México hizo bien en respaldar inicialmente la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de las Naciones Unidas. Su trayectoria justificaba perfectamente considerarla: dos veces presidenta de Chile, primera directora ejecutiva de ONU Mujeres y posteriormente alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Pero una cosa es reconocer méritos y otra muy distinta convertir un respaldo diplomático en compromiso inamovible. La política exterior seria también exige revisar escenarios, medir viabilidad y distinguir entre simpatía, afinidad y conveniencia internacional. México no está eligiendo a una amiga de América Latina; está contribuyendo a elegir a quien tendrá que conducir la principal organización multilateral del planeta en uno de sus momentos más difíciles.
La candidatura de Bachelet fue presentada originalmente por Chile, México y Brasil, pero el escenario político cambió cuando el nuevo gobierno chileno retiró su patrocinio al considerar que las posibilidades de éxito se habían reducido. Bachelet decidió continuar y, jurídicamente, sigue siendo candidata porque México y Brasil mantienen su nominación. La decisión mexicana de sostener el respaldo podía defenderse: un cambio de gobierno en otro país no tenía por qué determinar automáticamente nuestra política exterior y la trayectoria de la expresidenta chilena seguía siendo la misma. Sin embargo, conforme avanza el proceso, la diplomacia profesional tiene obligación de revisar si aquella candidatura conserva posibilidades reales de construir el consenso indispensable.
Las votaciones informales del Consejo de Seguridad han mostrado precisamente que el escenario no es sencillo. Otras candidaturas latinoamericanas han logrado mayores respaldos y Bachelet ha perdido fuerza respecto de las primeras rondas. Se trata todavía de sondeos informales y no definitivos, y además el verdadero peso de los cinco miembros permanentes con derecho de veto suele conocerse con mayor claridad conforme avanza el procedimiento. Pero ignorar las tendencias tampoco sería sensato. Respaldar una candidatura cuando existen posibilidades razonables es política exterior; sostenerla únicamente porque alguna vez se decidió apoyarla puede terminar convirtiéndose en obstinación.
Eso no implica desconocer ni disminuir a Michelle Bachelet. Su trayectoria internacional es considerable y merece respeto. También resulta legítimo cuestionar que una disputa política interna en Chile termine condicionando una candidatura de alcance global. Sin embargo, México tampoco tiene obligación de convertir esa controversia chilena en una causa propia. Nuestra responsabilidad es otra: participar inteligentemente en la elección de la próxima persona que encabezará Naciones Unidas.
Y no estamos hablando de cualquier cargo. António Guterres concluirá al final de este año una década al frente de una organización sometida a enormes presiones. El próximo secretario o secretaria general recibirá una ONU debilitada por guerras prolongadas, rivalidades entre grandes potencias, cuestionamientos sobre su eficacia, crisis humanitarias, necesidades financieras crecientes, retrocesos en derechos humanos y una extendida percepción de que el sistema multilateral celebra muchas reuniones pero posee demasiadas limitaciones para impedir tragedias.
Ucrania, Medio Oriente, África, desplazamientos humanos, cambio climático, pobreza, inteligencia artificial, nuevas disputas comerciales y confrontación geopolítica entre Estados Unidos, China y Rusia muestran una institución que continúa siendo indispensable pero cuya autoridad es constantemente desafiada. El problema de Naciones Unidas no consiste en que haya dejado de ser necesaria. Es exactamente lo contrario: nunca había sido tan necesaria y pocas veces había parecido tan limitada.
Por eso el proceso de elección no debería reducirse a cuotas regionales, simpatías personales o preferencias ideológicas. América Latina tiene razones suficientes para aspirar a que una persona de la región ocupe la Secretaría General. Han pasado décadas desde que un latinoamericano encabezó la organización y existen varias candidaturas con experiencia suficiente. Pero ni América Latina ni México deberían considerar que cualquier candidatura regional merece automáticamente el respaldo por el simple hecho de provenir de nuestro entorno geográfico.
La pregunta debe ser otra: ¿quién tiene mejores condiciones para construir acuerdos entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, dialogar con el resto de los Estados, defender la Carta de Naciones Unidas, mantener independencia respecto de las grandes potencias y, al mismo tiempo, hacer funcionar una enorme burocracia internacional que necesita reformas? Ésa es una combinación excepcionalmente difícil y exige algo más que una trayectoria prestigiosa.
El procedimiento obliga al pragmatismo. Formalmente, el Consejo de Seguridad debe recomendar un nombre a la Asamblea General. En la práctica, ninguna candidatura puede prosperar si alguno de los cinco miembros permanentes decide bloquearla. Por eso las primeras votaciones informales sirven para medir apoyos y rechazos y para identificar qué aspirantes tienen posibilidades de convertirse en figuras de consenso. Eso significa que no basta ser buen candidato; hay que ser candidato posible. Y ésa es una diferencia decisiva en diplomacia.
Puede existir una persona con trayectoria extraordinaria que resulte políticamente inviable para una o varias potencias. También puede aparecer alguien menos conocido públicamente pero con mayor capacidad para construir consensos. El trabajo de una cancillería consiste precisamente en leer esos equilibrios antes de que el resultado sea inevitable. México debe hacerlo sin complejos y sin pensar que revisar una decisión equivale a traicionar a quien recibió inicialmente nuestro respaldo. La política exterior no es una amistad personal ni un matrimonio. Se construyen alianzas, se respaldan candidaturas y se negocian posiciones conforme evolucionan los escenarios internacionales.
De hecho, mantener una candidatura que progresivamente pierde viabilidad puede terminar reduciendo la capacidad de negociación del propio país.
Hay un momento en cualquier elección multilateral en que los gobiernos deben decidir si continúan impulsando su primera opción o utilizan su respaldo para participar en la construcción de una candidatura de consenso. Saber cuándo hacerlo puede significar conservar influencia en la decisión final en lugar de llegar tarde, cuando los demás ya resolvieron.
Eso es particularmente importante para México. Nuestro país tiene una larga tradición multilateral, participó activamente en la creación de Naciones Unidas y ha defendido históricamente principios como la solución pacífica de controversias, la no proliferación nuclear y el derecho internacional. No somos un actor marginal en estos espacios. Precisamente por esa tradición deberíamos actuar con profesionalismo y no convertir una candidatura específica en prueba de lealtad política.
También sería equivocado leer la disputa únicamente como izquierda contra derecha. Bachelet proviene de la izquierda chilena y el gobierno que retiró el apoyo representa una opción política muy distinta. Pero México no debería decidir su posición simplemente porque simpatiza más con una corriente que con otra. La Secretaría General de Naciones Unidas no puede convertirse en extensión de una batalla ideológica latinoamericana.
La ONU necesita alguien capaz de hablar con gobiernos de izquierda, derecha, democracias, monarquías, potencias, países pequeños y regímenes con los que existen profundas diferencias. Ésa es precisamente una de las características del puesto. Quien lo ocupe deberá negociar con personas cuyos sistemas políticos y valores probablemente no comparta. Si llega identificado excesivamente con un bloque, pierde desde el primer día parte de la capacidad para cumplir esa función.
Bachelet posee experiencia internacional suficiente para comprenderlo. Su paso por Naciones Unidas le dio conocimiento de la institución y contactos globales. Eso forma parte de sus fortalezas. Pero también enfrenta resistencias y los sondeos indican que hoy existen otras candidaturas con mayor respaldo. La competencia sigue abierta y sería prematuro declarar un ganador. Precisamente por eso México no necesita precipitarse, pero tampoco debe cerrar los ojos.
Hay que utilizar las siguientes rondas para evaluar tendencias, identificar vetos, dialogar con Brasil, conversar con otros países latinoamericanos y determinar dónde puede México aportar a la construcción de un consenso. Si Bachelet recupera apoyos y demuestra viabilidad, existe plena justificación para sostenerla. Si continúa cayendo y queda claro que no puede obtener la recomendación del Consejo, habrá llegado el momento de buscar otra alternativa. Eso no sería abandono; sería diplomacia.
Aquí vuelve a aparecer una palabra que incomoda demasiado en la política: rectificar. También funciona en política exterior. Rectificar una posición cuando cambian las circunstancias no significa que la decisión original haya sido necesariamente equivocada. Puede haber sido correcta con la información disponible entonces y dejar de ser conveniente después. Confundir congruencia con inmovilidad es uno de los errores más frecuentes de los gobiernos.
La verdadera congruencia consiste en mantener principios. Las tácticas pueden cambiar. México puede conservar como principios la defensa del multilateralismo, la solución pacífica de controversias, los derechos humanos, la igualdad entre Estados y la aspiración legítima de una mayor presencia latinoamericana en la conducción de organismos internacionales. Nada de eso obliga a mantener indefinidamente a una sola persona como candidata.
Incluso puede ser saludable que América Latina revise su propia estrategia. La región llegó al proceso con varias figuras competitivas, pero la dispersión también puede impedir que cualquiera acumule suficiente apoyo. En algún momento será necesario dialogar entre gobiernos y decidir si conviene concentrar respaldos alrededor de quien tenga mejores posibilidades. No debería convertirse en pleito nacionalista. Una guyanesa, una costarricense, una chilena, una ecuatoriana o un argentino no representan automáticamente mejor o peor a México dependiendo de la bandera que porten. Lo importante es quién puede representar mejor los intereses generales del sistema multilateral y quién tiene capacidad para conducirlo.
Hay además un asunto de género que merece consideración. Naciones Unidas nunca ha tenido una mujer como secretaria general. Después de ocho hombres desde 1945, sería significativo que finalmente una mujer ocupara el cargo. Varias de las candidaturas actuales podrían hacer posible ese cambio histórico. Pero tampoco debería reducirse la elección únicamente a ese criterio. Una mujer competente no necesita que se le elija solamente porque es mujer; puede ser elegida porque reúne experiencia, liderazgo y capacidad política suficientes.
La ONU necesita legitimidad y también eficacia. Durante años el organismo ha recibido críticas, algunas injustas y otras perfectamente válidas, por burocracia excesiva, duplicación de funciones, lentitud administrativa y dificultad para convertir resoluciones en acciones. El próximo liderazgo deberá defender Naciones Unidas frente a quienes quieren debilitarla y, al mismo tiempo, reformarla frente a quienes pretenden conservarla exactamente como está.
Eso exige carácter.
Un secretario general que únicamente busque no incomodar a nadie puede terminar siendo irrelevante, pero uno que se convierta permanentemente en adversario de alguna potencia puede quedar paralizado. La función requiere una mezcla difícil entre independencia y capacidad de negociación. También hace falta autoridad moral. Cuando ocurren violaciones graves a derechos humanos, guerras o crisis humanitarias, la voz del secretario general debe tener peso, pero la autoridad moral no proviene solamente de emitir declaraciones. Proviene de mantener coherencia, hablar también cuando resulta incómodo y evitar dobles estándares dependiendo del país involucrado.
Ésa debería ser otra de las pruebas que México utilice para evaluar candidaturas. No quién nos cae mejor, no quién comparte mayor afinidad política con nuestro gobierno, no quién pertenece al grupo diplomático más cercano, sino quién puede conducir mejor la institución.
La política exterior mexicana ha cometido en distintos momentos el error de mezclar simpatías ideológicas con intereses de Estado. Ha ocurrido con gobiernos de diferentes partidos. Cada administración encuentra mandatarios, movimientos o gobiernos extranjeros con los que siente mayor cercanía, y esa afinidad puede terminar influyendo excesivamente en decisiones que deberían tomarse desde una perspectiva de más largo plazo. Los presidentes cambian; los intereses nacionales permanecen. La candidatura a la ONU es una buena oportunidad para demostrar que México puede separar ambas cosas.
Sheinbaum ha mostrado hacia Bachelet respeto y simpatía. Eso es perfectamente válido. También puede valorar positivamente su trayectoria política y su visión internacional. Pero cuando llegue el momento decisivo, la presidenta y la Cancillería tendrán que responder una pregunta mucho más fría: ¿puede ganar y puede desempeñar eficazmente el cargo? Si las respuestas son afirmativas, México debe seguir respaldándola. Si dejan de serlo, deberá actuar en consecuencia. Eso es lo que hacen los países que practican diplomacia profesional.
También conviene recordar que México y Brasil son ahora los países que formalmente sostienen la nominación de Bachelet después de que Chile se retiró. Eso nos otorga una responsabilidad adicional. No somos simples votantes observando desde afuera; somos patrocinadores de la candidatura. Por ello cualquier decisión futura debe hacerse con cuidado, respeto y diálogo con la propia Bachelet y con Brasil. No sería serio retirarse mediante declaraciones improvisadas, pero tampoco sería serio sostenerse solamente para evitar la incomodidad de una conversación difícil. La diplomacia está llena de conversaciones difíciles y en ellas se demuestra precisamente el oficio.
México debe aprovechar además este proceso para impulsar una discusión más importante sobre el futuro de Naciones Unidas. Elegir persona sin discutir institución sería insuficiente. La ONU necesita reformas en su funcionamiento, mejor coordinación entre agencias, mayor capacidad preventiva, mecanismos financieros más sólidos y una conversación inevitable sobre la representatividad del Consejo de Seguridad.
El mundo de 2026 no es el de 1945. La distribución del poder económico y político cambió radicalmente, pero buena parte de la arquitectura institucional internacional permanece anclada en el final de la Segunda Guerra Mundial. América Latina, África y otras regiones reclaman desde hace años mayor representación. El próximo secretario general no podrá modificar por sí solo esa estructura, pero deberá ser capaz de impulsar la discusión.
México debería preguntar a cada candidatura qué pretende hacer al respecto, cómo enfrentará la burocracia, cómo responderá a las crisis humanitarias, qué margen tendrá frente a las potencias, cómo abordará los desafíos de la inteligencia artificial, cómo reconstruirá confianza en el multilateralismo y cómo fortalecerá mecanismos preventivos para que Naciones Unidas actúe antes de que los conflictos exploten y no solamente después para repartir ayuda humanitaria.
Ésos son los asuntos importantes. La nacionalidad del candidato importa, la trayectoria importa, el género importa y la representación regional importa, pero ninguno de esos elementos debería pesar más que la capacidad para cumplir la función.
Por eso México debe conservar margen de maniobra. No romper precipitadamente con Bachelet, pero tampoco convertir el respaldo en dogma. Observar, dialogar, evaluar y decidir cuando llegue el momento. La diplomacia profesional sabe respaldar con firmeza, pero también sabe cuándo insistir deja de ser lealtad y empieza a convertirse en obstinación.
Michelle Bachelet merece respeto independientemente de cómo termine esta elección. Haber sido presidenta de su país y ocupar responsabilidades internacionales de primer nivel habla por sí mismo de su trayectoria. Si finalmente logra construir los apoyos necesarios, México podrá decir que sostuvo una candidatura valiosa incluso cuando su propio país de origen retiró el respaldo. Pero si las siguientes rondas confirman que no existe camino para alcanzar el consenso necesario, México deberá reconocerlo sin dramatismo.
No estaremos eligiendo un símbolo. Estaremos ayudando a elegir al próximo secretario general de Naciones Unidas. Y en un mundo tan fracturado como el actual, esa decisión es demasiado importante para tomarla por simpatía, afinidad o nostalgia política.
México debe actuar con principios, pero también con inteligencia. Porque en política exterior los afectos pueden explicar una preferencia inicial; los intereses, la capacidad y la realidad deben determinar la decisión final.
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