Durante buena parte del último siglo, Estados Unidos no fue solamente la mayor potencia económica occidental. Fue también el centro alrededor del cual buena parte del mundo organizó comercio, finanzas, seguridad, tecnología y alianzas. El dólar dominó, Wall Street financió, el mercado estadounidense consumió, sus empresas innovaron y Washington construyó una red de instituciones y acuerdos que, con todas sus contradicciones, terminó convirtiéndose en columna vertebral del orden internacional. Ese mundo no desapareció. Estados Unidos sigue siendo una potencia enorme, quizá todavía la más influyente del planeta. Pero algo sí está cambiando: cada vez más países han dejado de asumir que su política económica debe girar exclusivamente alrededor de Washington.
Mark Carney lo dijo con una crudeza poco habitual en un primer ministro canadiense. En Davos afirmó que el viejo arreglo internacional atraviesa “una ruptura, no una transición” y sostuvo que las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma: aranceles como palanca, infraestructura financiera como instrumento de coerción y cadenas de suministro como vulnerabilidades que pueden explotarse. Su conclusión fue todavía más importante: los países intermedios necesitan construir mayor autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales, finanzas y producción. No habló un dirigente de un país distante de Estados Unidos. Habló el jefe de gobierno de Canadá, probablemente uno de los socios más profundamente integrados con la economía estadounidense. Eso vuelve especialmente significativo el cambio. Canadá no está rompiendo con Estados Unidos ni podría hacerlo sin pagar un costo enorme, pero sí está intentando algo que hasta hace poco habría parecido innecesario: conservar la relación privilegiada con su vecino y, al mismo tiempo, disminuir la vulnerabilidad que implica depender excesivamente de él.
La actual guerra comercial ha acelerado esa transformación. Ottawa ha respondido a nuevos gravámenes estadounidenses con medidas propias y, más allá de la disputa puntual, lo verdaderamente importante es el lenguaje político que empieza a consolidarse. Carney ha dejado claro que Canadá quiere preservar acceso al mercado estadounidense, pero también su capacidad para establecer relaciones con otros países sin pedir permiso a Washington. Es decir: cooperación sí, subordinación no. Ésa es una idea que está extendiéndose mucho más allá de Canadá. Europa lleva años hablando de “autonomía estratégica”; India compra petróleo ruso, comercia con China, mantiene una relación creciente con Estados Unidos y simultáneamente evita integrarse completamente en el bloque de cualquiera; Arabia Saudita conserva su asociación con Washington mientras amplía negocios con Pekín; Brasil participa en BRICS y al mismo tiempo mantiene profundas relaciones económicas con Estados Unidos y Europa; los países del sudeste asiático intentan vender a ambos lados sin quedar atrapados entre ellos. Incluso aliados tradicionales estadounidenses están aprendiendo que en un mundo fragmentado resulta peligroso depender demasiado de un solo centro de poder.
No significa que haya nacido un mundo antiestadounidense. Significa que está apareciendo un mundo menos estadounidense-céntrico. La diferencia es enorme. Estados Unidos continúa teniendo ventajas extraordinarias: el dólar sigue siendo la principal moneda internacional, sus mercados financieros son incomparables, sus universidades y empresas tecnológicas permanecen en la frontera de la innovación y su mercado de consumo continúa siendo indispensable para prácticamente cualquier exportador importante. Nadie serio puede anunciar el fin de la economía estadounidense. Pero tampoco resulta serio imaginar que el mundo de 2026 funciona como el de 1995, cuando la caída de la Unión Soviética había dejado a Washington prácticamente sin rival estratégico.
China modificó esa ecuación. No solamente por el tamaño de su economía, sino porque construyó una capacidad manufacturera extraordinaria, se convirtió en proveedor fundamental de minerales, baterías, paneles solares, maquinaria, vehículos eléctricos y productos tecnológicos y creó mercados alternativos para países que antes tenían muchas menos opciones. La consecuencia es sencilla: cuando Washington amenaza a un país con cerrar una puerta, Pekín aparece con frecuencia ofreciendo otra. Eso no convierte a China en benefactor desinteresado. Sería ingenuo pensarlo. China también utiliza comercio, inversiones, crédito, tecnología y acceso a su mercado como instrumentos de influencia. Una dependencia excesiva de Pekín puede ser tan problemática como una dependencia excesiva de Washington. Precisamente ésa es la lección que muchos países están aprendiendo: la autonomía no consiste en cambiar de patrón; consiste en evitar necesitar uno.
México se encuentra en medio de esa transformación con una circunstancia muy particular. Nuestra relación con Estados Unidos no se parece a la de Brasil, India o Arabia Saudita; está determinada por la geografía. Más del 80% de nuestras exportaciones de bienes se dirige al mercado estadounidense y una proporción muy importante de nuestras importaciones proviene de allá. Automóviles, electrónica, dispositivos médicos, energía, agricultura y miles de cadenas industriales funcionan diariamente a ambos lados de la frontera. Pretender que México puede desprenderse de Estados Unidos sería una fantasía económica. Pero aceptar esa realidad tampoco obliga a asumir otra: que Estados Unidos debe ser nuestra única opción. Ahí está el matiz estratégico. La proximidad con Estados Unidos es una extraordinaria ventaja geográfica; convertirla en dependencia exclusiva sería un error.
México necesita preservar, fortalecer y aprovechar al máximo el T-MEC. Nuestra integración norteamericana debe seguir siendo uno de los pilares de la economía nacional. Sería absurdo desperdiciar la ventaja de compartir más de tres mil kilómetros de frontera con el mayor mercado de consumo del mundo precisamente cuando Estados Unidos intenta acercar cadenas de suministro y reducir dependencias asiáticas. Pero fortalecer Norteamérica no debería impedir diversificar México. China lo entiende perfectamente y ha insistido en ampliar su presencia económica y política en nuestro país. México debe escuchar, pero no necesariamente obedecer. Ni a uno ni a otro. Ése debería ser el principio.
Estados Unidos tiene razones legítimas para preocuparse por triangulaciones comerciales, tecnología estratégica o inversiones chinas que pudieran utilizar México como acceso indirecto a su mercado. México tiene interés propio en impedir que el T-MEC se convierta en una puerta trasera para mercancías que no cumplen reglas de origen. Pero una cosa es proteger la integridad de una zona comercial y otra permitir que Washington decida con quién puede comerciar México fuera de ella. La soberanía económica se ejerce precisamente en esa frontera. Podemos estar profundamente integrados con Estados Unidos y vender más a Europa; podemos fortalecer el T-MEC y ampliar relaciones con Asia; podemos recibir inversión estadounidense y también japonesa, coreana, alemana o china, siempre que cumpla nuestras reglas y no ponga en riesgo compromisos estratégicos; podemos asociarnos con Washington sin convertir cada decisión económica mexicana en una consulta previa a la Casa Blanca. Eso es autonomía, no alejamiento.
Canadá está dando una lección particularmente interesante porque vive un dilema parecido, aunque en condiciones distintas. Durante décadas pudo asumir que su vínculo privilegiado con Estados Unidos era estable y prácticamente irreversible. Trump destruyó parte de esa certeza. Los aranceles, las amenazas y la disposición estadounidense a utilizar el acceso a su mercado como herramienta de presión obligaron a Ottawa a reconsiderar algo que antes parecía innecesario: qué ocurre si tu principal socio decide utilizar precisamente tu dependencia como arma. Ahí existe una advertencia para México. La integración produce riqueza; la dependencia produce vulnerabilidad. La diferencia entre ambas no siempre es evidente mientras las relaciones son buenas. Se vuelve clarísima cuando dejan de serlo.
Trump ha ayudado paradójicamente a muchos aliados estadounidenses a descubrir esa diferencia. Sus amenazas contra Canadá, sus aranceles a socios, sus cuestionamientos a acuerdos internacionales y su concepción del comercio como instrumento de presión han conseguido algo que quizá ningún adversario de Estados Unidos habría logrado con la misma eficacia: convencer a numerosos países de que deben desarrollar alternativas. Eso puede terminar siendo uno de los mayores efectos geopolíticos de su política económica. Washington quiere que sus aliados dependan menos de China, pero sus propios aliados empiezan a preguntarse si también deberían depender menos de Washington. La ironía es formidable. Y no significa que vayan a sustituir Estados Unidos por China. Lo más probable es exactamente lo contrario: intentarán depender menos de ambos.
Ahí está emergiendo el verdadero nuevo orden económico. No necesariamente dos bloques rígidos, sino una red de países que buscan mantener opciones abiertas: Canadá con Estados Unidos, Europa y Asia; India con Washington, Moscú y Pekín; Brasil con China, Estados Unidos y Europa; Arabia Saudita con Occidente y Oriente. México debería aprender a hacer lo mismo dentro de las limitaciones y ventajas que impone nuestra ubicación. El mundo multipolar exige diplomacia multipolar. Eso significa negociar más y alinearse menos automáticamente, pero también fortalecer capacidades internas, porque un país dependiente no consigue autonomía simplemente firmando más tratados. Necesita producir, innovar, generar energía, formar talento, alimentar a su población, atraer capital y tener infraestructura suficiente para que los socios quieran comerciar con él.
Ahí vuelve a aparecer el gran reto mexicano. Diversificar no significa mandar funcionarios a recorrer capitales ofreciendo discursos sobre amistad. Significa crear mercancías y servicios que más países quieran comprar. Significa puertos conectados hacia Asia, corredores ferroviarios eficientes, aduanas modernas, más comercio con Europa, mayor presencia en América Latina, mejor aprovechamiento del acuerdo transpacífico, más exportaciones agroindustriales, más servicios digitales, más propiedad intelectual y más empresas mexicanas capaces de competir fuera de Norteamérica. Porque la independencia económica no se proclama: se construye.
México puede tener una relación extraordinariamente cercana con Estados Unidos y, simultáneamente, construir mayor espacio de maniobra global. No son objetivos contradictorios. De hecho, cuanto mayor sea nuestra capacidad de relacionarnos con otros, mayor puede ser también nuestra fuerza negociadora frente a Washington. Un socio con opciones negocia. Un socio sin opciones suplica. Y México no debería colocarse nunca en esa segunda posición.
Tampoco conviene caer en una lectura emocional del momento. Trump pasará. Después llegará otro presidente y posteriormente otro. La relación bilateral tiene raíces mucho más profundas que cualquier ocupante temporal de la Casa Blanca. Millones de mexicanos viven en Estados Unidos, millones de estadounidenses visitan nuestro país, familias cruzan diariamente la frontera y miles de empresas dependen unas de otras. Ningún exabrupto presidencial borrará eso. Pero tampoco debemos cometer el error de creer que cuando Trump desaparezca todo volverá exactamente a como era. Los países han aprendido que los tratados pueden ser cuestionados, los aranceles utilizados como amenaza y las alianzas sometidas a presión política. Una confianza rota puede repararse, pero difícilmente vuelve a ser ingenua.
Y quizá eso termine siendo saludable. Durante demasiado tiempo numerosos países confundieron alianza con dependencia y globalización con garantía permanente de estabilidad. Ahora están descubriendo que necesitan diversificar riesgos. Las empresas ya lo hacen y los gobiernos también. La economía internacional está entrando en una etapa en que la pregunta ya no será solamente dónde resulta más barato comprar o vender, sino qué tan peligroso resulta depender demasiado de un solo proveedor, mercado, moneda o aliado. Ésa es una transformación histórica y México tiene que entenderla pronto.
No necesitamos convertirnos en “lobo solitario”. La metáfora puede resultar atractiva, pero la realidad exige algo más inteligente. Un lobo solitario suele ser más vulnerable que una manada. México debe seguir formando parte de la manada norteamericana, pero con dientes propios: capacidad productiva propia, energía, tecnología, mercados alternativos, diplomacia, instituciones y opciones. Ése es el verdadero sentido de autonomía.
Estados Unidos seguirá siendo indispensable para México durante muchísimo tiempo y México seguirá siendo cada vez más importante para Estados Unidos. Eso no debería incomodarnos; debería aprovecharse. Lo que sí debemos abandonar es la idea de que sólo existe una dirección posible para mirar. El Pacífico existe, Europa existe, América Latina existe, India existe, África crecerá extraordinariamente durante las próximas décadas y China existe, nos guste o no a nosotros o a Washington. El mundo se está volviendo más ancho. México no debería hacerlo más pequeño.
Carney no está anunciando el fin de Estados Unidos. Está anunciando el fin de una comodidad: aquella en la que muchos países podían construir casi toda su estrategia internacional alrededor de una potencia y confiar en que las reglas permanecerían estables. Esa época parece terminar. Y quizá la mejor respuesta no sea escoger un nuevo centro alrededor del cual girar, sino aprender a tener varios.
Estados Unidos seguirá siendo indispensable para México. Lo que ya no es indispensable es creer que solamente existe Estados Unidos. El reto no consiste en alejarnos de nuestro vecino, sino en conseguir que nuestra cercanía sea una fortaleza y nunca una cadena. México debe seguir caminando con Norteamérica, pero aprender también a caminar por el mundo con sus propios pies.
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