Hay una vieja costumbre de la política mexicana: cuando un aliado es indispensable, se le llama “aliado”; cuando empieza a cobrar la factura, se le llama “chantajista”. Cuando amenaza con irse, de pronto descubren que la unidad era importantísima.

Eso es, en buena medida, lo que está ocurriendo entre Morena y el Partido del Trabajo rumbo a 2027.

Morena atraviesa un proceso interno en el que las encuestas para definir candidaturas a las gubernaturas han abierto heridas antes incluso de que empiecen las campañas. Pero el problema no termina en Morena. El PT, su compañero de viaje, también está haciendo cuentas. Algunos de los perfiles importantes para el PT emanan justamente de Morena, pero la amenaza de divorcio tiene más que ver con un proceso en el que acusan opacidad y desconfianza hacia las encuestas.

Las cuentas dicen algo bastante común en democracias con muchos partidos y es que ser pequeño no significa ser irrelevante.

Tomemos la elección intermedia de 2021. Aquel año se disputaron 15 gubernaturas. Morena y el PT compitieron juntos en distintas entidades, pero la importancia del voto petista no fue igual en todas.

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Para medirla podemos hacer un ejercicio de comparar la votación que obtuvo el PT por separado con el margen que separó al ganador del segundo lugar.

¿Por qué importa esa comparación?

Porque si un partido aporta más votos de los que separaron al primero del segundo lugar, su votación tiene un tamaño suficiente para haber sido potencialmente determinante en una contienda cerrada. Esto no significa afirmar que todos los votos del PT habrían cambiado automáticamente de candidato si la alianza no hubiera existido. Los electores no son propiedad de los partidos y de hecho, la afinidad ideológica de izquierda entre ambos les hace compartir tanto figuras preferidas como el tipo de propuestas que comparten los votantes. Significa entonces que el volumen electoral del PT era mayor que la distancia que permitió ganar. Entonces en esas alianzas, el PT si permitió obtener el triunfo.

Un dato que debería interesar particularmente a quienes hoy negocian las candidaturas es que en las gubernaturas de 2021 donde Morena y PT compitieron juntos, el PT supera ese margen en Baja California Sur, Campeche y Michoacán, o sea, 3 de 15 estados disputados, es decir, 20 por ciento.

En Campeche, por ejemplo, la diferencia entre Morena-PT y Movimiento Ciudadano fue de apenas 5,876 votos, mientras que el PT obtuvo por sí mismo 6,452 votos. Dicho de manera sencilla: la bolsa de votos petistas era 576 votos mayor que el margen de victoria. El Instituto Electoral del Estado de Campeche documentó el resultado final de la elección.

En Baja California Sur ocurre algo todavía más claro. El PT obtuvo 22,165 votos, equivalentes al 8.28% de los votos válidos, mientras que la diferencia entre el primero y el segundo lugar fue de 5.98 puntos porcentuales. Es decir, el porcentaje obtenido por el PT fue superior a la distancia que separó a los dos principales contendientes.

Y en Michoacán, la coalición Morena-PT ganó por apenas 2.85 puntos porcentuales según el cómputo final. El tamaño de la votación petista, por tanto, también rebasa ese margen.

Hay que hacer una precisión importante: esto no demuestra que el PT haya “dado” esas gubernaturas a Morena. Demuestra algo diferente y políticamente relevante, que en tres de las 15 contiendas, la cantidad de votos obtenidos por el PT era mayor que la diferencia con la que ganó la coalición.

En términos aritméticos, 3 de 15 equivale a 20 por ciento.

En términos políticos, significa que en una quinta parte de las gubernaturas disputadas en aquella elección el PT tenía un volumen de votos potencialmente relevante frente al margen de victoria.

Morena es mucho más grande que el PT. Eso es evidente. El PT no puede convertir automáticamente su porcentaje nacional en gubernaturas propias. Si el PT lanza a perfiles propios en lugares donde gobierna la derecha, como Chihuahua, el efecto favorecerá directamente al PAN pues los votos del PT en realidad vendrán de Morena.

Sabemos que una elección no se gana con promedios nacionales. Se gana estado por estado. Pero cuando una elección se cierra, los partidos pequeños pueden convertirse en la diferencia entre ganar y perder. Por eso el PT puede ser pequeño y, al mismo tiempo, tener capacidad de alterar una elección.

La aritmética de 2021 lo mostró. La política de 2026 parece haberlo recordado. El PT no está negociando desde la posición de quien puede sustituir a Morena. Está negociando desde una posición de quien puede hacer que la suma de Morena sea más grande… o que deje de ser suficiente.

Esa diferencia es enorme. Morena quiere demostrar que puede conducir el proceso.

El PT quiere demostrar que puede condicionarlo. Los dos tienen incentivos para permanecer juntos, pero también tienen incentivos para elevar el precio de esa alianza.

Las disputas internas de Morena adquieren una dimensión mayor por los cambios en su dirigencia, las acusaciones desde Estados Unidos contra algunos gobernadores emanados de sus filas y la autofagia de algunos de sus militantes, cuyas ambiciones parecen dispuestas a devorar el movimiento que les construyó la carrera política.

Una encuesta puede producir un ganador, pero no necesariamente produce disciplina. Una clave para el priismo hegemónico fue que la disciplina para acatar decisiones estaba acompañada de la famosa operación cicatriz, previa a hacer público cualquier resultado o decisión. Los no elegidos ya podían presumir coartadas y alternativas atractivas para apoyar al aspirante oficial dejando el camino libre para que todo el aparato partidista y sus aliados pudieran organizarse en torno a él.

El método de encuestas también puede producir resentidos, grupos desplazados, legisladores inconformes y aliados que empiezan a preguntarse cuánto vale realmente permanecer dentro de una coalición. Ese es el verdadero problema.

No cuántos aspirantes tiene Morena, sino qué hacen los que pierden.

Los derrotados no desaparecen. Se quedan con sus votos, sus estructuras y sus relaciones políticas. El PT lo sabe. Morena también. Por eso el dato de 2021 importa e ilustra, más si pensamos que el comportamiento de elecciones intermedias debe compararse con otras elecciones intermedias porque los efectos de las elecciones presidenciales pueden distorsionar el análisis. Más gente sale a votar, más dinero para campañas hay en las calles y el efecto de los liderazgos personalistas que usualmente compiten en elecciones presidenciales pueden elevar las preferencias de su partido.

Analizar así entonces importa porque muestra que la alianza no es una operación matemática en la que el partido grande puede prescindir del pequeño sin consecuencias.

En política electoral, el tamaño de un partido y su capacidad de negociación no siempre son la misma cosa.

Morena tiene el tamaño. El PT tiene un porcentaje de votos que, en determinadas elecciones cerradas, puede ser superior al margen de victoria. Al ocurrir eso, el socio pequeño deja de ser un acompañante para ser una variable.

La duda es cuánto vale para cada partido llegar dividido a la boleta y reconocer que en el juego democrático, la determinación de los partidos pequeños también hace su parte al momento de colocar frenos y contrapesos.