Existe una vieja imagen popular según la cual cada ser humano camina acompañado por dos voces. Una le susurra prudencia, realidad, límites, humildad y sentido común. La otra le ofrece halagos, superioridad, grandeza y una visión magnificada de sí mismo. Una recuerda que nadie es infalible, que todos se equivocan, que siempre hay algo por aprender y que la realidad termina imponiéndose sobre los deseos. La otra insiste permanentemente en que se es más inteligente, más brillante, más fuerte, más necesario, más visionario y más extraordinario que los demás. Una devuelve los pies a la tierra; la otra invita a perder contacto con ella.
Todos conocemos esas voces. Todos las hemos escuchado alguna vez. La diferencia radica en cuál de ellas decidimos escuchar. Y la historia del poder podría resumirse, en buena medida, como la historia de esa elección.
Porque los grandes dirigentes rara vez fracasan por escuchar demasiadas críticas. Con frecuencia terminan fracasando cuando dejan de escuchar cualquier crítica, cuando expulsan de su entorno a quienes les dicen la verdad, cuando sustituyen la realidad por los aplausos, cuando reemplazan el criterio por la obediencia y cuando prefieren el elogio a la advertencia y la comodidad a la verdad.
Es precisamente ahí donde aparece una de las enfermedades más antiguas, persistentes y peligrosas de la política, del poder y de la condición humana: la adulación.
Existe una expresión popular según la cual algunas personas “aplauden como focas”. La frase suele utilizarse para describir a quienes celebran todo sin reflexión alguna. Sin embargo, la comparación resulta profundamente injusta para las focas. Ellas reaccionan por instinto, condicionamiento o reflejo. Los aduladores actúan de manera muy distinta. Su comportamiento rara vez es ingenuo. Responde a cálculos. Persigue beneficios. Busca cercanía con el poder. Aspira a privilegios, influencia, ascensos, protección, contratos, posiciones, riqueza o simple supervivencia política. La foca aplaude porque fue entrenada. El adulador aplaude porque espera cobrar.
Y allí radica la diferencia esencial. La foca no conspira; el adulador sí. La foca no manipula; el adulador sí. La foca no fabrica realidades paralelas; el adulador vive precisamente de fabricarlas. La foca no tiene agenda propia; el adulador casi nunca tiene otra cosa.
Por eso la sicofancia política constituye una de las formas más sofisticadas de corrupción. No necesariamente roba dinero. No necesariamente desvía recursos públicos. No necesariamente viola una ley escrita. Roba algo mucho más valioso: la capacidad del poder para distinguir entre realidad y ficción. El adulador profesional no informa, no corrige, no advierte, no previene y no cuestiona. Su función consiste en construir una realidad paralela donde el dirigente siempre tiene razón, donde cada decisión es brillante, donde cada fracaso es culpa de otros, donde cada crítica proviene de enemigos, donde cada advertencia nace supuestamente de la envidia o la mala fe y donde cualquier evidencia contraria debe ser ignorada.
Los emperadores romanos los conocieron, las monarquías europeas los padecieron, los regímenes revolucionarios los multiplicaron, las dictaduras los institucionalizaron y las democracias tampoco lograron escapar de ellos. Cambian los nombres, cambian las épocas y cambian las ideologías, pero los aduladores permanecen.
Los propios romanos entendían el peligro. Durante los desfiles triunfales, cuando un general victorioso recorría las calles entre ovaciones y homenajes, existía la costumbre de que alguien le recordara discretamente su condición humana. Aquella tradición, resumida en el célebre memento mori, encerraba una sabiduría extraordinaria: ningún ser humano es tan poderoso como para vivir permanentemente rodeado de aplausos sin terminar perdiendo contacto con la realidad.
La historia está llena de episodios que ilustran este fenómeno. Napoleón terminó convencido de que su genio militar podía imponerse incluso al invierno ruso. Luis XIV construyó en Versalles una de las cortes más refinadas de la adulación política, donde el acceso al favor real dependía con frecuencia más de agradar al monarca que de contradecirlo. Hitler llegó a creer que la voluntad política podía derrotar la realidad estratégica y militar. Stalin construyó un sistema donde el miedo terminó sustituyendo a la verdad. Mao impulsó políticas cuyos errores costaron millones de vidas mientras muy pocos se atrevían a contradecirlo. Fidel Castro gobernó durante décadas rodeado de una estructura donde los cuestionamientos eran cada vez menos frecuentes. Hugo Chávez convirtió la lealtad personal en un valor político superior a la capacidad técnica. Daniel Ortega fue reduciendo progresivamente los espacios para la discrepancia. Miguel Díaz-Canel heredó un sistema donde la unanimidad suele ser más apreciada que la crítica. Vladimir Putin ha operado durante años en un entorno donde los contradictores escasean y los repetidores abundan. Donald Trump ha hecho de la fidelidad personal una de las principales monedas de cambio dentro de su movimiento político. Los nombres son distintos, los contextos son distintos y las ideologías son distintas, pero el mecanismo es exactamente el mismo.
Porque la adulación no tiene partido. No tiene doctrina. No tiene nacionalidad. No tiene religión. No tiene frontera. La adulación únicamente tiene interés. Y el interés suele ser extraordinariamente flexible.
Por eso los aduladores sobreviven a gobiernos, partidos, revoluciones, imperios y movimientos políticos. Cuando un líder cae, suelen aparecer rápidamente junto al siguiente. Cambian de discurso con una facilidad asombrosa. Ayer defendían una verdad; hoy defienden la contraria. Ayer justificaban una causa; hoy justifican otra. Ayer aplaudían a un hombre; hoy aplauden a otro. Lo único permanente no es la convicción. Es la cercanía al poder.
Pero existe una verdad todavía más incómoda. Los aduladores nunca triunfan solos. Necesitan ser escuchados. Necesitan que alguien prefiera el halago a la realidad. Necesitan que el poderoso comience a expulsar de su entorno a quienes se atreven a decir aquello que no desea escuchar. Necesitan que desaparezca la segunda voz: la voz incómoda, la voz prudente, la voz que advierte, la voz que corrige, la voz que recuerda que nadie es tan grande como para colocarse por encima de la realidad.
Porque toda organización, toda empresa, toda institución, todo gobierno y todo liderazgo enfrentan siempre la misma disyuntiva: escuchar a quienes advierten o escuchar a quienes aplauden; escuchar a quienes corrigen o escuchar a quienes celebran; escuchar a quienes dicen la verdad o escuchar a quienes ofrecen comodidad.
La segunda opción suele resultar mucho más agradable. Y también mucho más peligrosa.
Los aduladores son una especie de canto de sirenas del poder. Le susurran permanentemente al oído del dirigente exactamente aquello que desea escuchar. Son el diablillo de la vanidad. El que repite una y otra vez que es el mejor, el más brillante, el más fuerte, el más querido, el más inteligente, el más popular, el más indispensable y el más visionario. El que lo convence de que los problemas son imaginarios, de que los críticos son enemigos, de que las advertencias son exageraciones, de que las encuestas están equivocadas, de que los datos mienten, de que los hechos son manipulables y de que la realidad terminará adaptándose a sus deseos.
Hasta que un día la realidad aparece.
Y presenta la cuenta.
Porque la realidad posee una característica particularmente cruel para los aduladores. No negocia. No aplaude. No vota por simpatía. No se deja impresionar. No modifica sus reglas para favorecer a nadie. No acepta propaganda como sustituto de los hechos. Simplemente llega.
Y cuando llega, suele encontrar a dirigentes sorprendidos de que los aplausos no resolvieran los problemas y a los aduladores buscando desesperadamente un nuevo amo al cual servir.
La historia está llena de líderes derrotados por enemigos poderosos. Pero está aún más llena de líderes derrotados por amigos complacientes.
Por eso los pueblos rara vez fracasan por exceso de críticos. Con mucha mayor frecuencia fracasan por escasez de ellos. Y los gobiernos rara vez se derrumban porque escucharon demasiadas verdades incómodas. Con frecuencia se derrumban porque terminaron escuchando únicamente aplausos.
Los pueblos rara vez son destruidos exclusivamente por sus enemigos. Con frecuencia son dañados por quienes convencen a sus dirigentes de que no tienen enemigos reales, de que no cometen errores, de que todo marcha perfectamente y de que la realidad terminará acomodándose a sus deseos. Por eso la historia suele ser mucho más severa con los aduladores de lo que ellos imaginan. Porque cuando todo termina mal, las sociedades descubren que quienes más aplaudían eran precisamente quienes menos estaban pensando en el interés colectivo.
Mientras las focas responden a un reflejo, los aduladores responden a una conveniencia. Y esa diferencia lo cambia todo.
Porque ningún líder ha sido derrotado por escuchar demasiadas verdades.
Pero muchos han terminado derrotados por escuchar únicamente aplausos.
Y cuando la verdad abandona una sala, la realidad no tarda en entrar por la puerta principal.
La realidad, a diferencia de los aduladores, jamás miente.
X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinionsalcosga23@gmail.com




