“La posesión de riqueza confiere honor.”
Thorstein Veblen
En la película Nosotros los Nobles, un padre finge la ruina familiar para que sus hijos descubran el valor del trabajo. En Morena ocurrió al revés: el movimiento fingió austeridad para que “sus hijos” descubrieran el lujo. En la película, los ricos tienen que aprender a vivir sin dinero; en la 4T, muchos aprendieron a vivir con él apenas llegaron al poder. No todos encontraron vocación de servicio, ¡pero vaya que encontraron las salas VIP!
También podría titular esta columna “Los ricos de Morena también lloran”, aunque casi siempre lloran cuando alguien pregunta por el origen de lo que presumen. “Viene de antes”, “lo heredé”, “fue un regalo” y “la señora es la del dinero” forman ya el catecismo de la fortuna repentina. No prueban corrupción, desde luego; tampoco sustituyen la transparencia. Su función es amputar el contexto, esconder la relación con el poder y convertir una explicación interesada en certificado de inocencia. Después exigen disculpas a quien tuvo la insolencia de preguntar. Primero el Rolex; después el martirio. ¿Se entiende?
Ahora tocó el turno a Josefina Rodríguez Zamora, secretaria federal de Turismo. Lo aclaro: lucir un Cartier o un diamante “corte princesa” no demuestra por sí mismo que exista dinero público o de procedencia ilícita. Nadie le exige vestir sayal ni llegar a las reuniones en burro. El punto es otro: la riqueza puede ser lícita; la incongruencia, esa ya está acreditada. Rodríguez asegura que todo proviene de su patrimonio familiar (fuertemente ligada a consorcios restauranteros), fue adquirido antes de llegar al gabinete y se encuentra debidamente reflejado en sus declaraciones. Magnífico. Entonces no debería existir inconveniente alguno en que la Secretaría Anticorrupción coteje bienes, ingresos y fechas. Qué mejor oportunidad para demostrar que el “buen gobierno” no es únicamente parte del nombre de la dependencia.
En las versiones públicas conocidas no aparecen las propiedades ni las joyas señaladas, pero eso no permite concluir automáticamente que incumplió la ley: en una declaración de modificación solo deben consignarse los cambios patrimoniales del periodo. Para saber si existió una omisión habría que revisar la declaración inicial, las fechas de adquisición y la información completa que resguarda la autoridad. Precisamente para eso existe —o debería existir fuera de los organigramas— un sistema de evolución patrimonial.
Yo no afirmo que la funcionaria haya cometido una ilegalidad; afirmo que su palabra no puede sustituir una verificación. Transparencia no es creer ni condenar: es comprobar. Concepto exótico, lo sé…
Y es que más allá de este caso que comento, en general el “patrimonio familiar” se ha convertido en una coartada muy socorrida de la 4T. Tratándose de servidores públicos, la procedencia y compatibilidad de los bienes con los ingresos sí son materia de interés colectivo cuando pueden revelar enriquecimiento inexplicable, conflictos de interés, regalos indebidos o beneficios derivados del cargo. Los funcionarios tienen derecho a la intimidad obviamente, pero no pueden declarar privada la información necesaria para saber si el poder financió, facilitó o encubrió sus privilegios. El reloj puede ser privado; la obligación de explicarlo, no necesariamente. Más cuando tienen fascinación por presumirlos en redes sociales y revistas del corazón…
No me propongo hacer aquí el catálogo completo de la nobleza morenista; para eso harían falta varios tomos y un suplemento de sociales. Bastan los hijos de López Obrador y sus viajes; Mara Lezama y los aviones privados; Gerardo Fernández Noroña y su conversión a la clase ejecutiva, además de su casa en Tepoztlán; Layda Sansores en Madrid; María Monreal en la Semana de la Moda de París; los ranchos adquiridos por José Ramiro López Obrador; las propiedades vinculadas con la familia Bartlett y el palacete atribuido a Rocío Nahle. Cada caso tiene circunstancias distintas y ninguno debe convertirse en delito sin pruebas.
Pero sí hay de entrada algo más sencillo que los une: alrededor del poder morenista, el árbol genealógico no solo da sombra; también produce ranchos, viajes, negocios y puntos de viajero frecuente.
Y aquí entran mis referencias académicas que ya vienen siendo parte de un sello personal en mis escritos: Milovan Djilas llamó “la nueva clase” a la burocracia que, en nombre de la igualdad, termina apropiándose de los beneficios del sistema que administra. Por su parte, Thorstein Veblen explicó el consumo ostensible como la exhibición de riqueza destinada a acreditar posición social. Morena fundió ambas ideas y las tradujo al español de la transformación: primero los pobres; primera clase para nosotros. El poder proporciona el acceso y el lujo anuncia que ya se pertenece a quienes mandan.
Tengo muy presente otra comparación porque actualmente estoy viendo en Netflix The Handmaid’s Tale —El cuento de la criada—, la novela de Margaret Atwood llevada a la televisión. La historia transcurre en la teocracia ficticia de Gilead, donde una moral fanática regula la vida de todos. Sin embargo, existe Jezebel’s, el club clandestino donde los comandantes que imponen puritanismo y represión al resto de la sociedad disfrutan en privado exactamente aquello que prohíben. Supongo que hasta los custodios de la virtud necesitan servicio de bar…
Mientras veo la serie, resulta difícil no pensar en la 4T. Como los comandantes de Gilead, su élite necesita una moral para el pueblo y una puerta trasera para sí misma. Cuanto más rígido el sermón, más exclusivo el reservado. No es solamente un mercado negro de frivolidad, lo que debiera ser suficiente. Es la hipocresía convertida en privilegio jerárquico. Los de abajo obedecen la moral; los de arriba administran sus excepciones. Austeridad para llevar, pero a otro domicilio…
A Josefina Rodríguez le corresponde además una ironía hecha a la medida: la titular de Turismo ha viajado mucho más lejos de la austeridad que el sector turístico de sus propias proyecciones. Antes del Mundial se anunciaron 5.5 millones de visitantes; el Consejo Nacional Empresarial Turístico estimó después que llegaron unos 850 mil, mientras Deloitte calculó apenas 494 mil vinculados específicamente con el torneo. Sectur, en cambio, presumió 7.8 millones de viajeros nacionales e internacionales en las tres ciudades sede.
Las cifras no miden lo mismo. Justamente ahí está el truco: para borrar el fracaso de la 4t en esa proyección específica se presentó una categoría muchísimo más amplia, compuesta por toda clase de viajeros, hayan llegado a México o no por el futbol. Es el método de la 4T que describí al analizar el Segundo Informe: tomar una cifra posiblemente cierta, extirparle el contexto, esconder el costo y convertirla en propaganda. Para contar sus resultados, Sectur viaja en clase turista: mete a todos en el mismo asiento. Los turistas prometidos no llegaron, pero la estadística oficial sí hizo viaje redondo.
Esa es la tesis de fondo: la 4T no eliminó los privilegios; se apropió del derecho moral a disfrutarlos. Convirtió la pobreza en fuente de legitimidad electoral y la austeridad en obligación para los demás. Jurídicamente, esta regula el uso de los recursos públicos, no el guardarropa de los funcionarios; políticamente, Morena la convirtió en la prueba de su supuesta superioridad moral y la utilizó durante años para descalificar a sus adversarios. Ahora pretende que el sermón sea público y la excepción, patrimonio familiar. Así no se puede o no debería poderse.
La expresión histórica era “gobierno rico con pueblo pobre”. Morena encontró una variante más rentable: pueblo pobre para sostener un gobierno de ricos. No porque quienes menos tienen sean responsables de semejante perversión, sino porque su necesidad se transformó en capital político. La pobreza dejó de ser únicamente un agravio que debía superarse y se volvió una condición que el régimen administra, subsidia y utiliza para perpetuarse. Socializaron la austeridad y privatizaron el lujo; eso sí, en familia.
Por eso el llamado de Claudia Sheinbaum a comportarse “con sencillez y humildad” debería resultar innecesario si la austeridad fuera una norma real y no escenografía. Una presidenta no tendría que pedir humildad como quien solicita silencio en la sala: tendría que exigir declaraciones patrimoniales completas, ordenar verificaciones y aplicar consecuencias. Sin investigación ni sanción, la exhortación se vuelve confesión de impotencia. Claudia pide humildad porque ya comprobó que obediencia no puede pedir.
Hasta ahora, nadie parece temer las consecuencias de contradecirla. Todos la aplauden, pero pocos le hacen caso. Se ponen de pie para ovacionar a la Presidenta y vuelven a sentarse sobre sus privilegios. Mientras ella pronuncia el sermón de la austeridad, sus funcionarios reservan mesa en el restaurante de lujo para comentarlo. Aplaudir a Claudia sale barato; obedecerla, por lo visto, resulta excesivamente costoso.
A mí no me molesta que alguien de origen modesto adquiera riqueza. Sostenerlo sería clasista, nefasto y absurdo. Me molesta que el poder sustituya la formación, la responsabilidad pública y la rendición de cuentas por la ostentación; que quienes condenaron el lujo ajeno lo conviertan en credencial de su propio ascenso. El dinero compra relojes, bolsos y reservaciones. No compra sobriedad, educación cívica ni sentido del ridículo.
En este régimen la combinación está resultando demoledora: ostentación privada e ineptitud pública. Un horror: no solo viven como nobles; gobiernan como aficionados.
Hoy en día estamos frente a esta situación: Claudia y la 4T no pueden emprender una limpieza profunda de funcionarios ostentosos porque descubrirían que no son manchas aisladas; son el estampado de la tela. Si Morena expulsara a quienes mezclan familia y poder, confunden patrimonio personal con fuero político y exigen austeridad sin practicarla, quizá todavía conservaría el registro; lo que no sabemos es si conservaría algún militante.
En el movimiento no traicionaron accidentalmente al sistema: SON su producto natural. Un sistema que reparte poder sin controles, exige lealtad en lugar de competencia y sustituye la rendición de cuentas por identidad política termina, inevitablemente, fabricando su propia casta dorada.
La 4T prometió separar el poder político del económico y terminó utilizándolos como régimen de bienes mancomunados. Sus nobles viajan, estrenan, heredan, reciben regalos y luego se victimizan; los ciudadanos —especialmente las clases medias cautivas— pagamos los impuestos. No acabaron con el gobierno rico y el pueblo pobre.
Descubrieron algo más rentable: que el voto de los pobres puede sostener durante mucho tiempo al gobierno de los ricos. Nosotros los nobles… de Morena. Ustedes, los austeros por decreto.



