En México, la justicia parece tener dogmas que no dicta la ley, sino el poder. Y cuando el poder se entrelaza con estructuras religiosas, clientelares y políticas, el resultado es fanatismo e impunidad.

El caso de Los Legionarios de Cristo se asemeja a La Luz del Mundo, reflejando de manera brutal la forma en que un sistema puede proteger a los suyos mientras abandona a las víctimas.

La comparación es inevitable. En Estados Unidos el líder religioso Naasón fue investigado, procesado y condenado, se declaró culpable de delitos sexuales contra menores, las víctimas fueron escuchadas, los fiscales actuaron y la ley se impuso.

En México, por el contrario, el caso se diluyó entre expedientes, omisiones y decisiones políticas. Bajo la conducción de Ernestina Godoy, la fiscalía optó por el “no ejercicio de la acción penal”. Un tecnicismo bajo el cual, el Estado decidió no investigar.

Un carpetazo bastante significativo que ocurrió cuando el poder político abrió espacios a liderazgos religiosos, normalizando una cercanía que desdibuja la frontera entre Iglesia y Estado.

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Dos varas, una misma verdad

Mientras los tribunales estadounidenses acumularon testimonios de años de abuso, en México se ignoraron indicios y denuncias.

Faltó voluntad y eso hace una enorme diferencia, no solo en lo jurídico, sino en lo moral. En un país se privilegió la protección de las víctimas; en el otro, las relaciones políticas.

El caso de La Luz del Mundo, los Legionarios de Cristo y demás organizaciones religiosas, evidenciaron no solo delitos graves, también la forma en que funcionan las redes cercanas al poder. Durante años, figuras del oficialismo de todos los partidos, han mantenido vínculos públicos con estas organizaciones.

El símbolo de la complicidad

Si hay una escena que sintetiza esta historia, es el homenaje que en 2019 recibió Naasón Joaquín García en el Palacio de Bellas Artes, un recinto emblemático del Estado mexicano que fue utilizado para la inusual celebración.

Aquello no fue un descuido, fue una señal política en momentos en que el líder religioso ya enfrentaba acusaciones graves.

Todo esto ocurrió bajo la jefatura de gobierno de Claudia Sheinbaum y con Ernestina Godoy como fiscal capitalina. Un mensaje atroz: mientras en otros países se investigaba, aquí le rendían homenaje.

Al evento acudieron figuras políticas de Morena como Martí Batres uno de los principales organizadores y Félix Salgado Macedonio, Sergio Mayer, Julio Menchaca, entre otros; además de Rogelio Israel Zamora Guzmán del PVEM.

Al final, la escena quedó como símbolo de la normalización de la indiferencia institucional.

La impunidad

Siendo papel de la Fiscalía investigar delitos y procurar justicia. Cuando decide no hacerlo, rompe el pacto básico entre Estado y ciudadanos.

Bajo la gestión de Godoy, la Fiscalía optó por la pasividad en un caso que exigía rigor e independencia. Y al hacerlo falló a las víctimas y al país.

Lo más preocupante es que forma parte de un patrón donde las redes de poder —políticas, económicas o religiosas— generan zonas de inmunidad.

México no carece de leyes, pero sí de voluntad para aplicarlas.

El discurso oficial habla de transformación, de justicia y de combate a la corrupción. Pero los hechos es un sistema que protege a los cercanos, que cierra expedientes cuando así conviene y que deja a las víctimas en el abandono.

Hay otros ejemplos, donde las responsabilidades se diluyen, las investigaciones se desvían o simplemente no avanzan, como la vinculación de Adán Augusto y el huachicol o la tragedia del Tren Interoceánico, donde peritajes apuntaron responsabilidad de Almicar Olán, socio de Gonzalo López Beltrán, por mala construcción y materiales de segunda que provocaron el descarrilamiento y la muerte de 13 personas. El tema lo cerró la Fiscal Godoy inculpando al maquinista.

La justicia que no llegó

El caso de Naasón Joaquín García, como de Marcial Maciel en el pasado, exhibe lo putrefacto de las organizaciones religiosas y de todo un aparato institucional que hasta ahora responde más al mandato de un líder que a la ley.

Y, al final, la tragedia está en que la impunidad no solo se ha normalizado, se ha convertido en doctrina.

X: @diaz_manuel