“Lo que llamamos corrupción no es otra cosa que la sustitución del mérito por la lealtad”.

Samuel Huntington

“La excelencia nunca es un accidente; siempre es el resultado de una alta intención, un esfuerzo sincero y una ejecución inteligente”.

Aristóteles (atribuido a)

Ayer, la selección nacional dio una lección que va mucho más allá del futbol. Por primera vez en su historia terminó invicta la fase de grupos, sin recibir un solo gol, con nueve puntos de nueve posibles y dejando la impresión de un equipo que se negó a conformarse. No bajó el ritmo cuando tenía ventaja, no administró el marcador ni se refugió en la comodidad del resultado. Siguió adelante hasta conseguir el tercer gol. Eso es la excelencia: la decisión consciente de no detenerse en lo meramente suficiente.

Quizá por eso resulta tan contrastante escuchar, apenas unos días antes, el debate sobre la formación de médicos especialistas en México. Desde Palacio Nacional se planteó la necesidad de incrementar el número de especialistas y de revisar los mecanismos de selección que históricamente han sido altamente competitivos. El objetivo parece razonable: México necesita más médicos. Muchísimos más. El problema comienza cuando la discusión se plantea como si la excelencia fuera un obstáculo para lograr esto otro.

Es una falsa dicotomía. México no necesita elegir entre cantidad o calidad. Necesita AMBAS cosas.

Miren ustedes: cuando un paciente llega a un quirófano no pregunta si el médico forma parte de una estadística gubernamental que ayudó a cubrir una meta sexenal. Lo único que importa es que quien sostenga el bisturí sea el mejor profesional posible. El mejor. Nadie, absolutamente nadie, desea ser atendido por un especialista “más o menos competente”. La enfermedad no admite cuotas políticas ni discursos ideológicos.

Por eso, precisamente por eso, la respuesta al déficit de especialistas no consiste en abaratar los estándares. Consiste en mejorar la educación previa, fortalecer las universidades, ampliar la infraestructura hospitalaria, multiplicar las plazas de residencia y proporcionar herramientas y mucho, mucho presupuesto federal para que más estudiantes puedan alcanzar el nivel requerido. La meta no debería consistir en hacer más fácil la puerta de entrada, sino lograr que más aspirantes lleguen preparados para cruzarla y superarla.

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Hacer lo contrario, como plantea Sheinbaum, tiene desastrosas consecuencias (como casi todo lo que hace la 4T). Formar profesionales sin la preparación adecuada no democratiza la medicina; DEGRADA la calidad de la atención. Y cuando se trata de salud pública, los errores no se corrigen con conferencias mañaneras ni con campañas de propaganda. Los errores cuestan vidas.

México, además, sí enfrenta un déficit histórico de médicos especialistas. Diversos organismos nacionales e internacionales han señalado durante años la insuficiencia de personal médico para atender a una población cada vez más envejecida y con mayores necesidades de salud. La solución, sin embargo, nunca ha sido producir especialistas en serie como si fueran tornillos de una fábrica. La solución consiste en formar más especialistas y que todos alcancen estándares de excelencia. Eso requiere aumentar el presupuesto público destinado a su formación y a la infraestructura y equipamiento hospitalario y clínico del sector Salud.

También sería deseable que quienes ya se encuentran en el sistema recibieran condiciones acordes con la responsabilidad que cargan sobre los hombros. Resulta difícil exigir excelencia permanente cuando los salarios son insuficientes, las jornadas extenuantes y los recursos escasos. Más difícil aún cuando el gobierno parece mostrar mayor entusiasmo por importar soluciones que por fortalecer a quienes llevan años sosteniendo los hospitales del país.

Pero la gravedad del asunto trasciende al sector salud. Lo verdaderamente preocupante es que esta lógica se ha convertido en una filosofía del gobierno morenista.

La excelencia parece haberse transformado en una sospecha. El mérito incomoda. La especialización estorba. El conocimiento técnico se percibe como elitismo. En cambio, la improvisación suele presentarse como virtud popular y la ignorancia como autenticidad política.

Y el resultado está a la vista… Ahí están las obras cuya factura final duplicó o triplicó los presupuestos originales. Ahí están los proyectos inaugurados antes de estar terminados. Ahí están los sistemas que fallan a los pocos meses de operación. Ahí están los estudios omitidos, las correcciones multimillonarias, los retrasos permanentes y las promesas incumplidas. Lo barato termina siendo carísimo cuando se sustituye el conocimiento por la ocurrencia.

Pienso que ésa es la verdadera enfermedad que padece el país. No el déficit de médicos, ¡sino precisamente el déficit de exigencia! Porque la mediocridad tiene una característica particularmente peligrosa: se contagia. Cuando desde el poder se envía el mensaje de que no es necesario esforzarse demasiado, de que la preparación es secundaria, de que cualquier resultado basta siempre que sirva al discurso político, la consecuencia inevitable es una degradación progresiva de las instituciones y del capital humano.

Por eso resulta tan simbólico el contraste con aquella selección que ayer se negó a conformarse. En la cancha entendieron —al menos en los tres partidos recientes— algo que en Palacio parecen haber olvidado: los mejores resultados rara vez nacen de reducir las exigencias. Nacen de elevarlas.

México merece más médicos especialistas. Muchos más. Pero sobre todo merece médicos extraordinarios. Y también merece gobernantes que aspiren a —y no solo disimulen— serlo.