Hay fiesta en el PRI, el PAN, la comentocracia, los grupos empresariales y los grandes medios de comunicación. En los clubes de golf y de tenis, en las marinas privadas, en los salones de los clubes industriales. Este viernes se brindará en los restaurantes más exclusivos de la alta sociedad. Y el jolgorio continuará sábado y domingo en las parrandas de las personas pudientes en Valle de Bravo, Los Cabos, Puerto Vallarta, Ixtapa, Miami, San Diego.
Pensará la gente que odia a la 4T que pronto se cumplirá su sueño de un nuevo Maximiliano en nuestro país. Increíble la vocación traidora de personas cuyos liderazgos políticos no han logrado vencer a la 4T en las urnas.
Creen que Estados Unidos ha anotado el gol definitivo al cancelar el visado de Andrés Manuel López Beltrán y que la invasión para acabar con el gobierno de izquierda pronto llegará.
El papel de la presidenta
No veo las cosas así. Pienso, con bases objetivas para el análisis, que Claudia Sheinbaum superará una crisis que tiene poco que ver con lo jurídico y mucho con lo político.
Comenté el asunto con un abogado inteligente y preparado, de clase media alta e incluso alta; litigante competente, no precisamente un hombre conservador, pero de ninguna manera partidario de la 4T. No coincide con el gobierno de izquierda, pero tampoco lo cuestiona dogmáticamente.
Su punto de vista es importante porque conoce bastante bien tanto el sistema jurídico mexicano como el estadounidense: ha participado en casos empresariales complejos que involucran a las judicaturas de ambos países.
El jurista me decía hace un rato que el retiro de la visa a Andrés Manuel López Beltrán es un golpe muy duro para la izquierda mexicana.
Le respondí que, en efecto, es un asunto bastante complicado, pero que confío en que la presidenta Claudia Sheinbaum sabrá superar la crisis.
¿Hay pruebas? ¿De qué?
En cuanto al hijo de Andrés Manuel López Obrador, añadí, su futuro, objetivamente hablando, dependerá de si existen o no denuncias judicializadas o en vías de judicializarse —que no las hay o no son públicas—, o de si hay acusaciones jurídicas formales —nadie las ha visto—, y no solamente disputas mediáticas.
Si hay juicios en tribunales, se tendrán que presentar pruebas, peritajes, testimonios y otras evidencias que nadie ha dado a conocer en relación con ningún tipo de señalamiento contra el segundo hijo de Andrés Manuel López Obrador.
Es decir, si el retiro de la visa a López Beltrán no es solamente grilla, tendrá que haber razones relacionadas con todo lo que compone un proceso legal en nuestro país, en la nación vecina o en cualquier otro lugar del mundo donde las judicaturas operen bajo los principios elementales del derecho, esa disciplina tan importante para la convivencia social que surgió hace miles de años.
Son las elecciones mexicanas, nada más que eso
El abogado me contestó: “Sí, eso es lo jurídico, que no conocemos y no sabemos si por ahí se irá la cosa. Lo duro es que, electoralmente hablando, el retiro de la visa construye un campo minado para Morena”.
Tiene razón el litigante. Se percibe la mano de Estados Unidos en el proceso electoral del próximo año, en el que se renovará la Cámara de Diputados y se elegirán varias gubernaturas.
Esto es un asunto electoral, no jurídico; es decir, el tema es profundamente político. El propio Andrés Manuel López Beltrán lo calificó de politiquería en la carta que envió a Donald Trump para pedir explicaciones sobre la cancelación de su visado.
Dos mundos distintos
Grilla, pues, producto de las naturales consecuencias de que su padre, Andrés Manuel López Obrador, defienda un proyecto de izquierda que no agrada en Estados Unidos: no gusta a los republicanos y tampoco a los demócratas. Son visiones distintas de concebir la política y aun visiones de la realidad social opuestas: mientras que en Estados Unidos los intereses se centran en las tareas empresariales, en la riqueza y en la acumulación de patrimonio, en México la 4T enfoca sus políticas públicas desde aquella frase de 2006 que sintetiza su proyecto: “Por el bien de todos, primero los pobres”.
El sufrimiento de un padre
En un artículo de hoy mismo, “Un gran abrazo a Andrés Manuel López Obrador”, publicado en los primeros minutos de este 14 de agosto de 2026, expreso mi solidaridad con el expresidente ante la decisión del gobierno de Estados Unidos de retirar la visa a su hijo Andrés Manuel López Beltrán. Reconozco el valor de que López Beltrán haya hecho pública la situación y considero legítimo que pida explicaciones, aunque critico su referencia a actitudes hitlerianas de Marco Rubio y Christopher Landau.
No sé cuáles sean las razones de Estados Unidos para retirarle la visa y reconozco su derecho soberano a decidir quién entra en su territorio, pero, por solidaridad con su padre y por apoyo a su movimiento social y político, no puedo evitar percibir la medida como un atropello.
Lo que más me afecta, sin embargo, no es la consecuencia política —que Claudia Sheinbaum enfrentará y resolverá— sino el dolor de un padre. Conozco a Andrés Manuel desde hace muchos años y pude ver en 2006 la relación de cariño que tenía con sus hijos, entre ellos Andrés Manuel López Beltrán, entonces muy joven. Mientras grupos de la oposición celebran lo ocurrido y esperan una nueva ofensiva estadounidense contra la 4T, a mí me importa más ese sufrimiento personal.
Confío, además, no me cansaré de decirlo, en que Claudia Sheinbaum sabrá enfrentar con inteligencia y determinación la compleja situación política que se abre para México.
Mi solidaridad con López Obrador también nace de la admiración hacia un hombre que lo sacrificó todo por una causa. Durante décadas entregó su vida al proyecto que consideró mejor para México.
Por encima de cualquier disputa política, hoy veo a un padre sufriendo por un hijo y quiero decirle simplemente: Andrés Manuel, un gran abrazo en esta etapa tan difícil para tu familia.
Por solidaridad con un hijo que sufría, AMLO no atacó a su principal enemigo
A propósito de lo anterior, hay un episodio del pasado que recuerdo ahora y que explica por qué me duele de manera tan personal verlo sufrir por un hijo.
Sucedió cuando yo dirigía Milenio. Fui a comer con Carlos Marín al restaurante Au Pied de Cochon, en el Presidente Intercontinental. En una mesa cercana estaban Juan Collado, Carlos Ahumada y Juan José Salinas Pasalagua, hijo de Raúl Salinas de Gortari, quien en ese momento permanecía en prisión.
Juan José se me acercó. Sabiendo de mi cercanía con el entonces jefe de Gobierno del DF, me pidió que le transmitiera un mensaje urgente a Andrés Manuel: que guardara silencio sobre el caso de su padre durante las semanas decisivas en que los magistrados resolverían el amparo. Temía que el peso político de las mañaneras condicionara el criterio judicial.
Le llevé el mensaje a López Obrador y su respuesta inmediata fue rotunda: “Si me lo pide un hijo que sufre por su padre, por supuesto que no voy a decir nada”. Y cumplió.
Tiempo después, cuando Carlos Salinas de Gortari me invitó a tomar un café en su casa para hablar de Andrés Manuel, se lo eché en cara: “Tú nunca has hecho nada por López Obrador; López Obrador por tu familia hizo algo”.
El expresidente, que era entonces —y considero todavía— el principal enemigo de AMLO, sabía perfectamente de qué estábamos hablando: de su familia y de un gesto de López Obrador que contrastaba con la ofensiva política contra el entonces jefe de Gobierno, incluidos los videoescándalos de 2004, que fueron utilizados para golpearlo políticamente. Aquella ofensiva involucró a Carlos Ahumada y también a figuras como Carlos Salinas y Diego Fernández de Cevallos.
Viene al caso mencionar ahora lo que, años después, se desarrolló en la Suprema Corte de Justicia de la Nación como la doctrina del efecto corruptor, según la cual determinadas actuaciones ilícitas de autoridades pueden llegar a viciar de origen un proceso penal y afectar la fiabilidad de las pruebas y el derecho de defensa. Arturo Zaldívar participó en esa construcción jurisprudencial como ministro de la Primera Sala.
Aunque jurídicamente sean figuras distintas, la intuición de fondo es parecida: evitar que factores ajenos al expediente alteren la justicia. Aquella decisión de López Obrador fue, en los hechos, un efecto corruptor al revés: retirar voluntariamente la presión del poder para no contaminar la cancha de los jueces.
Vuelvo a esta memoria porque el hombre que en aquel momento atendió la súplica de un hijo preocupado por su padre es el mismo que hoy padece como padre.
Más allá de la tormenta política, de las especulaciones sobre la visa de Andrés Manuel López Beltrán y del festejo destemplado de la oposición, me queda el testimonio de un hombre que supo poner la humanidad por encima de la contienda política con uno de sus principales adversarios de aquel periodo en la Jefatura de Gobierno capitalina, Carlos Salinas.
Por eso hoy mi abrazo hacia él no sale del análisis frío, sino de la empatía entre padres. Soy padre y nada me duele más que el malestar de mi hijo y de mi hija.


