El 12 de julio de 2019, en un hotel del Centro Histórico de la ciudad de Puebla, quedó fundado el Grupo de Puebla, un foro político y académico integrado por representantes de la izquierda latinoamericana y europea, cuya finalidad era constituirse en una especie de think tank que marcara los lineamientos colectivos que la izquierda y el progresismo en América debían trazar.
De 2019 a la fecha, mucho ha cambiado en la configuración ideológica y política del continente y del mundo. Indudablemente, en su propósito de articulación programática e ideológica de los principales liderazgos progresistas latinoamericanos, el Grupo de Puebla fracasó notablemente en su misión.
Fracasó inicialmente al darle la espalda a quienes hicieron posible su constitución y la realización de sus primeros eventos. Fue el exgobernador de Puebla, Miguel Barbosa Huerta, quien, emocionado por la idea, se encargó de las gestiones para que los líderes progresistas de América Latina estuvieran en la ciudad de Puebla aquel 12 de julio de 2019, durante la inauguración de este think tank llamado Grupo de Puebla.
Tras el fallecimiento del exgobernador, personas sumamente allegadas a él comentan que el coordinador del Grupo y múltiples veces fracasado candidato presidencial de Chile, Marco Enríquez-Ominami, sacó del grupo de WhatsApp a Miguel Barbosa, sin volver a reconocerle sus méritos como fundador del Grupo de Puebla ni permitir que sus cercanos participaran en las siguientes actividades de la organización.
De igual forma, es menester analizar quiénes integran actualmente el Grupo de Puebla y quiénes no. Sorprendentemente, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, no forma parte de la organización. Si bien participó en una ocasión, durante la edición de 2023 celebrada en la ciudad de Puebla, no figura como miembro activo del Grupo. Ello se puede constatar en su sitio web y en las referencias periodísticas.
Tampoco forman parte del Grupo los otros dos dirigentes de la izquierda y el progresismo que quedan en el mundo: el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y el presidente de Brasil, Lula da Silva.
Quienes sí ocupan, felizmente, espacios destacados dentro del Grupo de Puebla son los hermanos Delcy Rodríguez, presidenta de Venezuela, y Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, quienes quedarán en los anales de la historia marcados, a juicio de quien esto escribe, por la traición al pueblo venezolano y a su representante, Nicolás Maduro, ahora encarcelado en Estados Unidos.



A esa lista se suma el expresidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, quien también figura entre los fundadores del Grupo de Puebla y actualmente enfrenta una investigación judicial por presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental en el caso Plus Ultra. Una circunstancia que añade nuevos cuestionamientos sobre los personajes que integran este espacio político.
Uno de los fundadores del Grupo de Puebla con mayor trascendencia fue el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, quien participó activamente en la organización desde 2019 hasta 2023.
Quien esto escribe tuvo la oportunidad de asistir como observador a la edición del Grupo de Puebla de 2023, presenciando los debates e intercambios de los liderazgos latinoamericanos “más importantes” de nuestro continente.
Me quedó la impresión desoladora, entre la desilusión y el desánimo, de que el Grupo de Puebla y sus discusiones eran mucho ruido y pocas nueces.
Múltiples temas, decenas de asuntos discutidos en intervenciones de dos a tres minutos por personajes políticos que convivirían solamente durante aquella sesión y no volverían a encontrarse sino hasta años después.
Me parecía un performance de discusión sobre los problemas de Latinoamérica, pero no un ejercicio orientado a encontrar soluciones mediante un debate con metodología y orden, sino más bien un momento para el desahogo.
Tantos temas y tan poco tiempo para discutirlos me daban la impresión de estar frente a un acto social más que ante la construcción de una alternativa política.
Así se lo pude comentar, un año después, al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, en el marco de la presentación de su libro en el histórico y emblemático Edificio Carolino de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Mientras me firmaba su libro, le compartí la experiencia que había interiorizado del Grupo de Puebla y se la expuse tal como la describí líneas atrás.
Me pareció gigante en su humildad y en su convicción democrática, pues escuchó atentamente mis “reclamos” sobre la ineficiencia del Grupo de Puebla.
Para mi sorpresa, el ingeniero Cárdenas coincidió plenamente con mis afirmaciones y añadió algo que sentí como un apapacho.
Me dijo: “Tienes razón, Jorge. Para lo único que es bueno el Grupo de Puebla es para redactar documentos”.
El pasado 18 de abril del año en curso, la presidenta Claudia Sheinbaum se reunió en Barcelona con el presidente de España, Pedro Sánchez, en el marco de la cuarta reunión en defensa de la democracia.
Dos de los tres grandes referentes de la izquierda en el mundo se reunieron sin formar parte del ya anacrónico y deteriorado Grupo de Puebla.
A esa dupla de extraordinarios liderazgos faltaría sumar al presidente de Brasil, Lula da Silva, y gestar una nueva organización de reflexión sobre el porvenir de la izquierda en América Latina y en el mundo.
Podrían ser la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, junto con el presidente Pedro Sánchez y el presidente Lula da Silva, quienes integraran un nuevo grupo, quizá el Grupo de Barcelona, en alusión a este encuentro político entre Claudia Sheinbaum y Pedro Sánchez.
Lo cierto es que el Grupo de Puebla tendría que reinventarse por completo: una nueva organización, impulsada por distintas personas, integrada por otros liderazgos políticos y con un nombre diferente.
Con el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas se fue el Grupo de Puebla. Que con Claudia Sheinbaum y Pedro Sánchez llegue el Grupo de Barcelona.



