Hoy probablemente se juegue el último partido de una Copa del Mundo en el Estadio Azteca. Quizá nunca volvamos a cantarle el Himno Nacional a nuestra selección en un Mundial celebrado en México. Lo de hoy ya es histórico, pase lo que pase. Porque puede ser el retiro de la catedral del futbol de las Copas del Mundo. Se jubila el Coloso de Santa Úrsula. Un gigante de concreto que durante medio siglo sostuvo sobre sus hombros buena parte de la memoria del futbol. Y la sostendrá sosteniendo. En el retiro.
Demasiada historia para los estadios gringos. Lástima que no fue suficiente para los dólares. La final debió jugarse aquí. Se acabará jugando en un pinche estadio de futbol americano.
Ni el Bernabéu, ni San Siro, ni Maracaná pueden presumir de haber fungido como escenarios del 'Partido del Siglo’; de los dos goles con nombre propio, la 'Mano de Dios’ y el 'Barrilete Cósmico’, aquel que Víctor Hugo Morales inmortalizó con su relato y que el mundo terminó llamando el Gol del Siglo; de la tijera de Negrete; del tricampeonato de Pelé, único futbolista que ha levantado la Copa del Mundo en tres ocasiones. La tercera de las cinco estrellas de Brasil nació bajo el cielo del Azteca. También el segundo campeonato del mundo de Argentina. Pero, sobre todo, el de Diego Armando Maradona.
Un triunfo inobjetable. Que no fue envilecido por una dictadura, como el anterior, de 1978.
El Azteca también sirvió de altar para una apoteosis. La del Diego. En ese pasto un hombre se hizo dios. El más humano de los dioses, según Eduardo Galeano. Sucio, tramposo, picaresco, susceptible a los placeres. Como todos nosotros. Pero dios, al fin.
Las cosas del futbol es que no siempre se tratan de futbol. Por eso ni las copas de Pelé, ni los goles de Lionel Messi, ni el futuro que promete Kylian Mbappé alcanzan ese sitio. Les faltó el mito. La divinidad. Esa chispa inexplicable que convierte a los hombres en leyenda. En deidad. Eso con lo que sí fueron privilegiados el Nazareno, Mahoma, Buda y Diego Armando Maradona.
El Azteca. Único
Un gigante que, como escribió Andrés Calamaro, nos aplasta apenas lo vemos. Un titán de estilo brutalista. No existe una nomenclatura más perfecta. Una montaña de concreto desde cuya cima millones aprendimos que un gol puede parecerse a un milagro.
¿Cuántos mexicanos vimos ahí nuestro primer partido? ¿Cuántos el último?
Yo recuerdo una eliminatoria. El Vasco nos dirigía. Nos salvaba de quedar fuera de Corea-Japón 2002. Veníamos de cazar patos mi papá, mi hermano y yo. Nos sentamos en una escalera del estadio. Porque llegamos un poco tarde. Ahí vi un par de goles de Cuauhtémoc. Otro de Palencia. Contra Honduras. Noviembre de 2001.
Ese día ya había olvidado lo que era sentir angustia en un partido de futbol. Esa ansiedad que solo rompe el grito de gol de México. Ese rugido que hace vibrar el concreto y por un instante pone de acuerdo a millones. Con mi papá y mi hermano. En el Azteca.
No me ha tocado llorar ahí.
La primera vez que el futbol me hizo llorar fue en 1998. México contra Alemania. Lo vi en el cuarto de mis abuelos, en Acapulco.
Espero que hoy no sea la primera vez que mis lágrimas de tristeza mojen la tribuna de este estadio.
Inglaterra viene por su revancha. Nosotros por una historia entrecomillada. Porque todavía faltaría llegar a semifinales para que realmente lo fuera.
Hoy, cuando el preludio del partido anida en aquella pregunta que Rodrigo Celorio le hizo a Efraín sobre si Pumas podía ser campeón, “¿Y si sí?”, yo todavía no me uno a ese canto. De nada nos sirvió en la final contra Cruz Azul. Sin embargo, si hoy ganamos, esa simple pregunta, esa pequeña pieza de poesía urbana que convirtió a Celorio en juglar del fútbol, quizá termine por convencerme.
Lo que sí sé es que, gane quien gane, hoy ya es historia.
No por Inglaterra. No por México. Por el Azteca.
Porque ochenta y ocho mil corazones seremos testigos del probable adiós de este recinto a las Copas del Mundo. Un retiro que suelen anunciar los jugadores. No es total. Solamente de los Mundiales.
Ojalá me equivoque.
Pero la transformación del evento, que no del juego, porque, como decía Maradona, la pelota no se mancha, hace pensar que antes habrá cuatro Copas del Mundo más en Estados Unidos que otra en México.
Y, sin embargo, jamás podrán arrebatarnos esto.
Nunca tendrán un estadio que pueda presumir tres inauguraciones, dos finales y veinticuatro partidos mundialistas en cuarenta años. Un recinto donde el tiempo decidió quedarse a vivir vestido de verde, blanco y rojo.
No existe. Ni existirá.
Maracaná es el que más se acerca.
Ni siquiera un estadio de futbol americano, donde la pelota se toma con las manos, podrá arrebatarle al Azteca su sitio en la memoria del deporte más bello del mundo. Porque los estadios también envejecen, pero muy pocos alcanzan la inmortalidad.





