México también está construido sobre sus muertos.

Conocemos las tumbas de Hidalgo, Morelos, Guerrero o Juárez. Pero existe otra necrópolis, menos recordada. En iglesias, catedrales y antiguos conventos permanecen los restos de quienes gobernaron estas tierras antes de la República.

Aquí está Hernán Cortés. Aquí descansan varios virreyes de Nueva España y Agustín de Iturbide, primer emperador mexicano. Otros desaparecieron entre demoliciones, guerras y reformas. Maximiliano de Habsburgo, en cambio, salió de México para regresar definitivamente a Europa.

Sus sepulturas cuentan otra historia: no cómo ejercieron el poder, sino qué hizo México con ellos después de su muerte.

Son, literalmente, los restos del Imperio.

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Durante tres siglos estas tierras formaron parte de la Monarquía Hispánica. Solemos resumir aquel periodo con una palabra: la Colonia. Es válida para describir la conquista y colonización, pero insuficiente para explicar su complejidad política.

Las Indias fueron concebidas como reinos y provincias incorporados a la Corona de Castilla. Nueva España no era soberana ni equivalente a los reinos europeos, pero tampoco una simple factoría ultramarina.

De ahí la figura del virrey: quien representaba al rey donde éste no estaba.

Desde la Ciudad de México se articulaba un territorio inmenso. Veracruz miraba al Atlántico; Acapulco, a Asia; el galeón de Manila conectaba América con Filipinas, y la plata novohispana circulaba hasta Europa y China.

Después de 1821, la nueva nación buscó otra genealogía: una raíz en las civilizaciones prehispánicas y otra en los insurgentes. Nueva España quedó incómodamente situada entre ambas. Sus huellas, sin embargo, permanecieron.

Hernán Cortés murió en 1547 cerca de Sevilla, aunque había pedido ser enterrado en Nueva España. Sus restos fueron trasladados a México y pasaron por varias sepulturas hasta quedar vinculados al Hospital de Jesús Nazareno, fundado por él.

Después de la Independencia comenzó la parte más extraordinaria.

En 1823, ante el temor de que fueran profanados por el sentimiento antihispánico, Lucas Alamán y otros responsables decidieron ocultarlos. Incluso se dejó creer que habían salido del país. Era falso. Cortés seguía aquí, escondido dentro del templo de Jesús Nazareno.

En 1946, documentos secretos permitieron localizarlos. Los especialistas confirmaron su identidad y, después, volvieron a colocarlos detrás del muro. Allí permanecen, señalados por una discreta placa.

El conquistador murió en España, pidió regresar a Nueva España y terminó siendo escondido en México para protegerlo de los mexicanos.

Por su parte, Antonio María de Bucareli y Ursúa, virrey entre 1771 y 1779, fue militar, caballero de Malta y administrador recordado por sus contemporáneos.

Sus disposiciones atendían problemas sorprendentemente actuales: delincuencia, armas, iluminación, caminos y abasto. Su nombre permanece en el Paseo de Bucareli, aunque pocos recuerdan quién fue.

Murió en 1779 y fue sepultado en el santuario de Guadalupe.

La paradoja es notable: un representante de la monarquía española descansa junto al santuario que se convertiría en uno de los grandes símbolos de la identidad mexicana.

El templo de San Fernando guarda a dos virreyes de la misma familia: Matías de Gálvez, militar y antiguo gobernador de Guatemala, llegó al virreinato en 1783. Entre sus preocupaciones estuvo mejorar la iluminación nocturna de la Ciudad de México. Murió al año siguiente. Su hijo tendría una historia más extraordinaria.

Bernardo de Gálvez combatió a los británicos durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Como gobernador de Luisiana conquistó posiciones enemigas y protagonizó la campaña de Pensacola.

Ante las dudas para entrar bajo fuego en la bahía, avanzó con su embarcación. El episodio quedó asociado a las palabras de su escudo: “Yo solo”. Más de dos siglos después, Estados Unidos le concedería la ciudadanía honoraria.

Bernardo sucedió a su padre como virrey en 1785, pero gobernó poco. Murió en Tacubaya en 1786, con apenas cuarenta años. Su muerte generó rumores de envenenamiento nunca demostrados. Padre e hijo quedaron en San Fernando.

Dos generaciones. Dos virreyes.Una misma iglesia.

La historia más singular quizá sea la de Baltasar de Zúñiga y Guzmán, marqués de Valero, virrey entre 1716 y 1722. Murió en Madrid en 1727. Su cuerpo permaneció en España pero su corazón regresó a México.

Había mantenido una relación especial con el convento de Corpus Christi, creado para religiosas indígenas nobles. Dispuso que su corazón fuera extraído, conservado y enviado a Nueva España.

Llegó en 1728 y fue colocado en el templo. La simbología era clara: donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. Siglos después apareció el relicario atribuido al marqués. Su cuerpo quedó en España; su corazón permaneció en México.

Otros tuvieron peor suerte.

El convento de Santo Domingo fue uno de los grandes espacios funerarios novohispanos. Allí fueron sepultados Luis de Velasco el Viejo, Pedro de Castro y Figueroa, duque de la Conquista, y Agustín de Ahumada y Villalón, marqués de las Amarillas.

Después llegaron exclaustraciones, demoliciones y transformaciones urbanas. Las sepulturas fueron removidas, trasladadas u olvidadas.

Bajo el Centro Histórico existe así una geografía invisible del poder novohispano. Palacios arriba. Criptas abajo.

Juan O’Donojú es conocido como el último virrey, aunque llegó en 1821 como jefe político superior. Cuando desembarcó, el dominio español estaba prácticamente perdido. Comprendió la situación, negoció con Iturbide y firmó los Tratados de Córdoba el 24 de agosto de 1821.

Apenas semanas después, el 8 de octubre, murió y fue sepultado en la Catedral Metropolitana. El último representante del antiguo orden quedó enterrado en la capital del nuevo país.

Agustín de Iturbide conecta ambos mundos. Militar realista, pactó después con Vicente Guerrero, formuló el Plan de Iguala y encabezó el Ejército Trigarante que consumó la Independencia.

En 1822 fue proclamado Agustín I, emperador constitucional de México. Su imperio duró menos de un año. Abdicó, partió al exilio y regresó en 1824. Fue fusilado en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824.

En 1838, sus restos fueron trasladados solemnemente a la capital y depositados en la Catedral Metropolitana, donde continúan. No están en el Monumento a la Independencia con Hidalgo, Morelos y Guerrero. El hombre que consumó la Independencia descansa, curiosamente, como un antiguo monarca: dentro de la Catedral.

El segundo emperador siguió el camino contrario.

Maximiliano de Habsburgo llegó en 1864 para encabezar el Segundo Imperio mexicano, en medio de la intervención francesa y una guerra civil. Tras la retirada francesa decidió permanecer. Fue capturado en Querétaro y fusilado junto con Miguel Miramón y Tomás Mejía el 19 de junio de 1867. Tenía treinta y cuatro años.

Su cadáver fue embalsamado y entregado a Austria. La fragata Novara lo transportó a Europa. En 1868 recibió sepultura en la Cripta Imperial de Viena, entre los Habsburgo.

La simetría resulta notable: Iturbide, mexicano convertido en emperador, permanece en México.

Maximiliano, Habsburgo convertido en emperador de México, regresó a Austria.

Así enlistamos los muertos que heredó la República:

Cortés murió en España y regresó a México.

El marqués de Valero terminó allí y envió su corazón.

Bucareli y los Gálvez quedaron en tierras novohispanas.

O’Donojú llegó representando a España y terminó en el México independiente.

Iturbide fue expulsado, regresó, murió fusilado y después fue recibido en la Catedral.

Maximiliano cayó en México y volvió a Europa.

Vista desde sus tumbas, nuestra historia pierde algunas divisiones tajantes: Conquista, Nueva España, Independencia, Imperio y República aparecen como estratos de una misma historia.

México nunca eliminó por completo su pasado novohispano. Aprendió a caminar sobre él.

Seguimos recorriendo sus calles y entrando en sus iglesias. Bajo algunos de esos edificios continúan quienes gobernaron estas tierras.

No se trata de reivindicarlos ni condenarlos, sino de reconocerlos como parte de una historia que no comenzó en 1810 ni puede explicarse sólo como el vacío entre el mundo prehispánico y la República.

La historia no siempre está dentro de un museo. A veces está detrás de un muro. A veces debajo de un altar. Y alguna vez, dentro de un relicario que contiene el corazón de un virrey.

La Nueva España desapareció políticamente hace más de dos siglos. Su huella sigue aquí.