Guillermo O’Donnell hablaba de “zonas marrones” donde el Estado es débil o intermitente. México decidió ampliar esas zonas hasta convertirlas en pasarela política. El resultado es este: funcionarios que apelan a la soberanía en público y a la cooperación judicial en privado. Dos lenguajes, dos jurisdicciones, una sola urgencia: sobrevivir.
La lista de nombres empieza a parecer alineación de futbol: Rubén Rocha Moya, que pidió licencia con la velocidad del que entiende que el cargo ya no protege; Juan de Dios Gámez Mendívil, siguiendo el mismo libreto; operadores locales que hoy valen menos por su lealtad política que por su potencial valor probatorio. Y en el centro, Inzunza, ensayando la coreografía clásica: negar aquí, negociar allá. No es un accidente. Es diseño que se salió de control.
No es un caso aislado. Es un síntoma.
La 4T construyó durante años un relato moral donde la corrupción era patrimonio exclusivo del pasado y la virtud residía, por decreto, en el presente. Ese relato hoy se deshace por la vía más incómoda: la jurisdicción extranjera. No porque Estados Unidos sea árbitro moral —no lo es—, sino porque el Estado mexicano dejó de ejercer como tal en amplias zonas del territorio y en franjas cada vez más amplias de su propia élite política.
Cuando el monopolio de la coerción se fragmenta, alguien más llena el vacío. Y ese alguien, en este caso, no es una institución nacional.
¿Lo patético? Que si no fuera por esa intervención externa, la pregunta no sería si un senador de Morena enfrenta acusaciones de narcotráfico, sino qué tan cerca estaría el país de normalizar que la cúspide del poder político emane, sin disimulo, de enclaves capturados por economías criminales. No es una exageración retórica; es la consecuencia lógica de un proceso de descomposición institucional que lleva años incubándose bajo la retórica de la regeneración.
Pero la política —y esto lo explica bien Margaret Levi cuando habla de cumplimiento y legitimidad— no se sostiene solo con relatos, sino con incentivos creíbles. Cuando el incentivo dominante deja de ser la lealtad y pasa a ser la autopreservación, el sistema entra en fase de descomposición silenciosa. Cada actor calcula su salida antes de que alguien más la calcule por él.
De ahí el segundo fenómeno que ya asoma y que nadie quiere nombrar con todas sus letras: el chantaje cruzado. No es ideología; es equilibrio inestable. “Si caigo yo, hablo”. Y si hablo, no me llevo a uno, me llevo a varios de Morena, incluso a su fundador. Es la política convertida en cadena de rehenes. La unidad partidista reducida a pacto de silencio. No hace falta que lo digan en tribuna; se entiende en los gestos, en los tiempos, en las filtraciones que aparecen y desaparecen como señales de humo.
Claudia Sheinbaum administra ese tablero con la frialdad de quien sabe que no gobierna un bloque homogéneo, sino un conjunto de riesgos interdependientes. Andrés Manuel López Obrador, desde su narrativa de plaza pública, intenta encapsular el problema en el molde de la conspiración externa. Funciona para la base, pero no resuelve la ecuación.
Porque aquí hay una variable que no se controla con discurso: la presión estadounidense.
Merrick Garland no da conferencias mañaneras. Los fiscales del Distrito Este de Nueva York no negocian reputación, negocian casos. La DEA no opera con épica soberanista, opera con expedientes. Y cuando esos expedientes empiezan a cruzar nombres que hoy ocupan cargos públicos, la política mexicana entra en territorio que no domina.
Si uno quiere ponerle marco teórico, Peter Evans hablaba de “autonomía incrustada”: Estados capaces de actuar con independencia pero conectados con la sociedad. Aquí ocurrió lo contrario: incrustación sin autonomía. Redes políticas penetradas por intereses criminales, por el narcotráfico, con una capacidad estatal menguante para poner límites. El resultado es este híbrido incómodo donde el poder no desaparece, pero cambia de lógica.
En ese contexto, aparece el tercer elemento: la negociación mayor. El T-MEC no es un tratado más; es el ancla de la economía mexicana. En medio de tensiones comerciales, revisiones regulatorias y una relación bilateral cada vez más áspera, la pregunta deja de ser jurídica y se vuelve quirúrgica: ¿qué se protege cuando ya no se puede proteger todo? ¿A los cuadros políticos bajo sospecha o al instrumento que sostiene la estabilidad económica? ¿Qué vale más, proteger a un puñado de cuadros impresentables o garantizar la continuidad del tratado que sostiene la economía? La respuesta, aunque no se diga en voz alta, es evidente. Y en esa evidencia se esconde el destino de varios. Serán fichas de cambio.
No por convicción ética, sino por cálculo político. No por justicia interna, sino por presión externa. El Estado que no quiso, o no pudo, depurarse a sí mismo, terminará entregando piezas bajo la lógica de la negociación internacional. Es la versión contemporánea de la soberanía condicionada: no se cede territorio, pero se ceden nombres.
La respuesta, entonces, no necesita voceros. Se ejecuta. Y en esa ejecución, recordemos, Marcelo Ebrard ya no sirve de nada. De hecho, sería mejor que ya estuviese fuera del tablero (otras cosa que la presidenta ya debe de saber de sobra y, espero, haya asumido a estas alturas).
En ese paisaje, el espectáculo del fin de semana en Badiraguato adquiere otra lectura. No es arraigo; es mensaje. “Aquí estoy”. “Sigo”. “No me muevo”. Mensajes hacia adentro tanto como hacia afuera. Pero la semántica cambia cuando del otro lado ya se está discutiendo otra cosa: utilidad, oportunidad, cooperación.
Y entonces aparece el momento de sinceridad involuntaria. Compararse con Benito Juárez ya no es solo desproporcionado; es revelador. Juárez defendía la soberanía frente a una intervención. Aquí se invoca la soberanía como coartada, mientras se explora la cooperación como salida. No es contradicción ideológica; es adaptación pragmática bajo presión. Como si la austeridad republicana fuera compatible con la opacidad de sus vínculos o como si la defensa de la soberanía implicara blindarse con fuero mientras se negocia, en paralelo, una eventual cooperación con autoridades extranjeras. Juárez resistía invasiones; aquí se administra, con torpeza, una implosión.
La teoría política ofrece un concepto útil para este punto: “equilibrio de salida”. Cuando permanecer en el sistema se vuelve más costoso que abandonarlo, los actores buscan la puerta. El problema para la 4T es que esas salidas no son individuales; están conectadas. Cada salida potencial arrastra información, y cada información arrastra riesgos. De ahí el cinismo acompañado de pánico soterrado; la sonrisa tensa, el discurso inflado.
Nada de esto garantiza desenlaces espectaculares. La política mexicana es experta en diluir crisis. Pero hay procesos que, una vez iniciados, son difíciles de revertir. La judicialización transnacional de élites políticas es uno de ellos. Empieza con rumores, sigue con acercamientos, escala con imputaciones y termina —no siempre, pero cada vez más— en acuerdos.
Por eso la escena relevante no está en la Comisión Permanente. Está en las conversaciones que no se transmiten, en los despachos donde se mide el valor de una declaración, en las listas donde un nombre puede pasar de activo a pasivo en cuestión de días.
Hoy, Inzunza se aferra al escaño. Mañana se aferrará a un acuerdo. Y pasado mañana, si la lógica que ya se puso en marcha sigue su curso, la geografía terminará de ajustarse.
De Badiraguato a Brooklyn. Con escala, sí. En el cinismo.
Giros de la Perinola
(1) Ya hay conversaciones —no públicas, no oficiales— sobre la conveniencia de “despresurizar” el frente judicial con entregas selectivas. No masivas, no espectaculares. Selectivas. Las piezas más expuestas, las más difíciles de defender, las que generan más ruido en Washington que valor en Palacio. No es justicia; es administración de daños.
(2) El ala más radical de Morena empieza a perder margen. No por debate interno, sino por costo externo. Cada escándalo, cada nombre vinculado a investigaciones, cada video mal calculado reduce su capacidad de imponer agenda. El pragmatismo, ese viejo enemigo discursivo de la 4T, regresa por la puerta trasera. Y regresa con factura.
(3) El 2030 se empieza a reconfigurar antes de tiempo. Con Marcelo Ebrard políticamente erosionado por flancos que el mismo abrió —y que el entorno internacional amplifica—, otros perfiles se reposicionan no por méritos, sino por descarte. En política, a veces no gana el mejor; gana el que queda de pie cuando los demás se caen.
(4) El factor miedo deja está dejando de ser abstracto. No es solo temor a la extradición por parte de Estados Unidos a plena luz del día; también a que sea asesinado por el narco a media noche…. Temor a la ruptura de códigos internos. En estructuras donde el silencio es moneda, cualquier fisura dispara reacciones en cadena. Y esas reacciones no siempre pasan por tribunales. El riesgo no es unidireccional.


