Yo pensaba que el deseo de morirse para poder descansar era algo poco común, hasta que hablé al respecto en un grupo de crianza y me di cuenta que la gran mayoría de nosotras está tan cansada que el deseo de morir es frecuente y, casi una constante:

Yo quisiera que me atropellaran para que tuvieran que internarme y no estar escuchando pleitos un par de días.

O caerse de las escaleras y que te lleven al hospital un día, en observación para poder dormir un poco.

Estoy harta, harta de cocinar tres veces al día con el bebé en los brazos, ojalá algo me pasara para ya no tener que cocinar por un tiempo.

Palabras reales de madres reales, sin diagnóstico de salud mental comprometida porque la mayoría no tienen dinero para irse al psiquiatra o al psicólogo, y el sistema público que no sostiene a las madres no tiene espacios de atención especializada en salud mental materna.

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Recuerdo de repente despertar de un letargo extraño enfrente del parque de mi infancia, con dos niños de la mano y una panza de embarazo de cinco meses.

Recuerdo llamar llorando a la única psicóloga que recordaba en ese momento, que además era amiga mía. Recuerdo evitar el atropellamiento por poco.

Lo recuerdo y todavía duele, porque ese episodio fue resultado de dejar para luego la atención en salud mental que necesitaba y merecíamos mis hijos y yo.

Después de ese episodio vinieron los ataques de pánico, con crisis incapacitantes y largas mientras criaba, emprendía y trataba de sobrellevar una ruptura de pareja en una situación en la que me encontraba completamente sola.

Cuando hablé, personas malintencionadas y anónimas hicieron el típico comentario.

¿Para qué tienes tantos hijos si no puedes con ellos?

Yo no sabía en ese entonces lo que sé ahora: que la crianza no es asunto personal. Es asunto del Estado y de la sociedad entera. Una mujer criando uno, tres o diez hijos no es responsable única de los niños, sino que hay, por supuesto uno o varios progenitores, pero también debería haber, porque no hay, estrategias a nivel social, económico, político y laboral para cargar parte de la responsabilidad que corresponde a la crianza para todos.

No tenemos acceso a salud mental materna. No existen protocolos de atención de emergencia para mujeres gestantes o en postparto; se han dedicado a desaparecer las guarderías del sistema público, no hay garantías laborales para las mujeres cuando están gestando o criando, mucho menos existe remuneración por nuestra labor de cuidados que resulta invisibilizada a pesar de ser el sostén sistémico de todo lo que el capitalismo ha construido.

Una vez más las mujeres estamos llevando el mundo encima, sin ningún tipo de reciprocidad social e institucional, como un castigo y un mandato esclavista, como Atlas modernas que no pueden soltar nada porque todo se desmoronaría y entonces, como única solución posible, estas Atlantas modernas se sueltan a sí mismas.

Ese día no pude internarme en urgencias, no tenía quien cuidara responsablemente de mis hijos. Compré el medicamento de libre venta que me recomendó mi amiga para reducir las taquicardias y seguí adelante, desfilando por consultorios de psiquiatras insensibles que recetaban quetiapina sin que antes lograras sentarte en la silla de enfrente y hablar respecto a la soledad, el abandono, la carga mental, la casa sucia, las horas sin dormir, los pleitos de los niños, las preocupaciones económicas y profesionales. Invisible. Muda. Impotente.

Como antes, como histéricas. Como si no pudiesen ver todo el sistema esclavizante que llevamos encima y que lógicamente ya nos volvió locas. Sin dimensionar todas las aristas que llevan a una madre a la psicosis postparto.

Fue hace apenas cuatro años que una psiquiatra mujer y feminista me diagnosticó y medicó correctamente y desde entonces, como persona bipolar, llevo un camino cuesta arriba aprendiendo a vivir con mi condición.

Yo no sé si Lindsay es culpable o no. Lo que si sé es que no sería ella la única culpable, sino todo un sistema que no sostiene a quienes cuidan o que lo hace de forma tan deficiente que al final, termina siendo lo mismo que no hacerlo en absoluto.