En México acabamos de descubrir el Tour de Francia con el mismo entusiasmo con el que cada cuatro años descubrimos el curling olímpico...

Ya hay expertos. De pronto todos hablan de puertos Hors Catégorie, de vatios, de cadencias, de zonas rojas y de ataques a cinco kilómetros de la cima.

Hace apenas unas semanas pensaban que un gregario era un cargo parroquial…

Durante quince días, millones de mexicanos han descubierto el ciclismo. Y, sin embargo, casi ninguno ha descubierto el ciclismo…

Han descubierto a Isaac del Toro, que no es lo mismo.

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Porque el Tour no se entiende siguiendo únicamente al mexicano. Se comprende cuando uno descubre que el verdadero enemigo no siempre es el rival, sino el viento. Que un abanico puede destrozar una clasificación general. Que una escapada de doscientos kilómetros puede morir a quinientos metros de la meta. Que en la montaña las piernas pesan, pero la cabeza pesa todavía más. Y, sobre todo, que nadie gana solo.

El ciclismo inventó una palabra maravillosa: gregario. Es el hombre que gasta las piernas para ahorrar las del líder. El que baja por bidones mientras los demás conservan energía. El que marca el ritmo cuando la carretera se empina. El que rompe el aire durante kilómetros para que otro llegue con fuerzas al ataque definitivo. El que termina su trabajo, se aparta de la carretera y entra a meta varios minutos después, completamente vacío, sin una sola fotografía y casi siempre sin un aplauso.

Hay pocas imágenes más bellas en el deporte que la de un ciclista sacrificando su carrera para hacer posible la victoria de otro. Pocas metáforas describen mejor el trabajo colectivo. Y pocas resultan tan ajenas a nuestra cultura política.

En México seguimos creyendo en caudillos. No aspiramos a ser el mejor gregario. Aspiramos a que la avenida lleve nuestro nombre.

En nuestro país casi nadie admira al que hace el relevo. Nadie celebra al que protege del viento. Nadie entiende que perder treinta segundos hoy puede significar ganar tres minutos dentro de cuatro días. Nos seduce la épica del héroe; nos aburre —o no entendemos, que muchas veces es lo mismo— la inteligencia de la estrategia.

Por eso tantos mexicanos repiten una sola consigna: “Que gane Isaac” (algo así como ¡Claudia, presidenta!). Como si el Tour fuera una carrera de cien metros. Como si Tadej Pogačar fuera el antagonista de la película. Como si el UAE Team Emirates existiera para satisfacer nuestro orgullo nacional y no para ejecutar, con precisión casi militar, un plan diseñado muchos meses antes de que cayera la bandera de salida.

Lo más curioso no es que medio país quiera ver ganar a Del Toro. Lo verdaderamente difícil es comprender que, en el Tour, algunas veces la mejor carrera de un campeón consiste precisamente en trabajar para que gane otro.

En el ciclismo también se conquista obedeciendo. También se vence renunciando. También se construye la gloria y el honor, sí esa virtud cada vez más en desuso, desde el anonimato.

Quizá por eso este deporte nos desconcierta tanto. Porque exige admirar al hombre que cruza la meta veinte minutos después… sabiendo que, sin él, el ganador jamás habría levantado los brazos. El Tour es el único deporte donde un hombre puede quedarse sin fuerzas a 80 kilómetros de la meta… y seguir siendo indispensable para ganar la etapa.

Aquí donde nos tocó vivir —parafraseando a Cristina Pacheco— seguimos confundiendo liderazgo con protagonismo y éxito con popularidad. Nos cuesta reconocer que las grandes victorias casi nunca pertenecen a una sola persona, sino a un grupo de hombres que aprendieron a confiar unos en otros incluso cuando nadie recuerda sus nombres.

No. México no descubrió el ciclismo. Se enorgullece de un mexicano vestido de ciclista. Y son cosas completamente distintas.