Texas llevaba más de tres décadas sin gobernador demócrata. La última había sido Ann Richards, en 1995. Este martes, Gina Hinojosa, representante estatal y primera latina elegida para el cargo, derrotó a Greg Abbott, tres veces gobernador, y alteró el mapa político de un estado que la izquierda daba por perdido. Hasta el teniente gobernador, Dan Patrick, reconoció su derrota. El resultado es un terremoto, pero lo más llamativo es la explicación que ofrece la propia vencedora.
«Dedicamos tanto tiempo a las guerras culturales que la gente ya no sabía qué defendíamos en economía», ha dicho. «En esta campaña no hemos hecho batalla cultural, hemos vuelto a lo básico: hablar de cómo mejorar la vida de las familias trabajadoras». Y añadió que esa debe ser la línea de avance de la izquierda: centrarse en lo económico y no morder más el anzuelo de una batalla cultural que, a su juicio, es lo único que les queda a las derechas en 2026.
La tesis es seductora porque tiene la fuerza de lo evidente. Con la inflación mordiendo el presupuesto doméstico, el votante que hace cuentas a fin de mes no necesita que le expliquen el mundo, sino que le bajen el precio del alquiler, de la compra y del seguro médico. El castigo a Donald Trump, que un año antes parecía impensable en un estado tan hostil, se lee mejor desde la nevera vacía que desde los manifiestos. Hinojosa supo escuchar ese malestar y construyó con él una campaña que no daba pie a la caricatura.
Conviene mirar con calma el diagnóstico. Que una estrategia funcione no prueba que sea la única posible ni que describa bien el problema. Entre el hecho de que Hinojosa ganara hablando de economía y la conclusión de que la izquierda deba abandonar las causas identitarias hay un salto lógico que el entusiasmo del momento tiende a ocultar.
El primer problema es de definición. Llamar «guerras culturales» a un cajón donde caben el feminismo, los derechos de las personas trans, la migración o la lucha contra el racismo equivale a meter en el mismo saco cuestiones de naturaleza muy distinta. Son agendas con intensidades, mayorías y costes políticos diferentes. Tratarlas como un lastre homogéneo es una comodidad retórica más que un análisis. Buena parte de ellas tiene una dimensión económica evidente como la brecha salarial, el trabajo de cuidados, el peso de la mano de obra migrante en el campo y la construcción texanos, la discriminación en el acceso a la vivienda o al crédito. Separar los derechos de los bolsillos supone ignorar que muchas veces son el mismo asunto visto desde dos ángulos. El conservadurismo causa problemas económicos pero eso no implica que las personas sean menos conservadoras, parece que un grupo considerable prefiere la indiferencia ante agendas progresistas mientras que la economía vaya bien.
El segundo problema es de tiempo. Las campañas ganan por lo que dicen, pero también por lo que callan, y el silencio solo es una estrategia mientras el adversario no lo llene. La derecha ha convertido la batalla cultural en su principal activo electoral, y renunciar a disputarla no la extingue, sino que le deja el campo libre cuando el vaivén de la economía deje de favorecer a quien ahora la combate. Un partido que solo habla de precios es vulnerable al primer ciclo de bonanza.
El tercero, y quizá el más serio, es de coherencia. La frase de Hinojosa admite una lectura generosa: la izquierda se había perdido en un lenguaje que apenas conectaba con la vida cotidiana de su electorado natural, y es hora de recordarle que defiende, ante todo, la dignidad material de quienes trabajan. Pero admite también otra, más inquietante, según la cual los derechos de las minorías son un lujo que se concede cuando la economía va bien y se retira cuando va mal. Ese razonamiento, aplicado con rigor, no distingue entre una pausa táctica y una renuncia de principios.
Aun así, sería injusto reducir el triunfo texano a una moraleja. Hinojosa no ha ganado por esconder sus convicciones, sino por ordenar sus prioridades y por hablar a una mayoría sin desdeñar a nadie. Esa es la lección que merece rescatarse porque la política se vuelve más eficaz cuando parte de lo que la gente vive, no de lo que los estrategas creen que debería importarle. Lo que está demostrado hace tiempo es que las crisis económicas, inflación y afectaciones al bolsillo son mucho más decisivas del voto que cualquier causa progre o conservadora, la batalla cultural es un debate en aire que parece vencido pero en irrelevancia. Lo relevante, entonces, es lo económico.
Queda por ver si esa fórmula sobrevive al ejercicio del poder. Gobernar Texas significa decidir sobre educación, sanidad, frontera y derechos reproductivos, es decir, sobre los asuntos que la campaña dejó en segundo plano. Allí se verá si la economía familiar era una bandera o una coartada, y si es posible, de verdad, llegar al poder sin batalla cultural y gobernar sin ella.





