Ocho personas compiten por convertirse en la próxima secretaria o secretario general de Naciones Unidas. Los gobiernos hacen cuentas, las potencias esconden sus vetos, América Latina pretende recuperar un cargo que no ocupa desde hace décadas y África recuerda que también tiene razones para reclamarlo. Pero detrás de la batalla por nombres existe una pregunta mucho más importante: ¿qué recibirá quien gane? Una organización indispensable para millones de personas y, al mismo tiempo, incapaz de detener varias de las guerras que precisamente justifican su existencia.

La carrera ya muestra movimientos importantes. Carolyn Rodrigues-Birkett, de Guyana, encabeza hoy la fotografía provisional; Rebeca Grynspan, de Costa Rica, sigue siendo una de las figuras con mayor densidad internacional; Rafael Grossi, de Argentina, conserva respaldo importante pero también acumula resistencias; Macky Sall y Olara Otunnu mantienen viva la posibilidad africana; María Fernanda Espinosa aparece rezagada pero con pocos rechazos; Michelle Bachelet ha perdido fuerza de manera considerable; e Ivonne Baki, recién incorporada, todavía parece lejos de una posición competitiva. Todo esto puede cambiar, porque la verdadera elección empieza cuando se distinguen los votos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad y aparecen los vetos que hasta ahora permanecen ocultos. Ese es el primer gran punto: en Naciones Unidas no basta ser buen candidato, hay que ser candidato posible. Una persona puede tener trayectoria impecable, experiencia diplomática, conocimiento del sistema y reconocimiento internacional, pero si Estados Unidos, China, Rusia, Francia o Reino Unido decide bloquearla, el camino se termina. El secretario general no se elige solamente por méritos; se elige dentro de un sistema de equilibrios, intereses, vetos y negociaciones donde las grandes potencias siguen conservando un privilegio que viene directamente del orden mundial construido en 1945.

Ahí está una de las paradojas centrales de la ONU: quienes reclaman que la organización cambie son, en buena medida, quienes menos poder tienen para cambiarla; quienes sí tienen el poder para transformarla son precisamente quienes más perderían si esa transformación redujera sus privilegios. Por eso la batalla por la Secretaría General no puede analizarse solamente como competencia de personalidades. Hay bloques, intereses y cálculos nacionales. Estados Unidos buscará previsiblemente una figura capaz de mantener una relación funcional con Washington, que no convierta la Secretaría General en tribuna permanente contra la política estadounidense y que acepte una organización más austera y menos burocrática. China tiene un interés distinto: fortalecer el multilateralismo en aquellos espacios donde su peso global puede crecer y aprovechar cada vacío que deja Estados Unidos. Rusia necesita evitar una Secretaría identificada abiertamente con Occidente y conservar margen frente a Ucrania, sanciones y seguridad internacional. Francia y Reino Unido defienden una ONU fuerte, pero tampoco muestran entusiasmo por modificar demasiado una estructura que todavía les concede asiento permanente y derecho de veto.

El sur global observa el proceso desde otra perspectiva. América Latina reclama mayor peso político y considera que ha pasado demasiado tiempo desde que un latinoamericano encabezó la organización. África exige una representación mucho más acorde con su peso demográfico y con la cantidad de conflictos, operaciones de paz y desafíos de desarrollo que afectan al continente. Asia mantiene sus propios intereses. Y los países pequeños buscan algo que las grandes potencias rara vez consideran prioritario: una ONU que realmente proteja a quienes no poseen capacidad militar, económica o diplomática suficiente para defenderse solos.

De ahí que Carolyn Rodrigues-Birkett resulte hoy interesante. Guyana no pertenece al círculo de las grandes potencias y su candidatura puede aparecer como una opción menos polarizante. Su experiencia en Naciones Unidas y su perfil diplomático le permiten presentarse como figura de equilibrio. Pero encabezar una votación informal no significa tener asegurada la Secretaría. Necesita sumar al menos nueve votos en el Consejo de Seguridad y, sobre todo, evitar el veto de cualquiera de los cinco permanentes. La pregunta no es solamente cuántos la apoyan, sino quién podría decidir bloquearla. Rebeca Grynspan ofrece otro tipo de candidatura. Tiene experiencia económica, multilateral, regional y ejecutiva; ha ocupado responsabilidades internacionales de alto nivel y conoce bien las negociaciones entre desarrollo, comercio y política. Durante la primera etapa apareció como favorita, pero después comenzaron a crecer también los rechazos. Eso puede ser señal de que algunas potencias o algunos bloques no ven con entusiasmo su eventual liderazgo. Aun así, sigue siendo una de las candidaturas más sólidas y probablemente una de las que mejor combina conocimiento institucional y capacidad política.

Las columnas más leídas de hoy

Rafael Grossi representa un perfil distinto. Ha estado en el centro de algunos de los problemas más delicados del planeta desde el Organismo Internacional de Energía Atómica: Irán, seguridad nuclear, Ucrania y negociaciones donde cualquier error puede tener consecuencias globales. Esa experiencia le da enorme peso, pero también le genera resistencias. Quien se involucra directamente en conflictos entre potencias acumula inevitablemente enemigos. Grossi puede ser visto como alguien capaz de manejar crisis, pero también como alguien demasiado asociado con posiciones que alguna gran potencia considera incómodas. Macky Sall aporta la dimensión africana desde la experiencia presidencial, mientras Olara Otunnu conoce profundamente el sistema de Naciones Unidas y podría convertirse en figura de consenso si las candidaturas latinoamericanas terminan bloqueándose unas a otras. María Fernanda Espinosa tiene experiencia institucional y una cantidad relativamente baja de rechazos, lo cual puede ser más importante de lo que parece: en estas elecciones no siempre gana quien encabeza desde el principio; a veces avanza quien logra permanecer cuando los demás empiezan a recibir vetos.

Michelle Bachelet merece un análisis particular porque México y Brasil siguen sosteniendo formalmente su candidatura. Su trayectoria nadie puede desconocerla: dos veces presidenta de Chile, exdirectora de ONU Mujeres y exalta comisionada para los Derechos Humanos. Pero la política internacional no funciona sólo con currículums. Las últimas rondas han mostrado una pérdida considerable de respaldo y la propia Bachelet ha reconocido públicamente la dificultad del escenario. México deberá seguir observando si su candidatura conserva posibilidad real o si llega el momento de participar en la construcción de otra alternativa. Eso no sería traición ni abandono. Sería diplomacia. Los países apoyan candidaturas mientras consideran que son valiosas y viables. Cuando la viabilidad desaparece, también deben tener capacidad para modificar su estrategia. Lo verdaderamente importante no es sostener hasta el final un nombre por orgullo, sino utilizar la influencia disponible para contribuir a una decisión que convenga al sistema internacional y a los intereses nacionales.

Pero mientras se discute quién puede ganar, convendría hacer una pregunta previa: ¿qué significa realmente ganar esta elección? Quien resulte elegido recibirá una organización en una de las etapas más difíciles de su historia. António Guterres terminará su mandato dejando una ONU golpeada por guerras prolongadas, enfrentamientos entre grandes potencias, crisis humanitarias, restricciones financieras, cuestionamientos sobre su eficacia y una percepción creciente de impotencia frente a los conflictos más visibles. La guerra en Ucrania mostró brutalmente uno de los límites del sistema: uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad puede ser parte directa del conflicto y al mismo tiempo conservar derecho de veto sobre decisiones fundamentales relacionadas con ese mismo conflicto. El problema no es de procedimiento menor. Es estructural.

En Medio Oriente ocurre algo semejante. Dependiendo del tema y del momento, Estados Unidos utiliza su poder para proteger a Israel de determinadas resoluciones mientras Rusia y China utilizan sus votos para confrontar posiciones occidentales en otros asuntos. El Consejo de Seguridad termina demasiadas veces convertido en escenario donde las grandes potencias reproducen sus disputas en lugar de resolverlas. Y entonces el ciudadano común observa la televisión, ve guerras, desplazados, destrucción, muertos, hambre y pregunta con razón: ¿para qué sirve la ONU?

La respuesta merece honestidad. No sirve para todo. No tiene un ejército propio capaz de imponer la paz a una potencia, no puede eliminar un veto, no puede obligar fácilmente a Estados Unidos, Rusia o China a cumplir una decisión que consideran contraria a sus intereses estratégicos y no es un gobierno mundial. Quizá uno de sus grandes problemas de imagen consiste precisamente en que millones de personas esperan de ella poderes que nunca tuvo. Pero sería igualmente equivocado concluir que no sirve para nada. Naciones Unidas sostiene una enorme cantidad de funciones que rara vez ocupan titulares: asistencia a refugiados, alimentación, salud, protección de la infancia, vacunación, coordinación humanitaria, aviación civil, telecomunicaciones, derecho internacional, apoyo a desplazados, misiones de paz, atención a desastres, desarrollo y mediación. Hay millones de personas cuya supervivencia depende directa o indirectamente de agencias del sistema de Naciones Unidas.

Ese trabajo existe, pero el problema es que la organización falla precisamente donde el mundo más la mira: en la prevención y solución de las grandes guerras. Y ahí vuelve a aparecer el defecto de origen. La ONU nació en 1945 después de la mayor catástrofe bélica de la historia. Para conseguir que las potencias vencedoras permanecieran dentro del sistema se les concedió un privilegio extraordinario: asiento permanente y veto en el Consejo de Seguridad. Era un precio político. La lógica era simple: una organización internacional sin Estados Unidos, Unión Soviética, China, Reino Unido y Francia habría nacido prácticamente condenada. Ochenta años después, el precio sigue pagándose. El veto que permitió mantener a las grandes potencias dentro de la organización es también el instrumento que puede impedir que la organización actúe contra ellas. La ONU no fracasa porque carezca de reglas; fracasa muchas veces cuando quienes escribieron las reglas deciden que no se les apliquen.

Ése es el problema que ningún secretario general puede resolver por sí mismo. Puede negociar, mediar, denunciar, movilizar ayuda, presionar moralmente y utilizar los buenos oficios de la Secretaría, pero no puede quitar el veto a Rusia, Estados Unidos, China, Francia o Reino Unido. Por eso juzgar a Guterres exclusivamente por la incapacidad de detener Ucrania o Medio Oriente sería incompleto. La pregunta correcta es cuánto pudo hacer dentro de una estructura deliberadamente limitada y cuánto dejó de hacer por falta de liderazgo o decisión. Ese mismo criterio deberá utilizarse con quien lo sustituya.

La autoridad moral del secretario general sí importa, y mucho. Una persona con credibilidad puede abrir puertas que otras no abren, mediar discretamente, construir puentes, convencer gobiernos, movilizar opinión internacional y colocar temas en la agenda. Pero la autoridad moral también tiene límites cuando las potencias consideran que están en juego intereses vitales. Por eso la siguiente persona debe reunir dos cualidades que a veces parecen contradictorias: suficiente independencia para no convertirse en empleado de los grandes y suficiente pragmatismo para conseguir que los grandes sigan hablando con ella. Un secretario general que quiera agradar a todos terminará siendo irrelevante; uno que convierta a alguna gran potencia en enemigo permanente puede quedar incapacitado para negociar. La dificultad está precisamente en medio.

Y no es el único reto. La ONU atraviesa además una crisis financiera seria. El incumplimiento y retraso en las cuotas de algunos Estados han obligado a recortar operaciones, disminuir personal y revisar presupuestos. Las agencias humanitarias afrontan necesidades crecientes precisamente cuando disponen de menos recursos. Es una contradicción brutal: aumentan guerras, desplazados y emergencias mientras disminuye la capacidad financiera para responder. La próxima Secretaría General tendrá entonces que hacer algo que pocas burocracias internacionales disfrutan: reformarse. Reducir duplicidades, mejorar coordinación, eliminar estructuras que dejaron de tener sentido, priorizar, medir resultados y demostrar que cada dólar que recibe produce valor. Defender la ONU no puede significar defender automáticamente toda su burocracia. Hay organismos que funcionan extraordinariamente bien y otros que necesitan cambios profundos. El multilateralismo no puede pedir confianza mientras se niega a rendir cuentas sobre eficacia.

Y aquí Estados Unidos tiene, a pesar de muchas de sus exageraciones, un argumento que no debería descartarse por venir de Washington: la organización necesita mayor eficiencia. El problema aparece cuando la exigencia de eficiencia se convierte en pretexto para debilitar programas que resultan incómodos políticamente o abandonar responsabilidades internacionales. Reformar no significa destruir. Significa conseguir que funcione mejor. También China utilizará esta etapa para ampliar su presencia. Mientras Washington cuestiona organismos multilaterales, Pekín presenta cada vez más su participación como defensa del sistema internacional. Pero sería ingenuo interpretar eso como altruismo. China entiende perfectamente que las organizaciones internacionales son también espacios de poder. Coloca funcionarios, construye alianzas, financia proyectos y busca influir en normas técnicas y políticas que terminarán afectando comercio, tecnología, comunicaciones y desarrollo. La ONU es escenario humanitario, pero también es escenario geopolítico, y precisamente por eso la elección de su secretario general importa.

México debe mirar el proceso desde esa perspectiva, no solamente desde simpatías regionales. Nuestro país tiene una larga tradición multilateral y debería utilizarla para impulsar ciertas preguntas antes de otorgar un respaldo definitivo: ¿quién está dispuesto a plantear una reforma seria del sistema?, ¿quién defenderá la independencia de la Secretaría frente a los P5?, ¿quién entiende las necesidades del Sur Global sin convertirlas en discurso vacío?, ¿quién puede administrar mejor una institución financieramente presionada?, ¿quién tiene capacidad real de mediación?, ¿quién puede hablar con Washington, Moscú y Pekín sin convertirse en instrumento de ninguno?, ¿quién está dispuesto a medir resultados y reconocer fracasos? Esas preguntas importan más que la nacionalidad.

La representación regional importa, por supuesto. Sería saludable una mayor presencia latinoamericana o africana en los espacios más importantes de decisión. También sería históricamente significativo que Naciones Unidas tuviera por primera vez una mujer como secretaria general. Ocho hombres han ocupado el cargo desde 1945. Pero ni género ni región deben sustituir capacidad. Una mujer competente no necesita ser elegida solamente porque sea mujer y un latinoamericano competente no necesita ser elegido únicamente porque “ya toca” a América Latina. La representación tiene valor cuando viene acompañada de liderazgo.

Y la elección debería abrir además una discusión mucho más profunda sobre el Consejo de Seguridad. El mundo de 2026 no se parece al de 1945. India tiene una población superior a la de prácticamente cualquier país y una economía gigantesca. África carece de representación permanente pese a tener más de cincuenta Estados. América Latina tampoco dispone de asiento permanente. Japón y Alemania son potencias económicas que continúan fuera del núcleo decisorio. La arquitectura refleja el final de la Segunda Guerra Mundial más que la distribución actual del poder.

Todos lo saben, todos hablan de reformarla y casi nadie consigue hacerlo, porque nuevamente regresamos al mismo problema: cualquier modificación seria requiere la aceptación de quienes podrían perder privilegios. Ahí está la trampa. Los P5 dicen que la ONU necesita modernizarse, pero modernizarla verdaderamente significaría compartir poder, y compartir poder es algo que las potencias suelen defender con entusiasmo solamente cuando se trata del poder de los demás.

Por eso quizá debamos ser más realistas respecto de lo que puede conseguir el próximo secretario general. No reformará por sí solo el Consejo, no eliminará vetos y no terminará guerras por decreto, pero sí puede utilizar su mandato para convertir la reforma en una discusión imposible de seguir posponiendo. Puede obligar moralmente a los Estados a explicar por qué un sistema creado hace ochenta años debe permanecer prácticamente intacto, transparentar más los costos del veto, fortalecer mecanismos preventivos, mejorar mediación, reducir burocracia, hacer más eficaz la ayuda humanitaria y recuperar cierta confianza. No sería poco.

La ONU nunca será perfecta porque está integrada por Estados que tampoco lo son. La organización refleja las contradicciones del mundo que la creó. Si sus miembros están enfrentados, la institución también lo estará. Si las grandes potencias prefieren competir antes que cooperar, ninguna Secretaría General podrá fabricar armonía. Pero precisamente por eso necesitamos que exista. La alternativa a un multilateralismo imperfecto no es automáticamente un multilateralismo perfecto; puede ser ningún multilateralismo, y un mundo donde cada potencia actúe únicamente conforme a su fuerza probablemente sería mucho más peligroso.

Conviene recordar por qué nació Naciones Unidas. No para construir un mundo sin conflictos de la noche a la mañana, sino para evitar que los conflictos terminaran nuevamente en una guerra mundial. En esa función más elemental, el balance histórico no es insignificante. No hemos tenido una Tercera Guerra Mundial. Eso no puede atribuirse exclusivamente a la ONU, desde luego. La disuasión nuclear, el equilibrio de poder, las alianzas y la economía global han influido enormemente. Pero tampoco puede afirmarse que las estructuras multilaterales no hayan contribuido a mantener canales de comunicación incluso en los momentos más peligrosos. La ONU sigue siendo el lugar donde países que no se hablan bilateralmente pueden terminar sentados en la misma sala. Eso tiene valor, pero no basta.

Después de ochenta años, la organización necesita algo más que sobrevivir. Necesita demostrar utilidad. Y ahí está la verdadera batalla, no entre Rodrigues-Birkett, Grynspan, Grossi, Sall, Otunnu, Espinosa, Bachelet o Baki, sino entre una ONU capaz de reformarse y una ONU resignada a administrar su propia irrelevancia. La próxima persona que ocupe la Secretaría General llegará con un título enorme y un poder mucho menor de lo que ese título sugiere. Su éxito dependerá de cuánto pueda ampliar ese margen.

México debe participar activamente en la elección y hacerlo con cabeza fría. Apoyar a quien considere mejor, revisar esa decisión si la candidatura deja de ser viable y utilizar su peso diplomático para impulsar una figura que combine experiencia, independencia y capacidad de construcción de consenso. Pero también debería aprovechar esta sucesión para exigir una discusión sobre la institución misma, porque elegir un gran secretario general para administrar una organización paralizada sería un triunfo demasiado pequeño.

La pregunta no es solamente quién merece dirigir Naciones Unidas, sino si Naciones Unidas está dispuesta a cambiar lo suficiente para volver a merecer el lugar que ocupa. El mundo no necesita únicamente un nuevo jefe de la ONU. Necesita una ONU que conserve lo mucho que sí hace bien, corrija aquello que no funciona y recupere capacidad para intervenir donde hoy parece impotente.

Porque si después de cada guerra, cada veto y cada crisis la respuesta termina siendo que la organización no podía hacer nada, llegará inevitablemente el momento en que más ciudadanos y gobiernos se pregunten por qué deberían seguir sosteniéndola. Y ése sería el peor desenlace: no que la ONU tenga defectos, sino que el mundo deje de creer que vale la pena corregirlos.

La próxima elección decidirá quién dirigirá Naciones Unidas. La verdadera elección es otra: reformarla para que vuelva a ser útil o resignarnos a verla cada vez más grande en estructura y cada vez más pequeña en resultados.

X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinión.salcosga23@gmail.com