La familia también cuida. También se desvela. También se preocupa. También se cansa.
Hay realidades que se vuelven invisibles no porque no existan, sino porque ocurren todos los días. Se repiten tanto que aprendemos a pasar junto a ellas sin detenernos. Una de esas realidades se vive cada noche fuera de los hospitales públicos.
No sucede en los consultorios ni en los pasillos de urgencias. Sucede afuera, en la calle.
Ahí están las familias. Personas que esperan sin saber cuánto tiempo será. Que no se van porque no pueden irse. Porque adentro hay alguien que importa. Porque acompañar, incluso desde la banqueta, es la única forma de estar cerca cuando la incertidumbre domina.
La escena se repite: cobijas extendidas en el suelo, cartones para aislarse del frío, mochilas que sirven de almohada, termos con café que ya se enfrió. No hay baños disponibles, no hay agua, no hay un espacio seguro para resguardarse. Solo hay espera. Y la preocupación constante de no saber qué va a pasar.
Nadie está ahí por gusto. Están ahí porque cuidar no tiene horario. Porque el amor no entiende de turnos ni de horarios de visita. Porque irse a casa, descansar y volver al día siguiente no siempre es una opción cuando alguien que amas está luchando por su vida.
Esperar en esas condiciones cansa. El cuerpo resiente el frío, la incomodidad y la falta de sueño. Pero también cansa la mente. Cuando hablamos de salud pública, casi siempre pensamos en médicos, medicinas, camas y hospitales. Todo eso es indispensable. Pero muchas veces dejamos fuera una parte fundamental: la experiencia de las familias. La enfermedad no la vive solo quien está internado.
La familia también cuida. También se desvela. También se preocupa. También se cansa.
Por eso, la espera no puede seguir tratándose como algo secundario. Esperar en condiciones dignas debería ser parte del derecho a la salud. No es razonable que acompañar a un ser querido implique exponerse al frío, a la inseguridad o a la falta de servicios básicos. No es justo que cuidar tenga como costo el abandono institucional.
Esta realidad nos obliga a ampliar la mirada. La salud no termina en la puerta del hospital. La dignidad tampoco.
Al iniciar este año, presentaré en el Congreso una propuesta para garantizar espacios adecuados para las y los familiares de personas hospitalizadas. Espacios sencillos, pero dignos: lugares donde puedan resguardarse del frío, sentarse, descansar un poco, asearse y cubrir necesidades básicas mientras esperan noticias.
Esto con el objetivo de reconocer una necesidad real que hoy está siendo ignorada y asumir que el acompañamiento también forma parte del proceso de atención médica. Y que nadie debería poner en riesgo su propia salud por el simple hecho de estar cerca de alguien a quien ama.
Hablar de estos espacios es hablar del sistema de cuidados que sostiene a nuestro país todos los días. Un sistema que funciona gracias a las familias, a su presencia constante, a su resistencia silenciosa. Un sistema que muchas veces no se reconoce, no se nombra y no se protege.
Cuidar también desgasta. Cuidar también duele. Cuidar también necesita respaldo.
Cuando un sistema de salud no contempla a quienes cuidan, se queda incompleto. Cuando la espera se normaliza en condiciones indignas, se pierde de vista lo más importante: que detrás de cada paciente hay una historia, una familia y una red de apoyo que merece ser tratada con respeto.
Hay formas de hacerlo mejor. Hay espacios que pueden habilitarse. Hay decisiones que pueden tomarse cuando se pone a las personas en el centro. No es un tema imposible ni ajeno. Es una cuestión de voluntad y de enfoque.
Porque cuidar no debería significar pasar la noche a la intemperie. Porque acompañar no debería ser sinónimo de abandono. Y porque la dignidad no puede quedarse afuera de un hospital.
La espera, cuando se hace por amor, también cuenta. Y es momento de que nuestras leyes y nuestras políticas públicas lo reconozcan.





