Hay noticias que no solamente informan: despiertan recuerdos.
Hay palabras que el mundo ya no escucha igual.
Virus.
Pandemia.
Emergencia sanitaria.
Basta con que aparezca una nueva alerta epidemiológica —como hoy ocurre con el hantavirus— para que millones de personas regresen inevitablemente a uno de los capítulos más dolorosos de nuestra historia reciente: el COVID-19.
Porque aunque el tiempo pasó y la vida siguió avanzando, la realidad es que el mundo nunca volvió a ser el mismo.
Todos recordamos ese instante en el que todo se detuvo.
Las calles vacías.
Los hospitales saturados.
Las sirenas sonando día y noche.
Las videollamadas sustituyendo abrazos.
Las despedidas a distancia.
La angustia permanente de no saber quién sería el siguiente y cuándo terminaría todo.
La pandemia cambió nuestras rutinas, pero sobre todo cambió nuestra manera de entender la fragilidad humana.
Perdimos millones de vidas. Perdimos estabilidad emocional. Perdimos tranquilidad. Perdimos años enteros que jamás regresarán. Hubo niñas y niños creciendo en aislamiento, personas mayores muriendo en soledad y familias enteras aprendiendo a sobrevivir con el vacío de una ausencia.
Y aunque el mundo intentó seguir adelante, hay heridas que nunca terminaron de cerrar.
Por eso hoy, cuando el hantavirus vuelve a aparecer en las conversaciones internacionales, el miedo colectivo es inevitable. No se trata de generar pánico, sino de reconocer algo que la humanidad aprendió de la manera más dolorosa posible: ninguna amenaza sanitaria debe minimizarse.
El hantavirus, transmitido principalmente por roedores infectados, puede provocar graves afectaciones respiratorias e incluso poner en riesgo la vida. Algunas variantes detectadas en Sudamérica han mostrado posibilidades limitadas de transmisión entre personas, lo que ha reforzado la importancia de la prevención y de actuar con responsabilidad.
Porque si algo nos dejó el COVID-19, fue una lección imposible de olvidar: la prevención salva vidas.
Pero las secuelas de una pandemia nunca son únicamente médicas.
También existen heridas emocionales, económicas y sociales que permanecen mucho después de que termina la emergencia.
Y entre las más dolorosas estuvo la violencia que miles de mujeres vivimos dentro de nuestros propios hogares.
Mientras para algunas personas quedarse en casa significaba protección, para muchas otras significó encierro, miedo y silencio.
Y yo fui una de ellas.
Durante la pandemia aprendí lo que significa sentir miedo dentro de tu propia casa. Aprendí lo que es vivir caminando sobre ansiedad permanente. Medir cada palabra para evitar una discusión. Vivir esperando el siguiente grito, insulto, o la siguiente agresión.
Lo más doloroso no fue solamente la violencia.
Lo más doloroso fue darme cuenta de cómo poco a poco empecé a acostumbrarme a ella.
Me acostumbré a llorar en silencio.
Me acostumbré a justificar lo injustificable.
Me acostumbré a sentir culpa por cosas que no eran mi culpa.
Me acostumbré a vivir con miedo.
Y un día entendí algo devastador: ya no estaba viviendo, estaba sobreviviendo.
Y aunque el encierro ocurrió dentro de mi hogar familiar, la violencia que viví no provino de mi familia, sino de mi entonces pareja, con quien compartí el encierro de la pandemia.
Mientras afuera el mundo entero tenía miedo de contagiarse, dentro de mi casa yo tenía miedo de otra cosa. Miedo de las palabras. De los gritos. De las reacciones. De no saber cuándo iba a explotar todo otra vez.
La pandemia encerró al mundo entero, pero a muchas mujeres nos encerró con nuestros agresores.
Y hay heridas que jamás aparecieron en los reportes diarios ni en las estadísticas oficiales. Heridas invisibles que siguen abiertas años después. Porque la violencia no termina cuando termina el encierro. La violencia deja secuelas en la autoestima, en la tranquilidad, en la capacidad de volver a confiar y hasta en la forma en la que una mujer vuelve a mirarse al espejo.
En México, siete de cada diez mujeres mayores de 15 años han vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Durante el confinamiento, miles enfrentamos violencia física, psicológica, sexual y económica en silencio, intentando sobrevivir a dos pandemias al mismo tiempo: la sanitaria y la violencia dentro del hogar.
La pandemia dejó claro que las emergencias también profundizan desigualdades, vulnerabilidades y dolores que muchas veces permanecen invisibles para la sociedad.
Por eso, frente a cualquier posible riesgo epidemiológico, no podemos hablar únicamente de hospitales y contagios. También debemos hablar de salud mental, de redes de apoyo, de acompañamiento emocional y de protección para las mujeres y familias que viven situaciones de violencia.
Porque sobrevivir a una pandemia ya era suficientemente doloroso.
Pero para muchas mujeres, sobrevivir al encierro dentro de casa fue todavía más difícil.
Hay heridas que nunca salieron en los reportes diarios.
Heridas que no podían medirse en cifras ni en conferencias.
Heridas silenciosas que millones de mujeres seguimos cargando hasta hoy.
Por eso, cada vez que el mundo vuelve a escuchar la palabra “virus”, no solamente recordamos hospitales o cubrebocas. Recordamos el miedo. La soledad. La angustia. Y también todo aquello que vivimos en silencio mientras el mundo intentaba sobrevivir.
Que nunca volvamos a normalizar el dolor.
Que nunca volvamos a ignorar las señales.
Y que nunca más una mujer tenga que sentirse prisionera dentro de su propia casa mientras afuera el mundo entero habla de salvar vidas.
Porque cuidar la salud también significa cuidar el alma, la dignidad y la vida de las mujeres.





