Durante décadas la gran pregunta geopolítica fue quién podía desafiar a Estados Unidos. Hoy empieza a aparecer otra, quizá más importante: ¿y si buena parte del mundo ya no quiere sustituir una hegemonía por otra? China avanza, Rusia desafía, BRICS se expande, India juega simultáneamente en varios tableros, Europa intenta recuperar autonomía, Londres busca una posición propia y las potencias árabes diversifican alianzas mientras protegen sus intereses. Estados Unidos seguirá siendo enorme y China seguirá creciendo, pero el nuevo orden internacional parece dirigirse menos hacia el reemplazo de un imperio por otro que hacia una realidad mucho más incómoda para cualquier aspirante a hegemón: cada vez más países quieren conservar varias opciones y pedir menos permisos.

La cumbre de BRICS en Nueva Delhi ofrece quizá la mejor fotografía de ese mundo en construcción. El grupo reúne ya a una proporción enorme de la población y de la economía mundial, pero precisamente su tamaño muestra también su principal debilidad: BRICS es poderoso porque reúne a quienes quieren más espacio frente a Occidente; es frágil porque no todos quieren enfrentarse a Occidente. Rusia quisiera empujarlo mucho más claramente hacia una lógica antioccidental. Putin necesita BRICS porque las sanciones y la guerra en Ucrania lo obligaron a construir rutas financieras, comerciales y diplomáticas distintas de las tradicionales. Pero Rusia no tiene la fuerza económica de China. Su papel es otro: China es la potencia ascendente; Rusia es la potencia disruptiva. Pekín busca construir influencia a largo plazo; Moscú demuestra que todavía posee suficiente capacidad militar, nuclear, energética y diplomática para alterar el orden existente aunque no tenga recursos económicos para liderar uno nuevo.

Incluso en materia financiera conviene separar propaganda de realidad. BRICS reclama reformas al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial, mayor representación de las economías emergentes y sistemas de pagos transfronterizos menos vulnerables a decisiones unilaterales. Pero eso no significa que mañana nazca una moneda BRICS capaz de destronar al dólar. Lo que están construyendo, al menos por ahora, son alternativas parciales para reducir vulnerabilidad. Nadie está destronando al dólar; muchos están creando salidas de emergencia para no depender completamente de él.

China entiende mejor que nadie esa diferencia. Su objetivo no necesita ser sustituir mañana a Estados Unidos en cada rincón del planeta. Le basta con conseguir algo menos espectacular pero quizá más profundo: que cada vez más gobiernos sientan que disponen de otra puerta cuando Washington cierra una. Comercio, infraestructura, financiamiento, tecnología, energía, manufactura y acceso a su mercado ofrecen a Pekín herramientas que la Unión Soviética jamás tuvo en esa escala. La competencia actual no es solamente militar o ideológica. Es la capacidad de decirle a un país africano, latinoamericano, asiático o árabe que, si Washington no financia, podemos hablar; si Europa no compra, quizá nosotros sí; si Estados Unidos restringe determinada tecnología, busquemos otra cadena. Ahí está quizá el verdadero límite del poder estadounidense contemporáneo: Estados Unidos sigue pudiendo castigar, sancionar, financiar, proteger y atraer, pero ya no puede hacer tan fácilmente que todos crean que fuera de su órbita no existe alternativa.

Pero tampoco China debe confundirse. Tener alternativas que ofrecer no equivale a conseguir obediencia. India lo demuestra de manera extraordinaria. Narendra Modi recibe a Putin, recibe a Xi, compra energía rusa, pertenece a BRICS, mantiene importantes vínculos con Irán y simultáneamente quiere conservar una relación estratégica con Estados Unidos, Europa, Japón, Australia y los países árabes del Golfo. India y China, además, siguen arrastrando una profunda desconfianza. India no quiere cambiar la hegemonía estadounidense por una china. Quiere un mundo donde ninguna potencia sea suficientemente dominante para decirle qué debe hacer. Quizá ahí esté la clave para entender buena parte del llamado Sur Global: no todos quieren convertirse en aliados de China. Quieren margen.

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Brasil quiere BRICS sin romper con Washington ni Bruselas. India quiere a Rusia sin entregarse a China. Indonesia quiere comerciar con todos. Sudáfrica quiere mayor representación internacional. Egipto necesita inversión, mercados y financiamiento. Y los Estados árabes buscan quizá el equilibrio más complejo de todos. Las monarquías del Golfo no quieren incendiar el sistema internacional para construir uno nuevo. Quieren prosperar dentro de varios sistemas a la vez. Emiratos y Arabia Saudita llevan años ampliando vínculos con China e India, desarrollando tecnología, atrayendo inversión, diversificando economías y construyendo capacidad diplomática propia, pero sin renunciar a relaciones estratégicas con Estados Unidos y Europa. Su lógica no es ideológica. Es pragmática: petróleo con unos, inversión con otros, seguridad donde resulte conveniente, tecnología donde esté disponible y el máximo margen de maniobra posible.

Eso las diferencia claramente de Irán y de las corrientes más radicales de la región. El mundo árabe que hoy acumula capital, construye ciudades, compra tecnología y busca convertirse en centro logístico no necesita otra Guerra Fría. Necesita estabilidad. Y ahí China puede ser socio, Estados Unidos también, Europa también e India también. El nuevo poder consiste precisamente en poder hablar con todos sin quedar subordinado a ninguno.

Europa enfrenta una situación mucho más incómoda. Sigue siendo una potencia económica gigantesca, con un mercado extraordinario, una moneda global, industrias avanzadas, universidades, ciencia, tecnología y enorme capacidad regulatoria. Pero todavía tiene dificultades para convertir todo eso en poder geopolítico coherente. La guerra de Ucrania la obligó a volver a pensar en defensa; Trump la obligó a preguntarse cuánto puede confiar permanentemente en Washington; y China la está obligando a decidir cuánto comercio puede mantener sin permitir que determinados sectores estratégicos desaparezcan.

La pregunta para Europa es entonces brutalmente sencilla: ¿quiere seguir siendo principalmente un mercado o quiere volver a comportarse como potencia? Ser potencia significa gastar más en defensa, asegurar energía, competir en inteligencia artificial, semiconductores y espacio, proteger determinadas industrias sin aislarse, construir una política común hacia China y aceptar que la protección estadounidense, aunque siga siendo importantísima, ya no puede constituir toda la estrategia europea.

Londres vive un dilema parecido pero todavía más peculiar. Brexit le devolvió formalmente libertad comercial y política frente a Bruselas, pero libertad no equivale automáticamente a influencia. Reino Unido conserva armas nucleares, asiento permanente en el Consejo de Seguridad, uno de los mayores centros financieros del planeta, capacidad militar significativa, inteligencia, Commonwealth y una relación histórica especial con Washington. Pero necesita demostrar que puede utilizar todo eso para construir una posición propia entre Estados Unidos, Europa y Asia. Su actitud frente a China revela precisamente esa búsqueda: cooperar donde exista interés común, confrontar cuando resulte necesario y evitar convertir las barreras comerciales en respuesta automática a todo desequilibrio. Es decir, Reino Unido tampoco quiere escoger entre obedecer a Washington o acercarse sin condiciones a Pekín. Quiere conservar flexibilidad.

Y ahí encontramos quizá el comportamiento que terminará definiendo esta época: flexibilidad. India la practica. Los árabes la practican. Canadá empieza a buscarla. Londres la necesita. Europa habla de autonomía estratégica. BRICS la ofrece como plataforma. China intenta aprovecharla. Estados Unidos sigue siendo demasiado poderoso para ser ignorado, pero cada vez más países parecen querer relacionarse con él desde una posición menos dependiente. La consecuencia puede ser un mundo mucho más multipolar y también bastante más desordenado, porque la hegemonía tiene costos, pero también produce ciertas reglas. Cuando existe un poder dominante, todos saben en cierta medida qué sistema financiero prevalece, qué moneda domina, qué rutas están protegidas y qué alianzas tienen mayor capacidad militar. Cuando aparecen varios centros de poder, aumenta el margen de maniobra de los países medianos, pero también crece la incertidumbre.

BRICS puede convertirse en una pieza importante de ese orden, pero para hacerlo deberá resolver su propia contradicción. Irán quiere resistencia, Rusia quiere confrontación, China quiere liderazgo, India quiere autonomía, Emiratos quiere negocios y seguridad, Brasil quiere reforma institucional e Indonesia quiere desarrollo. No es exactamente una doctrina común. Es una coalición de insatisfacciones distintas. Y quizá precisamente por eso sobreviva, porque no exige que todos piensen igual. Sólo que coincidan en algo: el sistema construido después de la Segunda Guerra Mundial ya no refleja suficientemente la distribución actual del poder.

Ahí tienen razón. India no tenía entonces el peso que tiene hoy. China era otra economía. África estaba en buena medida colonizada. América Latina tenía mucho menor presencia global. El Golfo no acumulaba el capital y la influencia actuales. Y sin embargo el Consejo de Seguridad, el sistema financiero internacional y numerosas instituciones continúan reflejando en gran medida aquel mundo. Pretender que nada cambie sería absurdo. El problema consiste en saber qué lo sustituirá.

Rusia parece querer derribar partes del viejo orden sin demostrar todavía capacidad para ofrecer uno mejor. China puede construir instituciones y financiar infraestructura, pero tendrá que convencer al mundo de que una hegemonía china sería diferente de la estadounidense y de que su creciente poder no terminará convertido también en coerción. Eso no será sencillo. Los vecinos de China conocen perfectamente sus capacidades y también sus presiones. Japón, Filipinas, Vietnam, India y otros países mantienen disputas, temores o cautelas frente a Pekín. Taiwán continúa siendo la gran prueba geopolítica pendiente. Y dentro de China existen además desafíos demográficos, inmobiliarios, de deuda, crecimiento y control político que pueden limitar su ascenso.

China puede llegar muy lejos. Probablemente mucho más lejos todavía. Pero convertirse en la economía más grande o en la mayor potencia manufacturera no garantiza convertirse en líder aceptado. El poder obliga. El liderazgo convence. Y no son lo mismo.

Estados Unidos debería entender también esa diferencia. Durante décadas su mayor fuerza no fue solamente tener más portaaviones, dólares o empresas. Fue conseguir que numerosos países quisieran pertenecer al sistema construido alrededor suyo. Universidades, mercado, cultura, innovación, seguridad, instituciones y alianzas hicieron de la influencia estadounidense algo mucho más amplio que la coerción. Cada vez que Washington convierte aranceles, sanciones o acceso a su mercado en instrumentos de humillación contra aliados, erosiona parte de ese capital. China no necesita ganarlos inmediatamente. Le basta con que empiecen a buscar alternativas. Ahí está quizá el principal riesgo para Estados Unidos y la principal oportunidad para Pekín.

Pero el resultado final puede no ser la coronación de ninguno. Puede ser algo diferente: un mundo con Estados Unidos todavía primero en numerosas áreas, China dominando otras, India creciendo con autonomía, Rusia conservando capacidad de perturbación, Europa intentando reconstruir poder, Japón y Corea defendiendo tecnología, los árabes utilizando capital y energía como palancas, África aumentando progresivamente su peso demográfico y económico y América Latina tratando —ojalá— de dejar de llegar tarde a todos estos procesos. No habrá necesariamente un nuevo emperador. Quizá haya demasiados países que ya no aceptan tener uno.

Eso obliga también a México a observar el tablero con inteligencia. Nuestra integración estructural continuará siendo norteamericana y sería absurdo imaginar otra cosa. Pero un México que entienda la multipolaridad puede tener mejores relaciones con Europa, Asia, India, países árabes y China sin sacrificar su asociación con Estados Unidos. Precisamente cuanto más ancho sea el mundo, más importante será evitar confundir cercanía geográfica con reducción de opciones. La fortaleza de México no estará en escoger un nuevo dueño, sino en ampliar interlocuciones sin poner en riesgo la relación económica más importante que tenemos.

La cumbre de Nueva Delhi quizá no produzca mañana un nuevo orden mundial. Seguramente tampoco enterrará al dólar. BRICS no se convertirá repentinamente en alianza militar. China no será coronada líder del Sur Global. Pero habrá algo imposible de ignorar: alrededor de la mesa estarán países que representan una proporción enorme de la humanidad y que ya no consideran natural que las reglas sean escritas exclusivamente en Washington, Bruselas o Londres. Eso por sí solo ya es un cambio histórico.

Estados Unidos tendrá que acostumbrarse a un mundo donde puede seguir siendo primero sin ser siempre obedecido. China tendrá que descubrir que ofrecer una alternativa no equivale a tener derecho a convertirse en nuevo hegemón. Rusia tendrá que comprobar que destruir un orden es mucho más sencillo que construir otro. Europa tendrá que decidir si quiere ser mercado o potencia. Londres deberá demostrar que su autonomía posterior al Brexit sirve para algo más que firmar acuerdos por separado. India probablemente seguirá haciendo aquello que mejor representa el nuevo tiempo: hablar con todos y pertenecer completamente a ninguno. Y las potencias árabes continuarán acumulando aquello que hoy resulta tan valioso como el petróleo: opciones.

Quizá ahí esté la verdadera definición de multipolaridad: no cambiar de imperio, no sustituir Washington por Pekín y no reemplazar una obediencia por otra. El nuevo orden mundial puede terminar teniendo dos gigantes, varias grandes potencias y muchas naciones que han aprendido que la mejor manera de conservar soberanía consiste en no depender completamente de nadie.

China puede llegar muy lejos. Estados Unidos seguirá siendo enorme. Rusia seguirá perturbando. BRICS seguirá creciendo. Europa intentará despertar. Pero quizá el verdadero protagonista del nuevo mundo no sea ninguna potencia en particular, sino una idea: cada vez más países quieren decidir por sí mismos. Y tal vez ésa sea, finalmente, la verdadera multipolaridad: no encontrar un nuevo dueño del mundo, sino empezar a vivir sin uno.

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