En estos días de regreso a clases me quedé pensando en una conversación que sostuvimos hace poco: ¿cómo será la escuela dentro de 20 o 30 años?
Al principio, la respuesta parecía evidente. Imaginamos aulas con una arquitectura completamente distinta, horarios más flexibles, nuevas formas de enseñar y aprender, currículas diferentes y, por supuesto, una presencia mucho mayor de la inteligencia artificial y de las tecnologías digitales.
Pero conforme avanzó la conversación apareció una conclusión que, paradójicamente, resultó mucho más interesante: la escuela del futuro quizá no será aquella donde haya más tecnología, sino aquella donde la tecnología ocupe el lugar correcto.
Sin duda habrá inteligencia artificial, realidad virtual, plataformas digitales y nuevas herramientas para acceder al conocimiento. Habrá otras maneras de aprender y probablemente también de evaluar. Pero ninguna tecnología podrá sustituir aquello que hace de la escuela una institución profundamente humana: la conversación, la convivencia, la confianza, el acompañamiento y la capacidad de reconocer al otro.
Quizá por eso la escuela que viene será mucho más colaborativa y abierta a su comunidad. Una escuela donde madres y padres, docentes, estudiantes y autoridades educativas trabajen juntos no solamente para resolver problemas académicos, sino también para atender los problemas sociales que afectan a cada región.
Porque también estamos aprendiendo que no todas las escuelas tienen que responder de la misma manera a los mismos problemas. La escuela del futuro tendrá que mirar mucho más a su territorio: a su comunidad, a su cultura, a su economía, a sus necesidades y a sus posibilidades. Será una escuela capaz de preparar a sus estudiantes para comprender y transformar la realidad que tienen frente a ellos.
Y aquí aparece una paradoja que me resulta particularmente esperanzadora: mientras más avance la tecnología, mayor será la necesidad de fortalecer los valores.
Tal vez estamos frente a una nueva búsqueda ética. Una etapa en la que, después de haber depositado tantas expectativas en la tecnología y en el conocimiento, volveremos a preguntarnos para qué queremos saber, para qué queremos innovar y, sobre todo, qué tipo de sociedad queremos construir.
La escuela tendrá entonces una responsabilidad que va mucho más allá de transmitir información. Tendrá que formar personas capaces de convivir, colaborar, decidir, cuestionar, cuidar y asumir responsabilidades frente a los demás.
Por eso, quizá no debamos mirar con preocupación que la escuela de hoy parezca, en algunos momentos, desdibujada o insuficiente frente a los cambios que vive la sociedad. Puede que estemos justamente atravesando una transición.
Estamos dejando atrás un modelo de escuela, pero todavía no terminamos de construir el que viene.
Y eso significa que la escuela del futuro no está esperando en algún lugar. La estamos construyendo ahora, con cada decisión que tomamos, con cada aula que transformamos, con cada maestro que se atreve a enseñar de otra manera y con cada comunidad que entiende que educar no es tarea exclusiva de la escuela.
Quizá dentro de 30 años tengamos aulas que hoy no podemos imaginar.
Pero si hicimos bien nuestro trabajo, cuando miremos hacia atrás descubriremos que lo verdaderamente revolucionario no fueron las máquinas, las plataformas ni la inteligencia artificial.
Fue haber construido una escuela capaz de utilizar toda esa tecnología sin dejar de ser profundamente humana.


