En su columna de hoy, don Federico Arreola aborda tres tiroteos similares a lo ocurrido en las pirámides de Teotihuacán: el del Colegio Americano del Noreste en Monterrey (2017); el del Colegio Cervantes en Torreón (2020); y la tendencia global iniciada en Estados Unidos con la masacre de Columbine en 1999, también un 20 de abril. A partir de estos casos, concluye que lo sucedido en Teotihuacán se suma a una cadena de episodios trágicos que se han replicado en todo el mundo y plantea la necesidad de reforzar las medidas de seguridad en los espacios públicos, algo en lo que todos podemos coincidir.

Sin embargo, el debate sobre el agresor de Teotihuacán y la posible influencia política de sus actos, con la posterior politización de la tragedia, me lleva a proponer una ampliación del enfoque: el espacio digital debe entenderse también como un espacio público.

Me explico. Tanto el ataque en Teotihuacán como otros ocurridos en México y en otros países han sido perpetrados, en su mayoría, por hombres jóvenes, generalmente menores de 30 años de edad, atravesados por evidentes crisis de salud mental. Los análisis suelen centrarse en factores circunstanciales, como la facilidad de acceso a armas en Estados Unidos y su influencia en el norte de México, una región que históricamente ha mantenido vínculos culturales más estrechos con ese país que con el centro del territorio nacional. No obstante, incluso considerando estas variables, hay un elemento que permanece insuficientemente explorado.

Me parece que a pesar de obviar la sospechosa presencia de agentes de la CIA en Chihuahua y la conveniente (para Estados Unidos) escena internacional cercana al Mundial que pinta a nuestro país como un lugar xenófobo, criminal y peligroso, hemos pasado por alto que el combo de crisis en salud mental más espacios digitales que alimentan mediante adicción algorítmica todo tipo de obsesiones están permitiendo la peor de las influencias de países donde los tiroteos son habituales, como Estados Unidos, al cerebro de personas jóvenes posiblemente vulnerables por su falta de acceso a la salud mental así como atravesadas por la desigualdad estructural, que no por ello pudiera justificarse el actuar pero que sí puede ayudarnos a comprender.

La combinación de crisis de salud mental con entornos digitales que operan bajo lógicas de adicción algorítmica está configurando un terreno fértil para la radicalización. Estos espacios amplifican obsesiones, refuerzan resentimientos y permiten la circulación de referentes violentos provenientes de contextos donde los tiroteos son recurrentes, como Estados Unidos, impactando directamente en jóvenes en situación de vulnerabilidad.

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Se sabe que el agresor era originario de Tlapa, en el estado de Guerrero, una región con alta población indígena como dato para comprender la influencia sobre la historia prehispánica, así como el contexto de desigualdad económica y estructural, y que residía en la Ciudad de México en condiciones de relativo aislamiento. Entre sus pertenencias se encontraron cartuchos, un arma blanca y materiales relacionados con la masacre de Columbine, asumida por él como una efeméride. De acuerdo con la fiscalía mexiquense, Jasso Ramírez tenía “un perfil psicopático” y presentaba un perfil que lo acercaba a la figura del imitador, alguien que replica crímenes icónicos como forma de afirmación.

Este dato no es menor. Columbine no solo fue un hecho violento, sino también un punto de inflexión simbólico que ha sido absorbido por múltiples subculturas digitales. Su inspiración fueron dos estudiantes de Columbine que ultimaron con rifles a 12 compañeros y un profesor, y después, hirieron a 24 personas más. Al final se suicidaron en la escena. Ese hecho convirtió en uno de los más grandes iconos de la epidemia de las armas y sus víctimas en Estados Unidos. El revólver que usó el perpetrador era un Smith & Wesson, en sí mismo una reliquia de la década de los sesentas hecho en EU. A partir de ahí, se han configurado comunidades que glorifican la violencia, que construyen identidades en torno al odio y que ofrecen a ciertos perfiles una narrativa de pertenencia. No se trata de casos aislados, sino de una dinámica más amplia en la que operan microcomunidades que dosifican discursos contra mujeres, personas extranjeras u otros grupos, y que articulan una idea distorsionada de masculinidad basada en la violencia.

Pero la mala influencia no se limita a este tiroteo sino que parece que va construyendo todo una obsesión paulatina mediante distintas microcomunidades digitales que enganchan jóvenes con un perfil específico, que les suministra odio dosificado hacia grupos como personas extranjeras o mujeres y que está representado en el arquetipo del niño que se convierte en hombre de un estado “larvario” o no terminado frente a distintos ejemplos psicopáticos de hombres (consolidados narrativa y arquetípicamente) que mediante la violencia. Desde ahí construyen y reafirman su masculinidad y eventualmente, “crecen” o se consolidan dentro de tales microcomunidades al cometer actos violentos como el tiroteo que observamos.

Ejemplos de estas comunidades incluyen a los llamados incel, foros que combinan misoginia con victimización; grupos como los bug chasers y gift givers que trivializan y buscan la transmisión del VIH; o espacios donde se idolatra a criminales seriales como Jeffrey Dahmer. Todas estas expresiones comparten una lógica: la construcción de identidad a partir de la transgresión y la destrucción.

Por ello, además de coincidir con el director de SDPNoticias sobre la necesidad de reforzar la seguridad en espacios físicos, resulta urgente prestar atención a lo que ocurre dentro de plataformas digitales como Reddit o Discord, así como a ciertos entornos de interacción en videojuegos violentos. El espacio digital no es un ámbito abstracto: es un espacio público donde se forman vínculos, se construyen significados y, en casos extremos, se incuban violencias. El espacio digital también es un espacio público y ahí, donde crecen los discursos de odio y las comunidades psicopáticas es donde se requiere intervenir.

Esto abre una discusión necesaria sobre los límites de la regulación. En contextos donde se ha documentado manipulación algorítmica con fines políticos, como en debates recientes dentro de la Unión Europea, resulta legítimo cuestionar hasta qué punto deben establecerse mecanismos de contención más estrictos. No se trata de adoptar sin matices modelos de censura total, pero sí de reconocer que la inacción también tiene costos. Me atrevería a decir que es de los pocos escenarios en donde la censura sobre palabras clave o plataformas completas como los cercos virtuales al estilo Rusia pueden ser necesarios.

No es necesario recurrir a teorías conspirativas para explicar lo ocurrido en Teotihuacán. Basta con observar cómo la ingeniería algorítmica puede influir en percepciones, reforzar creencias y moldear comportamientos, especialmente cuando converge con condiciones como la soledad, la desigualdad o la falta de acceso a atención en salud mental.

Las microcomunidades digitales funcionan como pólvora dispersa en territorios específicos donde basta una chispa para detonar la violencia. Mientras sigamos entendiendo el espacio público únicamente como la calle, la plaza o el sitio turístico, dejaremos fuera el escenario donde hoy se gestan muchas de las motivaciones que desembocan en actos criminales.

El verdadero desafío, entonces, no es solo proteger los espacios físicos, sino reconocer que la esfera pública se ha desplazado, en gran medida, hacia lo digital. Y ahí, en ese territorio intangible pero profundamente real, se está disputando algo más que la seguridad, se está definiendo el tipo de sociedad que estamos dispuestos a ser y se están moldeando los ideales de una amplia gama de jóvenes ya de por sí atravesados por contextos complejos.

Si la violencia es, en última instancia, una forma de lenguaje, entonces el problema no es solo quién dispara, sino qué narrativas, qué silencios y qué algoritmos hicieron posible que alguien creyera que ese acto tenía sentido.