“El Ur-Fascismo puede volver bajo las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice cada una de sus nuevas formas”.
Umberto Eco, El fascismo eterno
El gobierno exhibe una lista negra de periodistas, políticos y medios. Después, la funcionaria que la presentó —no deja de ser irónico y sintomático que se trate de la consejera jurídica de la Presidencia— niega que se trate de una lista. Nada extraño: en la 4T de los eufemismos, las cosas dejan de ser lo que son en cuanto alguien las llama por su nombre… y una lista puede convertirse, con suficiente presupuesto público, en cualquier otra cosa.
Llamémoslas así, por lo que son. Luisa María Alcalde no apareció para defender jurídicamente una política pública, sino para producir propaganda partidista desde Palacio Nacional. El Estado fue puesto al servicio de la defensa de la 4T, que no es una institución constitucional ni un sinónimo de México: es la marca electoral de Morena. Así de grave, aunque los simpatizantes obradoristas que “habitan” en la prensa quieran minimizarlo. Al parecer, la separación entre partido y gobierno también resultó neoliberal...
Ahí está el primer abuso: no se defendió al Estado mexicano; se defendió al movimiento partidista. El gobierno utilizó a Presidencia, servidores públicos, cámaras, producción y canales oficiales para presentar una lista de quienes le resultan incómodos. Todo pagado por los contribuyentes, incluidos los propios contribuyentes enlistados. La austeridad alcanza para muchas cosas, especialmente para la propaganda.
La lista no es inocua. México es uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo y uno de aquellos donde los asesinatos de comunicadores quedan impunes con mayor frecuencia. En esas condiciones, el señalamiento desde la tribuna presidencial puede elevar riesgos, legitimar hostigamientos y producir autocensura. La militancia más fanatizada no suele distinguir entre una crítica formulada desde el poder y una instrucción para atacar. Tampoco parece tener demasiado interés en aprender la diferencia.
Sin embargo, intimidación y distracción no son explicaciones excluyentes. Ahí reside la perversidad de la maniobra: intimida a unos, halaga a otros y entretiene a todos. Eficiencia gubernamental, finalmente, aunque aplicada al ramo equivocado.
Alcalde colocó una trampa hecha de vanidad y muchos corrieron a tomarse la fotografía dentro de ella. No les entregó una orden de aprehensión; les prendió una medalla imaginaria y muchos de los señalados organizaron la ceremonia de premiación. No faltó quien se acomodara para salir mejor en la foto.
Los comunicadores que se dicen profesionales mordieron el anzuelo. Algunos se regodearon con su inclusión, difundieron las láminas, circularon sus propios nombres y exhibieron el señalamiento como una condecoración democrática. Faltar en la lista casi parecía una descortesía del régimen. O, peor aún, un fracaso curricular.
El gobierno conoce perfectamente ese resorte psicológico: “si aparezco en la lista, significa que le importo al poder”. Así, la lista alimenta simultáneamente dos vanidades: la del gobierno, que se imagina sitiado por una gigantesca conspiración, y la de sus críticos, que se consideran peligrosísimos para Palacio. Todos satisfechos; la realidad, como de costumbre, puede esperar.
Podríamos llamarlo narcisismo estratégico: el régimen no necesita silenciar a todos sus adversarios si consigue que hablen únicamente del tema elegido por el propio régimen.
Daniel Boorstin llamó “pseudoacontecimiento” al suceso fabricado expresamente para ser reproducido por los medios. No ocurre espontáneamente ni revela algo sustantivo: se monta para obtener cobertura y adquiere importancia gracias a la cobertura que provoca. La lista de Luisa María Alcalde fue exactamente eso. No descubrió una conspiración; produjo un espectáculo. Sus destinatarios aportaron gratuitamente la difusión que le faltaba. Palacio puso la producción; los aludidos, el horario estelar.
La cortina de humo contemporánea ya no consiste solo en introducir otro asunto. Se trata de fabricar uno diseñado para que quienes aparecen en él no puedan resistirse a divulgarlo. El gobierno confecciona con dinero público una lista de opositores, la proyecta, la comparte y espera. Los enlistados hacen el resto: denuncian el acto autoritario, pero al replicarlo hasta el cansancio lo convierten en el centro de la conversación.
Palacio puso la carnada. Sus adversarios pusieron el algoritmo. Y, de paso, la autoestima.
Mientras el país discute quién entró, quién faltó y quién agradeció irónicamente la distinción, se habla menos de los expedientes que comprometen al oficialismo: Rubén Rocha, Marina del Pilar, Adán Augusto López, los López Beltrán y los que se acumulen esta semana. También se habla menos de las 132 mil 534 personas desaparecidas y no localizadas que registraba oficialmente México en marzo de 2026. Quizá, aventuro la hipótesis, a sabiendas de que venía la revelación sobre la revocación de la visa de Andy López Beltrán, se armó todo este tinglado… Las casualidades en política suelen trabajar horas extra.
Piénselo de esta manera: ¿con todos los expedientes antes mencionados y tantos, tantísimos mexicanos desaparecidos, la prioridad del gobierno fue localizar a Carlos Loret de Mola, Lilly Téllez y Rubén Moreira en X? ¿Para encontrar adversarios dispone de tiempo, presupuesto, pantallas y una consejera jurídica? ¿Para encontrar desaparecidos siempre faltan personal, coordinación, recursos o voluntad? No pequemos de ingenuos. El sistema de búsqueda funciona admirablemente cuando busca críticos.
La lista sí es autoritaria, pero su eficacia no reside —al menos, no principalmente— en censurar. El gobierno no la hizo para que sus adversarios dejaran de hablar. ¡La hizo para que hablaran exclusivamente de la lista!
Y lo consiguió. Aplausos también financiados por la oposición.
La consejera no ofreció una conferencia de prensa ni realizó un ejercicio auténtico de derecho de réplica. Una réplica confronta una afirmación determinada, aporta información comprobable y permite contrastarla. Lo presentado fue un mapa de “enemigos”: periodistas, medios, políticos y organizaciones agrupados como partes de un supuesto “ecosistema de amplificación digital”. El nombre es rimbombante; las pruebas, bastante menos.
El gobierno —ni nadie— necesitaba investigar para descubrir que Loret, Héctor de Mauleón, Lourdes Mendoza, Lilly Téllez o Rubén Moreira critican a la 4T. Tampoco reveló una red clandestina. Tomó nombres públicos, opiniones públicas y publicaciones públicas y los acomodó en una diapositiva. No mostró pruebas de coordinación: dibujó flechas. La flecha es el nuevo expediente judicial de la 4T. PowerPoint hace milagros que la Fiscalía todavía no consigue.
Una lista que no descubre nada tampoco pretende informar. Su función es convertir críticas diferentes en una sola conspiración; sustituir la discusión sobre los hechos por una disputa acerca de las intenciones; homogeneizar a periodistas, organizaciones y partidos bajo la etiqueta de enemigos; entregar a la militancia un catálogo de blancos y provocar respuestas indignadas que multipliquen el alcance del montaje.
El politólogo Bernard Cohen escribió que la prensa quizá no consiga decirle a la gente qué pensar, pero sí sobre qué pensar. Décadas después, el gobierno mexicano perfeccionó la fórmula: utiliza a la propia prensa crítica para decidir sobre qué no pensar. Innovación mexicana, ahora sí.
No pensar en López Beltrán. No pensar en Rocha. No pensar en Marina del Pilar. No pensar en Adán Augusto. No pensar en los desaparecidos. No pensar ni escribir sobre aquello que el poder no puede explicar.
Mientras unos juegan a la resistencia y otros a la revolución, los asuntos graves desaparecen del encuadre. Unos se sienten perseguidos; los otros se sienten temidos. Palacio puede descansar: todos están hablando de Luisa María. Misión cumplida.
Eso no implica guardar silencio frente al autoritarismo. Implica responder sin aceptar el encuadre gubernamental. La contestación inteligente habría sido una sola: “Sí, el gobierno utiliza recursos públicos para señalar a sus críticos. Ahora explique los casos de Andy, Rocha, Marina del Pilar y Adán Augusto, y díganos dónde están los 132 mil 534 desaparecidos”. Se registra el abuso y se devuelve inmediatamente la conversación al terreno que Palacio quería abandonar.
¿Qué habría ocurrido si periodistas y opositores no hubieran presumido la lista? El montaje habría tenido una vida útil de algunos minutos. El gobierno habría debido responder —o esforzarse nuevamente en esquivar— por los expedientes que intentaba desplazar. La presentación habría quedado reducida a lo que es realmente: propaganda oficial pobre, insidiosa y bastante ridícula. Una mañanera más, vaya.
Obviamente, México no vive el fascismo histórico europeo. No hay camisas negras marchando por las plazas ni resulta necesario que las haya para reconocer ciertos reflejos fascistoides. Umberto Eco advirtió justamente que el fascismo puede volver bajo disfraces inocentes. Uno de sus rasgos es el “populismo cualitativo”: el gobernante se proclama intérprete de un pueblo concebido como una entidad monolítica y expulsa simbólicamente de él a quienes discrepan.
La lista exhibe varios de esos reflejos: confunde al partido con el Estado; presenta la crítica al gobierno como un ataque contra la nación; reúne personas distintas en una conspiración única; transforma al discrepante en enemigo y utiliza recursos públicos para señalarlo. Al mismo tiempo, el poder reclama un derecho de réplica ilimitado, como si fuera oposición, aunque ya controla la tribuna política más poderosa del país. Gobierno y víctima al mismo tiempo: otra proeza transformadora. Cuando un gobierno necesita descubrir una conspiración detrás de cada crítica, no está ejerciendo su derecho de réplica: está redactando su coartada.
La lista no revela quiénes incomodan al gobierno. Revela cuánto necesita el gobierno incomodar al país para que nadie recuerde aquello que no puede explicar. Palacio fabrica enemigos para no rendir cuentas y sus adversarios, encantados de sentirse importantes, se ofrecen como voluntarios para la representación. El régimen escribe el libreto; sus críticos hacen la audición.
Giro de la Perinola
Luisa María puso los nombres; los opositores pusieron la estridencia; los contribuyentes pusimos el dinero. Los corruptos, como siempre, no pusieron nada: se llevaron todo. Y Palacio volvió a ganar la única batalla que todavía sabe ganar: decidir de qué hablamos.






