La conversación telefónica entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump, sostenida este lunes, arroja una lectura ambivalente: deja un saldo que tranquiliza momentáneamente, pero también reactiva alertas que México no puede ignorar.

Donald Trump parece continuar usando a México para reforzar un estilo performativo de dominación que busca proyectar amenazas a la autonomía política de nuestro país para generar la ilusión de un Donald Trump dominando todo el continente .

Prácticamente, la llamada se dio unas horas después de que Donald Trump se autoproclamara Presidente de Venezuela, haciendo vivo el escenario más distópico posible.

El elemento positivo de la llamada es que Sheinbaum aún mantiene el control de la situación en tanto que ambos gobiernos ratifican su decisión de mantener abiertos los canales de coordinación en materia de seguridad, justo en uno de los momentos más delicados de la relación bilateral. Sheinbaum calificó el diálogo como “bueno” y subrayó la coincidencia en continuar el trabajo conjunto contra el crimen organizado, bajo un principio que no es accesorio: respeto mutuo y soberanía. En un contexto de tensiones políticas permanentes, la sola continuidad del diálogo ya constituye un activo estratégico.

Sin embargo, Donald Trump vuelve a colocar a México en el centro de una narrativa que le resulta funcional: la del liderazgo dominante que amenaza, presiona y proyecta control sobre el continente. No se trata solo de seguridad, sino de una escenificación política que busca consolidar una imagen de poder unilateral, incluso a costa de la autonomía de otros Estados.

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Nuestro caso es una excepción. Prácticamente, México ha cumplido con todo y pareciera que no se trata de cooperación ni de seguridad o cárteles, sino de una meta expansionista e imperialista basada en la búsqueda de argumentos para justificar intervenciones.

El hecho es que esto resulta disonante con la realidad, pues la gestión en seguridad ciudadana de Sheinbaum bajo el mando de Omar García Harfuch ha logrado la mayor productividad en detenciones de alto impacto, decomisos de sustancias, investigaciones y colaboración. Ninguna otra secretaría de seguridad había colaborado con tanta eficiencia y al mismo tiempo, nunca antes había tenido acceso a tantas herramientas para el logro de sus fines, me refiero a la última reforma en la materia que faculta al uso de tecnologías para la inteligencia criminal.

Por eso, es tan inquietante cuando la presidenta revela que Trump insistió, una vez más, en su “oferta” de apoyo militar estadounidense para combatir a los cárteles en territorio mexicano. No es una idea nueva, pero sí es significativo que vuelva a plantearse de forma directa. La respuesta de Sheinbaum fue inequívoca: cooperación sí, tropas extranjeras no. Una línea clara, sostenida sin estridencias, pero sin margen para interpretaciones.

Esa negativa no desconoce el trasfondo de la presión. Desde Washington, y particularmente desde la lógica de Trump, los avances de México en seguridad no resultan suficientes. Y ahí emerge una contradicción evidente. Bajo la conducción de Omar García Harfuch, la política de seguridad ha alcanzado niveles inéditos de eficiencia: disminución de homicidios dolosos, disminución de secuestro y feminicidios, desmantelamiento de narcolaboratorios, decomiso más alto en la historia de drogas y fentanilo, detención de más de 30 mil personas por delitos de alto impacto incluyendo funcionarios públicos. A ello se suma un marco jurídico renovado que permite el uso de tecnologías avanzadas de inteligencia, herramientas que antes no existían con tal amplitud y que permiten identificar un progreso en marcha de estrategias de combate a la criminalidad.

Pese a ello, el discurso estadounidense insiste en la insuficiencia. El problema es que nadie sabe con certeza cuáles son los criterios de evaluación: ¿más decomisos?, ¿figuras criminales de alto perfil?, ¿actores políticos vinculados?, ¿o simplemente un pretexto permanente?. México ha cumplido en prácticamente todos los frentes, lo que refuerza la sospecha de que no estamos ante una discusión genuina sobre seguridad, sino frente a una lógica expansionista que busca argumentos para justificar presiones —o intervenciones— futuras.

La indefinición de lo que podría “satisfacer” a Trump se convierte, por sí misma, en un factor de riesgo. En ese escenario, la frontera entre seguridad y comercio se diluye. Los aranceles vigentes, la próxima revisión del T-MEC y las reglas comerciales dejan de ser temas técnicos para convertirse en fichas de negociación política. Todo está interconectado: migración, seguridad, soberanía y comercio.

Trump ya ha dejado claro que el derecho internacional y el cumplimiento de los tratados no son, para él, límites reales; basta su propio criterio moral y la expectativa mediática. Frente a ello, el desempeño de García Harfuch se vuelve un respaldo clave para la postura firme de la presidenta. Sheinbaum sabe que esos resultados no pueden —ni deben— ser utilizados como justificación para aceptar “ayudas” que vulneren la soberanía nacional.

La relación comercial entre México y Estados Unidos, una de las más profundas del mundo, ha dejado de ser un terreno relativamente estable. Las amenazas arancelarias, las revisiones regulatorias y la reinterpretación de reglas formarán parte del menú. La revisión del T-MEC se perfila como un proceso áspero, cargado de elementos estratégicos que irán mucho más allá del intercambio económico.

Sheinbaum parece consciente de este escenario. Su discurso público apuesta por subrayar avances, sostener el diálogo y reducir tensiones. Es una estrategia de contención, de administración del riesgo, en una relación marcada por una asimetría estructural que limita los márgenes de maniobra de México.

Después de la llamada, el riesgo de una intervención directa se atenúa, pero no desaparece. Trump seguirá midiendo los resultados desde su propia óptica y desde una vara incierta. Si considera que la espera ha sido excesiva o que sus objetivos no se cumplen, no dudará en escalar: más amenazas, mayores exigencias, presiones comerciales más duras o, en el peor de los escenarios, acciones unilaterales.

La llamada fue, en realidad, un respiro táctico. La relación bilateral entra en una fase donde cada avance será examinado y cada demora tendrá costos.

Para México, el reto es tan complejo como ineludible: demostrar resultados sin ceder soberanía, y negociar con firmeza en un entorno donde absolutamente todo está en juego.

Hablando de soberanía, valdría la pena un análisis cuestionando sobre si gobernar midiendo la satisfacción de un mandatario extranjero no lesiona por sí misma la soberanía y autonomía de un país.

Distópico es poco.

Lo que se asoma en el horizonte no es solo una relación bilateral tensa, sino un escenario donde las reglas que durante décadas sostuvieron el equilibrio internacional comienzan a diluirse. Un mundo en el que la cooperación se redefine como subordinación y la ayuda se ofrece como amenaza, en el que el Derecho ha muerto... La alegoría recuerda al caprichoso encajoso que siempre quiere más y más, no queda satisfecho con nada hasta que el golpe de realidad le coloca un límite que se interpreta como agresión.

Dar todo lo que quieren y ceder demasiado nos coloca en el riesgo de que el primer límite o negativa sea interpretada como una provocación. Por eso vale la pena insistir en la sensatez de una presidenta que no pierde la firmeza sobre los límites de la colaboración.