México no está fallando por casualidad. Está fallando por repetición.
Nos hemos acostumbrado al dolor. A ver nombres —como el de Edith Guadalupe o Carolina Flores— convertirse en tendencia y desaparecer al día siguiente, mientras la violencia sigue intacta. Nos hemos acostumbrado a indignarnos un momento… y a olvidar demasiado rápido.
Pero lo más grave no es solo la violencia. Es lo que estamos dispuestos a tolerar alrededor de ella.
Hoy no solo se mata a las mujeres. También se exhibe su muerte.
La cobertura del feminicidio de Carolina Flores es un ejemplo brutal de hasta dónde hemos llegado: videos circulando, imágenes replicadas, el momento de la violencia convertido en contenido.
¿Alguien se detuvo a pensar que esa mujer tenía una hija? ¿Que un día esa niña puede crecer y encontrarse con el video del asesinato de su madre? ¿Escucharlo? ¿Revictimizarla una y otra vez?
Eso no es información.
Eso no es libertad de expresión.
Eso es morbo.
Y es inaceptable.
Hemos normalizado tanto la violencia que ahora también normalizamos consumirla. Compartirla. Viralizarla. Como si no hubiera consecuencias. Como si no hubiera vidas detrás.
El feminicidio no empieza con un asesinato. Empieza mucho antes: en lo que se minimiza, en lo que se justifica, en lo que se calla… y también en lo que se exhibe sin ningún tipo de ética.
Por eso, votar a favor de la iniciativa impulsada por nuestra presidenta Claudia Sheinbaum no fue un trámite legislativo. Fue una postura clara frente a esta realidad: no podemos seguir administrando la tragedia.
Hoy la justicia en México no es igual para todas. Depende del lugar, de la autoridad, del criterio. Esa desigualdad no es técnica, es estructural. Y perpetúa la impunidad.
La propuesta busca corregir eso desde la raíz: una ley general en materia de feminicidio que unifique criterios, establezca reglas claras y obligue a investigar con perspectiva de género en todo el país.
Pero ninguna ley será suficiente si seguimos aceptando lo inaceptable.
No es normal vivir con miedo.
No es normal justificar la violencia.
Y definitivamente no es normal convertir la muerte de una mujer en espectáculo.
La transformación también pasa por poner límites. Por dejar de consumir violencia como entretenimiento. Por exigir responsabilidad, también, a quienes comunican.
Porque la justicia no puede depender del código postal.
Porque la dignidad no se negocia.
Si el dolor de una mujer se vuelve contenido, lo que está podrido no es el algoritmo: es la sociedad.
Y eso ya no se tolera.
María Teresa Ealy Díaz, Diputada Federal LXVI Legislatura
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