TÚ DECIDES
México es hoy uno de los países con mayor consumo de pornografía en América Latina. Las cifras de embarazos adolescentes siguen siendo preocupantes. Las relaciones duran menos. El miedo al compromiso crece. Y, paradójicamente, nunca habíamos hablado tanto de sexo.
Algo no está funcionando.
La llamada “revolución sexual” prometió libertad. Pero en la práctica, muchas veces dejó confusión, hipersexualización temprana y una cultura donde el cuerpo se exhibe, se consume y se descarta. En este escenario, la propuesta de Juan Pablo II resulta incómoda… Y profundamente actual.
Entre 1979 y 1984, desarrolló lo que hoy conocemos como Teología del Cuerpo. Su tesis central es simple y radical: el cuerpo no es un objeto; es un lenguaje. Y fue creado para expresar amor verdadero, no consumo.
Esto cambia todo.
Si el cuerpo es lenguaje, entonces la pornografía no es entretenimiento inocente: es una distorsión del significado del amor.
Si el cuerpo es don, entonces la infidelidad no es solo una “falla”, sino una ruptura del lenguaje.
Si la sexualidad es vocación a la comunión, entonces reducirla a impulso es empobrecerla.
En México hablamos mucho de derechos —y es legítimo— pero hablamos poco de responsabilidad afectiva. Hablamos de libertad, pero casi nada de formación del carácter. Queremos relaciones intensas, pero sin sacrificio. Queremos pasión, pero sin permanencia.
La Teología del Cuerpo no es moralina ni represión. Es una propuesta exigente porque parte de una idea elevada del ser humano: estamos hechos para amar grande. Y el amor grande siempre implica dominio propio, fidelidad y coherencia.
¿Es contracultural? Sí.
¿Es imposible? No.
De hecho, ofrece ventajas muy concretas hoy:
– Da claridad a los jóvenes sobre identidad y vocación.
– Fortalece matrimonios al recuperar la exclusividad y el respeto.
– Integra deseo y razón, evitando tanto la represión como el libertinaje.
– Devuelve dignidad al cuerpo en una cultura que lo mercantiliza.
En México ya existen espacios para pofundizar en esta visión: diplomados como los del John Paul II Institute for Family en Guadalajara, cursos en universidades como la Red Anáhuac, y movimientos formativos que trabajan con jóvenes y matrimonios desde esta antropología del amor. No es teoría abstracta; es formación concreta.
La Teología del Cuerpo fue uno de los temas del Congreso Internacional de las Familias al que acudieron expertos como Christopher West y Evan Lemoine, mexicano por cierto.
La pregunta no es si estamos de acuerdo con todo lo que propone. La pregunta es más incómoda: ¿la cultura actual nos está haciendo más felices, más estables y más capaces de amar?
Tal vez la verdadera revolución pendiente en México no sea ampliar los límites, sino redescubrir el significado del amor. No más consumo afectivo, sino más donación. No más cuerpos usados, sino personas amadas.
Porque el cuerpo no es mercancía.
Es promesa.
Y quizá, ahí empieza la revolución que todavía no nos atrevemos a hacer.
X: @pablomieryteran





