Este martes, millones de estadounidenses votan por la composición del Congreso mientras la guerra con Irán se instala en una pregunta cotidiana ¿cuánto cuesta sostener una decisión militar y quién debe pagarla? ¿La guerra favorece la aprobación?
En las elecciones intermedias del 3 de noviembre, Donald Trump no aparece en la boleta, pero su gobierno sí enfrenta el juicio de los electores pues usualmente las intermedias suelen premiar o castigar a los gobiernos. Trump llega a estas elecciones con un desgaste y baja en aprobación que contrasta con el arrasador apoyó que en algún momento llegó a tener. Los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado están en disputa. El resultado definirá cuánto margen conservará el presidente durante los dos años finales de su mandato.
Para medir el vínculo entre guerra y voto conviene observar dos variables entre el número de votos que recibe cada partido y la exposición de los ciudadanos a los costos del conflicto. La segunda incluye el precio de la gasolina, la inflación, las bajas militares y la percepción de que la intervención cumple sus objetivos. La primera registra la respuesta política, aunque por sí sola no revela qué motivó a cada elector.
La encuesta Reuters/Ipsos publicada el 2 de noviembre ofrece una fotografía previa a la jornada que dice que los demócratas aventajaban a los republicanos por 46% frente a 38% en la pregunta genérica sobre el voto al Congreso. La aprobación de Trump se ubicaba en 32%, mientras 78% de los encuestados consideraba que el costo de vida tendría una importancia muy alta o decisiva en su voto. Son datos nacionales de opinión, no resultados electorales ni pruebas de que la guerra explique por sí sola la diferencia entre partidos.
La relación entre ambas variables tiene antecedentes. En su estudio de la elección presidencial de 2004, David Karol y Edward Miguel encontraron que las bajas estadounidenses en Irak estuvieron asociadas con una reducción del apoyo electoral a George W. Bush en los estados más afectados. El trabajo muestra que los costos militares pueden trasladarse a las urnas; también recuerda que un resultado nacional puede ocultar diferencias territoriales importantes.
En 2026, la gasolina ofrece otra vía de transmisión. Cuando una guerra presiona los precios y golpea el presupuesto familiar, la política exterior entra en la conversación doméstica porque más que importar o paz mundial, al estadounidense promedio le interesa como rendirá su dinero. El votante puede evaluar la estrategia militar, pero también exigir explicaciones por el costo de llenar el tanque. La Casa Blanca carga entonces con una doble evaluación que contiene los objetivos que promete alcanzar en el extranjero y las consecuencias que sus decisiones producen dentro del país.
Hay una precaución indispensable pues una correlación entre rechazo a la guerra y menor apoyo al partido gobernante no demuestra causalidad. La identificación partidista, la economía y la aprobación presidencial pueden influir simultáneamente en la respuesta de los ciudadanos. Para conocer el efecto específico del conflicto hacen falta encuestas individuales y comparaciones territoriales capaces de separar esas variables.
La cifra final de votos permitirá conocer quién ganó cada contienda; por sí sola, no explicará por qué. Esa respuesta exige estudiar qué electores cambiaron de preferencia, cuáles acudieron a votar y qué peso concedieron a la guerra frente al resto de sus preocupaciones. En Estados Unidos, la política exterior puede parecer lejana hasta que sus costos llegan a la economía familiar, es así como el conflicto también entra en la cuenta electoral. Lo curioso es que los países persas se preocupan literalmente por su existencia ante rumores de un posible ataque nuclear que sería devastador, en tanto que los norteamericanos se preocupan por poder llenar el carrito en el Costco durante los próximos años y tener lo suficiente para seguir pagando la hipoteca.



