La euforia futbolera, en su cita mundialista de cada cuatro años, atrapa al país: lo hace de forma particular en la edición de este año, en tanto ha colocado a México en condiciones de anfitrión junto con los Estados Unidos y Canadá, situación que enciende aun más el fervor de la afición y su esperanza de que nuestro equipo cumpla un papel histórico al avanzar su registro por encima de los niveles alcanzados en las justas mundialistas anteriores.
Sin menoscabar la ilusión por mejorar nuestro récord y hasta de campeonar, es evidente que no hemos sabido aprovechar el impulso que significa haber sido país anfitrión de tres mundiales, incluido este. Cada uno de ellos ha permitido hospedar a las principales figuras y equipos del planeta, significándose como una oportunidad de aprendizaje y desarrollo del deporte en sus distintas vertientes como los planteamientos tácticos, práctica de jugadas, parado de los equipos, sistemas de entrenamiento, y lo que está detrás de ellos en cuanto organización de sus respectivos torneos y promoción de nuevas figuras; todos ellos aprendizajes que han sido descartados en el potencial que contienen.
Puede señalarse que ocupamos un lugar de media tabla en cuanto a competitividad, lo cual no se corresponde con el tamaño de nuestra infraestructura profesional para la práctica del futbol; mucho menos se relaciona con el número de aficionados, la inversión de los clubes y el gran potencial de las fuerzas inferiores y juveniles, como lo demuestran los títulos alcanzados en la competición olímpica, y los torneos de sub-20 y sub -17. Es evidente que se cuenta con jugadores talentosos a nivel de fuerzas básicas, pero también lo es que no se tiene la aptitud de aprovecharlos.
Resultan evidentes los problemas de concepción y de diseño que tiene la práctica del futbol mexicano; tal vez una forma de exhibirlo sea lo ocurrido en el reciente torneo de la liguilla por el campeonato que conquistó el Cruz Azul, por cierto con un entrenador mexicano, Joel Huiqui; destaca esa circunstancia en un elenco dominado por los entrenadores extranjeros; también sobresale el protagonismo alcanzado por un equipo que contrasta con los demás por estar formado exclusivamente por jugadores mexicanos y que, aun sin ser campeón, llegó a la fase semifinalista, desarrollando un gran futbol y disponiendo de una de las plantillas más jóvenes y con mayores debutantes en el torneo, comandadas por un entrenador argentino.
Nadie puede dudar de que México cuenta con un gran potencial para figurar entre los primeros lugares por su nivel de futbol, pero agrede y socaba esa posibilidad, lo mismo que sucede con el desarrollo económico del país: políticas equívocas, concentración de decisiones, discrecionalidad extrema, corrupción, privilegiar las ganancias inmediatas sobre la construcción de mejores condiciones y de inversión en talentos para el futuro. Tanto en el futbol como en el país mismo, se pretende vivir en una aldea de corte autoritaria-populista.
Lo más probable es que termine el Mundial con un ligero avance de México en el ranking mundialista y será gratamente sorpresivo si alcanza a colocarse entre los cuatro finalistas y, todavía más, si se diera el caso de campeonar; los datos objetivos que emanan de lo observado hasta ahora por los contendientes en la exhibición de sus capacidades no brindan grandes expectativas para nuestra selección. Ojalá nos sorprendan mostrando una rápida evolución competitiva para desafiar a los equipos que se encontrará en la(s) siguiente(s) fase(s).
Lo cierto es que nuestro futbol ha sabido reponerse después de grandes y medianas decepciones por los resultados alcanzados; la afición renueva siempre sus esperanzas en la espera de que se logren mejores avances; cree en las figuras que surgen y las convierte en ídolos, a pesar de que no se realizan grandes innovaciones organizativas para generar mejores reservas jóvenes y brindarles mayor y más calificada preparación, seguimiento y oportunidades; mientras esto no ocurra, difícilmente se podrán escalar mejores posiciones en la clasificación mundial, y solo quedará el recurso mercadológico y publicitario para promover y explotar un futbol de nivel medio.
Algo parecido pasa en el país en cuanto a la educación, pues observamos la crisis que se ha derivado a través de manifestaciones incisivas y hostiles de distintas secciones magisteriales de uno de sus sindicatos, que reclaman el cumplimiento de una promesa desproporcionada e imposible de conceder, pero que se pronunció en el marco del espíritu clientelista de la campaña presidencial de Morena en el 2024. Frente al reclamo de responder a esa promesa, las movilizaciones no cesan, poniendo en crisis la interlocución con el gobierno, afectando la convivencia social pacífica y el desarrollo comercial en las zonas en las que se apostan.
La educación en México es una de nuestras grandes catástrofes, dedicando a ella una proporción muy lejana al mínimo que recomienda la ONU como porcentaje del PIB, al tiempo que se obtienen calificaciones muy deficientes en los sistemas de evaluación, con resultados lamentables en materias como matemáticas y lectoescritura; pero a pesar de ello, se impulsa una reforma educativa que se desmarca de los mecanismos de evaluación y de los sistemas de calificación para ascender de grado, dentro de la lógica impuesta por la llamada nueva escuela mexicana que evade estándares de medición por considerarlos parte de la corriente neoliberal.
Pero en donde el futbol y el dominio político del país obtienen notas destacadas, es en la construcción de una clientela que asimila la mediocridad de desempaño. Ahí se construye un espacio básico de aceptación y de consenso que vuelve impermeable al país frente a sus lamentables resultados, sin importar la nulidad de su crecimiento económico y la advertencia de las calificadoras por reprobar nuestra capacidad económica.
La conciencia crítica tiende a ser engullida por el paso del tiempo, por el dominio publicista del oficialismo y por las campañas mediáticas que instrumenta; los grandes escándalos generados por la caída de una línea del Metro o por el descarrilamiento de un tren en el sistema transístmico del sureste, son desactivados mediante una estrategia mediática y de manipulación sobre los mecanismos de evaluación, los errores y omisiones cometidos. Se trata, al igual que en el futbol, de convencer sobre la validez y legitimidad del estado actual de las cosas y de asumir que así se está en el camino correcto.
En el escudo o banderín del equipo de futbol Zacatepec se encuentra la leyenda que reza “hacer deporte es hacer patria”. Pero resulta que no se hace ni lo uno, ni mucho menos, lo otro.




