Los resultados de la prueba PISA golpean a México una vez más pues lejos de presentar avances en mediciones de matemáticas y español, la prueba estandarizada demuestra el retroceso en aspectos básicos para el desarrollo educativo como la comprensión lectora o la habilidad de cálculo. Algunos dirán que en tiempos de inteligencia artificial y computadoras, saber manejar las herramientas vale más que saber cómo resolver números pero el punto de las matemáticas es que permiten el desarrollo del pensamiento abstracto y la resolución de problemas. Quien no sabe pensar, no sabe decidir o vivir críticamente. Dejar de saber matemáticas y lectura implica menos capacidad de pensar. Encima, la historia nos ha demostrado que la conciencia humanista profunda nace de la capacidad para comprender e investigar la historia más allá de las verdades oficiales. Pero sin capacidades básicas para comprender no hay herramientas para cuestionar y el terreno para desinformación queda fértil.
México no deja de caer en matemáticas. La prueba PISA 2025 acaba de confirmar lo que las evaluaciones internas ya venían advertían en cuanto a que el país retrocede en las capacidades fundamentales que debería garantizar a sus jóvenes. Mientras el promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos muestra que seis de cada diez estudiantes de quince años logran competencias básicas en cálculo, en territorio nacional apenas tres de cada diez alcanzan ese umbral. La puntuación en matemáticas, que bajó siete puntos respecto a 2022, representa el registro más bajo desde que comenzó la serie, hace veinte años (en 2006). En lectura el panorama no mejora pues hay otros siete puntos perdidos en el mismo periodo y un aumento de ocho puntos porcentuales en la proporción de alumnos que no logran los conocimientos mínimos desde 2015.
Argentina, que comparte con México una historia de políticas educativas erráticas, sufrió un golpe todavía más severo pues registra once puntos menos en matemáticas en tres años, su peor marca histórica, con apenas una cuarta parte de los estudiantes alcanzando el nivel básico… algo más explica el ascenso de las derechas populistas de Milei entonces. Brasil, Colombia y Costa Rica se estancaron, mientras Chile retrocedió tanto en matemáticas como en lectura. Toda la región, sin excepción, permanece rezagada frente a los estándares de los países europeos. Pero el dato mexicano duele en particular porque el estancamiento no es nuevo e inclusive, vuelve a dar señales de que la política centrada en la conflictividad de los maestros y sindicatos le cobra factura a las niñas, niños y adolescentes. En ciencias, la única área donde hubo un ligero aumento de cuatro puntos, el rendimiento se mantiene en los mismos niveles mediocres de las últimas dos décadas.
Hay quien sostiene que en la era de la IA, memorizar fórmulas o leer largos textos ha perdido sentido. Ese argumento, tan ligero como falaz, confunde la herramienta con el músculo que la mueve. Las matemáticas no enseñan a calcular por calcular; enseñan a estructurar el pensamiento abstracto, a descomponer problemas complejos en partes manejables, a sostener una cadena lógica sin saltos fraudulentos. La lectura, por su parte, es un ejercicio de decodificación y también es la puerta de entrada a la comprensión de contextos, a la identificación de sesgos y al ejercicio de la duda. Sin esas capacidades, el ciudadano queda desarmado frente a la marea de desinformación, discursos de odio y promesas autoritarias que encuentran en la ignorancia su caldo de cultivo más fértil.
El fracaso educativo es el resultado de decisiones políticas que durante años priorizaron el espectáculo sobre la planeación, la ocurrencia sobre la evidencia y la lealtad al poder sobre la formación de pensamiento crítico. El hecho es que la factura podría costarle al movimiento responsable de la educación durante los últimos dos sexenios pues justamente las derechas tienen tierra fértil en donde la incapacidad lectora permite, por ejemplo, no distinguir información verdadera de la falsa y creer noticias virales sin cuestionar si son reales.
Cada punto perdido en PISA representa a miles de estudiantes que probablemente terminará su educación formal sin herramientas para discernir un dato verificado de una consigna partidista. Ese joven, con el tiempo, será adulto y votará. No por casualidad las derechas más extremas han crecido en los países donde la educación pública se desmorona, se sabe que la oscuridad siempre ha sido el mejor aliado de quienes prometen soluciones sencillas a problemas que no se entienden.
México no necesita ocurrencias ni parches. Necesita recuperar el sentido de urgencia, colocar la calidad educativa en el centro de la agenda nacional y entender que sin generaciones capaces de pensar con rigor, cualquier proyecto viral sea del signo que sea, terminará siendo una farsa. Mientras los resultados de PISA sigan cayendo, la democracia seguirá debilitándose.
No hay soberanía popular sin pueblo informado, ni pueblo informado sin escuela que enseñe a leer el mundo con ojos críticos. Recordemos después de todo que justamente los emanados del movimiento estudiantil que hoy gobiernan tuvieron la oportunidad de mejorar su educación con herramientas gratuitas que las generaciones actuales carecen. La noticia tendría que ordenarle al secretario de Educación pensar más en soluciones que en el próximo reel sobre “farmear aura”.


